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Coplas de la tierra

Ilustración de nota: Hugo Horita
Ilustración de nota: Hugo Horita

El Barbudo, como lo llamaban cariñosamente, supo dar cuenta del paisaje y de su intensidad sonora, de sus colores y sus ritmos, de su gente. Su voz es una de las más representativas del norte argentino.

Hay que dejarse estar en la tierra y gozar. Buscar el origen del mundo en el propio cuerpo. Y que el poema registre esa tempestad del alma con la intensidad sonora que nos propicia el lenguaje. Esto parece decirnos, cada vez, en cada verso, Manuel Castilla. “Siento que estoy tapado por luciérnagas/ y que en mi pelo crece la niñez del relámpago.”

El poeta va cantando paisajes y especiándolos con diferentes ritmos, heredad de tradiciones. “Entren conmigo a lo hondo de la noche, a su arena más negra,/ y tráiganme a la tierra de la mano, ya ciego, tiznado de infinito.” Una voz que ha masticado la puna, la piedra, el agua, la madera seca, además de las injurias de un colonialismo viejo y persistente sobre los desposeídos: “Hachero, por tu mujer/ no alces el hacha de noche, que lo que ganas así/ el hacha es quien se lo come./ El hacha corta tu sombra/ hachero, sin que lo notes,/ y se te muere quebrada/ como una rama en el monte.” Una voz que recoge, como frutos en un cesto, los restos de la impiedad y denuncia. “Yo lo encontré una tarde al desalojo./ Estaba en la vereda, un mueble y otro mueble amontonado,/ su corazón desparramado y quieto.”

Podemos decir, junto con el poeta catamarqueño Leonardo Martínez, que Castilla se ha nutrido de un habla de “raíz castellana y de matriz quechua”. Y que también se ha nutrido de la gran poesía del mundo: la del Siglo de Oro, la del romanticismo alemán e inglés y la de los poetas malditos. Hay cercanía enorme con Vallejo y más aún con el Neruda de Residencia en la tierra y de Canto general, en lo telúrico simbolista y en la mirada social. “Y eso sin dejar de oír el crepitar de la amazonia, el silbido del viento en la puna, la escarcha crujiente de los inviernos salteños, el anta veloz entre frondas y celajes, el estallido colorado del ají en la lengua o del alcohol bullente en las noches con amigos”, escribe Martínez en el prólogo de Obras completas que publicó Eudeba.

Pero la voz de Castilla se alza con la voluntad divina del poeta entregado a su única religión, como pretendía Hölderlin: la de la poesía. “Mi voz se hace arenosa por la puna./ Mi voz penando vaga por el aire/ y el aire en pena vaga por la luna.”

LA ESPESURA DEL PAISAJE

A lo largo de sus más de cuatrocientas páginas de poesía, el paisaje se hace cuerpo con su gente. Y a la vez, la gente se torna paisaje a la luz de las acciones: “Evangelina Gutiérrez/ cuchillo en mano deschala/ y siente que todo el aire/ a su lado se azucara.// Miel de palo, su dulzura/ por sus trenzas se derrama.// En sus ojos el machete/ es como un tajo de plata/ y en su cintura se entibia madura ya la mañana.// En el lote Arrayanal,/ Ingenio de La Esperanza,/ a cada golpe el machete/ le va cortando la infancia./ Evangelina Gutiérrez/ tallo de arena en La Quiaca,/ cosecha para el ingenio/ flores de azúcar quemada”.

Pero también el paisaje, que es entorno y es música, ruge violento y solitario. Y subordina la palabra a su voluntad de arcilla ciega. El paisaje es voraz con el poema (y con el hombre) y lo calcina y lo hace mural tallado, carcomido. “En Santa Rosa de Tastil, en Salta,/ sucede este crepúsculo,/ esta luz amarilla que se pisa y cruje/ porque como pan duro se desmiga la roca/ y en un granito diminuto cae/ y de nuevo mañana, granos nuevos/ que no fecundan ni florecen, vuelven/ y son carie y sal gruesa muertas.”

¿Es un empecinamiento, el paisaje, o una epifanía?

Acaso patria en la puna del poema.

Es cierto que la patria, vernáculamente, implica un territorio determinado, con sus usos y costumbres, sus idiomas, su bandera. Pero cuando nos corremos del lugar común y nos referimos a una obra cuya potencia hace de la geografía un templo engarzado en la lira, la patria histrioniza otro, el mejor, escenario: el del lenguaje emergiendo de la soledad de la piedra o del lamento de un caballo: “Como una espuela negra/ algo se clava en mis ijares/ pero sobre mi lomo ya no hay nadie./ Algo que es un remoto recuerdo de tonada/ me toca las caronas con un escalofrío.// Ahora que llevo ya sin peso a la muerte como a un pétalo/ son un granizo tibio sus espuelas.”

ENTRE LA COPLA Y EL VERSO LIBRE

O entre la oralidad y el poema de culto. O entre el anonimato y la autoría. Hay una zona de quiebre. O acaso un pasaje, un puente, sin salto abrupto, sin víctimas que lamentar. Porque el norte argentino arrastra la tradición coplera, anónima y oral, de los tiempos en los que la cultura, según escribe el poeta y ensayista salteño Santiago Sylvester, circulaba por esas tierras “de boca a oído y tenía el empuje aluvional de lo anónimo”.

La copla es una composición poética de cuatro versos octosilábicos que se originó en España en el medioevo y que, aunque siempre ha surgido de la emergencia y la celebración popular, y transmitida de generación en generación –y transformada en esa transmisión–, ha sido recreada en el siglo XX por varios autores españoles de la generación del 27, como Rafael Alberti y Federico García Lorca. Llegó a América de la mano de los colonizadores, a finales del siglo XV. Pero en cada lugar se tiñó del color local e hizo nido propio. El norte argentino encarna con fuerza esa tradición y se identifica coplero a ultranza. Y aunque abandonó su esencia arraigada en la transmisión oral (hay mucho material rescatado y recogido en libros), se conserva como formato.

Manuel Castilla acude en ocasiones a la copla y también ejercita el soneto, poesía de arte mayor. Pero gran parte de su obra se apoya en el verso libre, donde hacen pie las vanguardias. En los 40 y 50, las décadas de sus primeras publicaciones, aún se mixturaban formatos, sin represalia. Más allá de la métrica, su poética afincada en un lenguaje que hace cuerpo y convulsiona con la tierra (la palabra tierra y sus derivados reales y simbólicos: el polvo, el barro, el terruño, el arraigo, el entierro, la semilla, los huesos) se asienta sobre una emotividad expresionista que llega a su paroxismo con Cantos del gozante (1972). “Yo estuve viendo al hombre cuando alzaba la sombra de su casa/ de hebra en hebra como un barracán tibio,/ vi sus manos lamiendo dócilmente trozos de piedra y barro./ Con uñas enlutadas lo he visto hacer en greda y pasto y sueño/ la primera pared, el primer pecho de hombre sobre la cordillera,/ lo he visto modelando la cenicienta cara del silencio,/ tomar el cielo entero, oscurecer su entraña más celeste/ y meterla en su cuarto como un trozo de lámpara apagada.”

Ilustración: Marcelo Marchese
Ilustración: Marcelo Marchese
Escrito por
María Malusardi
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