El policial negro, el fútbol, el boxeo, el tango, los contornos de política, la violencia, el cine y la literatura popular, los crímenes nacidos de la urbanidad misma. Esos son los tropos con los que Soriano se vuelve un artista de la pluma y de los géneros periodísticos como la crónica, el perfil y el reportaje. Pero también son esos los tropos que atraviesan su literatura. Es que Soriano es, quizás, el heredero directo de una de las características centrales de la literatura arlteana: esa que se nutre de la experiencia en las redacciones para narrar, robándole el tiempo al oficio de ganapán, para construir una obra donde la literatura y el periodismo se mezclan hasta que desaparece todo tipo de fronteras.
ARTISTAS, LOCOS Y CRIMINALES
Osvaldo Soriano trabajó en La Opinión desde su fundación, en 1971, hasta mediados de 1974, cuando los directivos del diario buscaban limpiar la redacción de los intelectuales de izquierda. Así, la limpieza empezó por el Suplemento de Cultura, catalogado por el subdirector de entonces como “cueva de izquierdistas”. En esos tres años, el Gordo escribió textos memorables y empezó a pulirse junto a otras plumas para dar el salto a la literatura. En 1984, un puñado de esos textos fue compilado bajo el título Artistas, locos y criminales. A cada uno de ellos, Soriano les agregó un breve texto situando el momento de producción y alguna anécdota de referencia.
En “El caso Robledo Puch”, publicada originalmente el 27 de febrero de 1972, esa especie de prólogo dice así: “Conocí a Jacobo Timerman el día que me pidió que escribiera ‘la mejor nota de Buenos Aires sobre el caso Robledo Puch’. La Opinión, que exageraba su sobriedad al extremo de no publicar noticias ‘policiales’, se encontraba en un aprieto: el joven Carlos Eduardo Robledo Puch había asesinado a por lo menos once personas y había cometido una treintena de atracos. Su notoriedad ocupaba la primera página de todos los diarios y el matutino de Timerman seguía ignorándolo. Era imposible, a esa altura, publicar una noticia y el diario abominaba de la perorata moralizadora. Opté, pues, por la reconstrucción de los hechos según todos los testimonios existentes hasta entonces. El artículo apareció en el suplemento cultural y me valió un cuantioso aumento de sueldo que el director me anunció personalmente. Ese día empezaron mis desventuras”.
Hasta ese momento, Soriano escribía en el suplemento deportivo del diario La Opinión. Se había sumado como una pluma más a ese seleccionado de periodistas que conformó lo que para muchos fue la mejor redacción de la historia del periodismo argentino. El Gordo podía allí conjugar dos de sus pasiones: el ocio y el amor por el fútbol, particularmente por San Lorenzo de Almagro. Pero su pluma con claros matices literarios lo alejaría de las páginas deportivas para sumarlo al suplemento cultural. Para La Opinión, apuntado en esa primera etapa a un lector progresista de izquierda con intereses en la literatura, el teatro y el cine, el deporte y los policiales eran consumos plebeyos que poco tenían que hacer entre tanto análisis político. Pero Soriano, con la complicidad permanente de Juan Gelman, jefe de aquel mítico suplemento, se las ingeniaba para no perder sus gustos y demostrar, así, que no importan tanto los temas ni las secciones, sino cómo están escritos para tener en el diario un texto de calidad. En esas páginas culturales, Soriano escribió “Obdulio Varela. El reposo del centrojás”, en la que reconstruye la voz del jugador de la selección de Uruguay artífice del Maracanazo; también la historia de la fundación del club de sus amores, en el texto “Francisco Xarau y Juan Giannella. El nacimiento de San Lorenzo de Almagro”.
En este volumen también escribe sobre el peronismo, otra de sus pasiones: pone la mirada en el contorno, como lo hacía Arlt, al narrar en “Los vecinos de Perón” la convulsión que se vivió en Vicente López cuando el General se instaló en su residencia de Gaspar Campos, luego del exilio. En “El operativo Dorrego”, retrató la unión entre el Ejército y la Juventud Peronista –ya parte de la tendencia revolucionaria vinculada a Montoneros– en el trabajo territorial para asistir a las familias de la provincia de Buenos Aires que habían quedado bajo el agua de las inundaciones de octubre de 1973. Su pluma también narró, con cierto grado de perplejidad, la violencia intestina en el movimiento. En la nota que antecede a “Elección de Perón y asesinato de Rucci”, Soriano escribió: “Entre el 23 y el 25 de septiembre de 1973, el país pasó bruscamente de la euforia al terror (…) Ese crimen desataría una implacable represión contra la izquierda, facilitaría el avance del lopezreguismo, alentaría la creación de la Triple A y allanaría el camino a los mentores de la Patria Peronista”, y dejaba así una sentencia clara de su idea sobre la interna peronista y, ante todo, sobre su mirada crítica a la violencia política.
