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Caras y Caretas

           

Un fantasma perturba a Sarmiento

Ilustración: Juan José Olivieri

Escrito en 1845, durante el exilio en Chile, el Facundo fue concebido como un manifiesto para enfrentar a Juan Manuel de Rosas.

“¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo!”.

Así empieza Facundo, obra fundamental de la literatura argentina escrita por Domingo Faustino Sarmiento y publicada en formato folletín en el periódico chileno El Progreso, entre mayo y junio de 1845. El título original del texto: Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga y aspecto físico, costumbres y hábitos de la República Argentina.

Y sigue: “Diez años aún después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto decían: ‘¡No! ¡No ha muerto! ¡Vive aún! ¡Él vendrá!’ ¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento; su alma ha pasado a este otro molde más acabado, más perfecto; y lo que en él era solo instinto, iniciación, tendencia, convirtiose en Rosas en sistema, en efecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambiose en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular… Facundo, provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión y organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo. Tirano sin rival hoy en la tierra”.

Un fantasma recorre los pensamientos de Sarmiento en el exilio. Un fantasma al que le pide la voz, lo convoca para convertirlo en enunciador monstruoso, un muleto perfecto, paradigmático, para construir la argumentación necesaria para sus fines políticos. Porque Facundo, ante todo, es un texto político, un manifiesto liberal que Sarmiento escribe, según Borges, “con la premura con la que Sarmiento escribía todo”.

Al menos dos son los objetivos políticos del texto: el principal, más estratégico, desprestigiar y atacar a su némesis: Juan Manuel de Rosas. Y a través de él –de ellos–, al caudillismo. El otro, quizá más táctico, coyuntural, protegerse y proteger a los unitarios exiliados en Chile a través un discurso hiperbólico basado en la dicotomía civilización-barbarie, donde claramente él y los suyos ocupan el lugar de las luces.

Dos veces Rosas había pedido la extradición de Sarmiento al momento de escribir este texto. Entonces, el sanjuanino no duda y utiliza la pluma como trinchera. Y lo hace a partir de esa evocación fantasmal, literaria.

LA BARBARIE DEL GAUCHO

“El Quiroga que presenta Sarmiento es una figura inolvidable: uno lo ve como una especie de vívida pesadilla roja; es difícil concebirlo como un ser vivo. Porque si Quiroga hubiera sido tal como lo presenta Sarmiento, es decir, un gaucho que hubiera andado repartiendo puñaladas por el interior del país, no hubiera llegado a ser caudillo. Nadie llega a ser caudillo siendo una especie de Billy the Kid. La historia tiene que haber sido distinta. Pero Sarmiento necesitaba encarnar la barbarie del gaucho”, dice Borges en una de sus clases en la Universidad de Michigan, en 1976, frente a un auditorio lleno de estudiantes que poco conocían de la Argentina. A tal punto, que en la presentación de la conferencia sobre Facundo creyó necesario situar a Sarmiento comparándolo con Lincoln: “Para nosotros, los argentinos –no para todos los argentinos, porque los nacionalistas aborrecen a Sarmiento, lo cual es una prueba de que Sarmiento sigue viviendo todavía, pero para los buenos argentinos, digamos, y yo creo ser uno de ellos–, Sarmiento es lo que para ustedes es Lincoln (…) Salvo que a Sarmiento le tocó una época mucho más primitiva”.

Hay en el Facundo, además, un fresco de la pampa argentina: una imagen que perdurará en el tiempo como el desierto sin ley, ocupada por indios incapaces de ser parte de un Estado nación que debía –según su deseo– crecer a la luz de las ideas liberales provenientes de los Estados Unidos y no de la Europa latina. Una pampa que él no conocía para entonces y que nace en su pluma como el reverberar de lo que Esteban Echeverría había narrado en su poema “La cautiva”. Borges dice al respecto: “Quizás el hecho de no estar en el país y de no haber conocido directamente la pampa le permitió a Sarmiento ese sueño tan vívido. Él mismo cuenta cómo, después de la batalla de Caseros, conoció la pampa, y vio que todo era tal como lo había descripto, tal como lo había soñado, tal como lo había intuido”.

Sarmiento también propone en el Facundo una tipología del gaucho, definiéndolo mediante una serie de categorías arquetípicas a partir de sus funciones sociales: el rastreador, el baqueano, el cantor y el gaucho malo. Figuras que le sirven para perfilar a los caudillos y sus tropas, y a través de ellos un sujeto social que necesita para ese mundo binario que partirá la política y la cultura argentina para siempre. Mucho de lo que Sarmiento expresa en el Facundo como caracterización y programa político será presagio de lo que él mismo llevará a la práctica cuando sea un hombre de Estado. “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes”, le dirá en una carta a Bartolomé Mitre en 1861.

El Facundo narra el final del caudillo riojano y esa narración tiene sin duda un fin político: ese hombre mítico, fantasmal, casi un superhombre salvaje representante del federalismo, muere asesinado por el hombre que dice representar esas mismas ideas políticas. Sarmiento completa la épica de su relato con la traición, la ignominia de Rosas que manda a ejecutar a Quiroga y después ajusticia a los asesinos. Sobre esto también escribe Sarmiento y sentencia para siempre una versión de la historia: “El gobierno de Buenos Aires dio un aparato solemne a la ejecución de los asesinos de Juan Facundo Quiroga; la galera ensangrentada y acribillada de balazos estuvo largo tiempo expuesta al examen del pueblo; y el retrato de Quiroga, como la vista del patíbulo y de los ajusticiados, fueron litografiados y distribuidos por millares, como también extractos del proceso, que se dio a luz en un volumen en folio.

La historia imparcial espera todavía datos y revelaciones para señalar con su dedo al instigador de los asesinos”.

Escrito por
Juan Carrá
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