“El paso por este diario fue, para mí –escribirá Soriano en el prólogo de Artistas, locos y criminales–, una suerte de entrenamiento literario. Un laboratorio donde tracé los borradores de mi primera novela: Triste, solitario y final (en el artículo ‘El error de hacer reír’ y en otros) y me acerqué al estilo despojado de la segunda: No habrá más penas ni olvido (con los artículos ‘El caso Robledo Puch’, ‘El asesinato de Rucci’ y ‘La fiebre del oro’). Sin dudas hay en estos textos señales que anticipan, acompañan y, por qué no decirlo, festejan aquellas novelas.”
REBELDES, SOÑADORES Y FUGITIVOS
En 1987, Soriano publicó otra antología de artículos periodísticos caracterizados por las hibridaciones genéricas. Esta vez, la compilación nuclea, en su mayoría, textos de su etapa como escriba en la prensa extranjera, como Il Manifesto, de Roma, y Le Monde, de Francia. También hay algunos textos de su primera etapa en el diario Página/12. En el prólogo de esta nueva compilación, Soriano escribe: “Un escritor, cuando trabaja también en periodismo, debe hacer un delicado equilibrio entre la pura información y el ejercicio del estilo. Con el paso del tiempo lo que queda es el estilo: los artículos de Roberto Arlt y Rodolfo Walsh tenían eso y aún hoy se los lee con placer”. En estos textos, Soriano construye su propia genealogía como escritor, porque así se define ya. No es un periodista haciendo literatura, sino un escritor (por más que la crítica de Puan se lo niegue durante largo tiempo). Se inscribe, entonces, en esta idea del periodismo narrativo que Arlt desplegó en sus aguafuertes y Walsh en sus investigaciones periodísticas y crónicas. También recupera a otros autores: Cortázar, Borges, García Márquez y Caldwell, a quien atribuye una destreza en el uso de los diálogos que él eligió copiar. Quizás en su texto “Escritores en apuros”, Soriano ensaye sus reflexiones como escritor. Escrito mientras peleaba con el cierre de su novela A sus plantas rendido un león, el Gordo se anima a contar el detrás de escena de un escritor frente a sus miedos y fantasmas. Pero en estas notas no se olvida de sus pasiones: aparecen Gardel, el fútbol, pero siempre con una mirada más allá de la pelota: “El penal más largo del mundo”, texto emblemático en la carrera de Soriano, y “Maradona, sí; Galtieri, no”, en el que a través del partido Argentina vs. Inglaterra de México 86, recupera el dolor por Malvinas. Es que la política siempre está en Soriano y por eso hay un texto sobre Fidel Castro y otro sobre el proceso revolucionario sandinista en Nicaragua.
PIRATAS, FANTASMAS Y DINOSAURIOS
La saga de compilados de Soriano tiene un volumen más con el autor en vida. Los tropos son los mismos que siempre gustó de explorar. Monzón, Rosas, Cámpora y Fangio se mezclan con reflexiones sobre la escritura y algunas aguafuertes de la Argentina de los 90. El propio Soriano coloca en esta serie de libros también a Cuentos de los años felices, aunque se alejan un poco del estilo híbrido de estos tres volúmenes. Sí se retoma el espíritu en Arqueros, ilusionistas y goleadores, publicado en 1998, año del Mundial de Francia y con Soriano ya muerto, en enero de 1997. Allí se recopilan los textos donde el Gordo despliega su pasión futbolera. En 2012, aparece Cómicos, tiranos y leyendas. Ángel Berlanga selecciona un puñado de textos inéditos en libro, algunos de La Opinión y otros de Página/12, también de Primera Plana. Este es el último de los volúmenes publicados en los que se recopilan textos anfibios de un escritor que vivió del periodismo con el afán, siempre, de narrar.
