La historia no es solo el tiempo pasado; es un tiempo que se conjuga en presente. Tenía quince años recién cumplidos cuando abrí por primera vez Sobre héroes y tumbas, sin imaginar siquiera de qué trataba. Sería noviembre de 1976. El libro aún lo conservo: está firmado por mi madre y pertenece a la colección Piragua de la Editorial Sudamericana. Me intrigó el diseño de la tapa: el título dispuesto verticalmente a la derecha, junto a un grabado expresionista con los cuerpos desnudos de un hombre y una mujer.
Recuerdo el impacto que me produjo la lectura de la “Nota preliminar”. El extracto de la crónica policial del diario La Razón –que en aquel momento tomé seguramente por verídica– refería una tragedia que había sacudido a Buenos Aires por tratarse de una familia patricia. Una mujer muy joven había matado de cuatro balazos a su padre en el mirador de una antigua casa de Barracas y, tras cerrar con llave desde adentro, había rociado la habitación con nafta y prendido fuego, sucumbiendo entre las llamas. La fecha del recorte –“un trozo en forma de país”, como dice Sabato en otro pasaje de la novela– me llamó la atención: el 26 de junio de 1955, apenas ocho días después del bombardeo de Plaza de Mayo y la quema de las iglesias, oscuro preludio de la caída de Perón.
Mis padres habían sido testigos de esos hechos, ya que ambos trabajaban en el centro, muy cerca del lugar donde ocurrieron. Desde la infancia venía escuchando hablar de aquella jornada atroz en las sobremesas de una familia atravesada por la política. En medio de esas conversaciones, de vez en cuando alguien dejaba caer el nombre de Sabato, que en sus tiempos de estudiante en la Universidad Nacional de La Plata había militado en el Partido Comunista con uno de los hermanos de mi abuela. En suma, no había pasado de la primera página de la novela y ya se daban cita en mi imaginación algunos de los héroes y las tumbas quizás evocados en el título.
UN COMIENZO ESTREMECEDOR
Allí aparecían ya los nombres de Alejandra Vidal Olmos y Fernando, su padre, autor de un extraño “Informe sobre ciegos”, obra aparentemente de un paranoico, descubierta después de su muerte en un departamento de Villa Devoto. El relato de la historia que había tenido como desenlace este crimen horrendo empezaba, sin embargo, dos años antes, en el atardecer de un sábado de otoño de 1953, en el Parque Lezama, junto a la estatua de Ceres. Un tal Bruno, amigo de los Vidal Olmos, cuenta cómo Martín, un muchacho de diecisiete años, conoció a Alejandra, una enigmática chica de pelo negro con reflejos rojizos, piel pálida y mate, rostro anguloso, labios gruesos y ojos verde oscuro.
El comienzo de Sobre héroes y tumbas es uno de los más estremecedores e inquietantes de la narrativa argentina. La novela me atrapó de inmediato, acaso por identificación: hablaba del amor de unos adolescentes que vagaban sin amparo por las calles porteñas, acosados por fantasmas y premoniciones, como nosotros después del golpe del 24 de marzo de 1976. De una belleza convulsiva, Alejandra era una epifanía turbadora; descendiente de unitarios, pero partidaria de los federales, encarnaba para mí, como para Martín, “todo lo que había de caótico y de encontrado, de endemoniado y desgarrado, de equívoco y opaco” en la historia del país.
Estaba por decir que Sobre héroes y tumbas es la gran novela gótica argentina; pero esta fórmula la retrotrae al siglo XIX: sería más apropiado hablar de un gótico surrealista, en el espíritu de Nadja de Breton y En el castillo de Argol de Julien Gracq. La arquitectura del libro se asemeja al caserón en ruinas de Barracas, en cuyas habitaciones moran seres esperpénticos y se acumulan reliquias, óleos desvaídos y toda clase de objetos cubiertos de polvo y telarañas, despojos de una oligarquía extinta que murmuran historias de locura y venganza. Afuera bulle la muchedumbre, resuenan los bocinazos y los altoparlantes de la Alianza Libertadora Nacionalista; entre fotos de Gardel, Evita y El Gráfico pegadas en las paredes se prolongan en los cafetines las charlas sobre Nietzsche, la revolución y el peronismo.
AFECCIONES
Borro a conciencia la distancia entre la época en que transcurre la novela y la de mi primera lectura. Me resisto a hablar de las obras literarias como si no “obraran” sobre nosotros, sus lectores, como si no fueran algo que nos acontece. La literatura nos afecta individual y colectivamente, nos hace pensar y nos proporciona elementos para comprendernos a nosotros mismos e interpretar el mundo en que vivimos. Sobre héroes y tumbas es un muy buen ejemplo de esto: es una de esas novelas capaces de cambiar para siempre el curso de una vida. Así fue para mí y, conjeturo, para muchas otras personas de mi generación y de la generación precedente, algunas de las cuales me han confesado haber llamado Alejandra o Martín a sus hijos por los personajes de este libro.
La novela, como se sabe, yuxtapone la historia de Martín y Alejandra, el “Romance de la muerte de Juan Lavalle” y el “Informe sobre ciegos”. La marcha de la legión unitaria hacia el exilio, cargando el cadáver putrefacto de su general y acechada por las lanzas de Oribe, se proyecta sobre Alejandra y su padre, últimos vástagos de la estirpe de Bonifacio Acevedo, degollado por la Mazorca, pero también sobre la memoria de todos los que fueron arrastrados a la muerte en los ciclos de violencia que desangraron la Argentina. La gran conspiración de la Secta de Ciegos, que Fernando cree haber descubierto con una imaginación biliosa como la de Maldoror y Stavroguin, nos conduce a través de prostíbulos, pasadizos y cloacas inmundas desde la terminal del subte en Plaza de Mayo hasta la Recova de Belgrano, bajo la cual palpita el inconsciente de Buenos Aires.
Ha transcurrido medio siglo desde que leí el libro por primera vez. Lo volví a leer cuando tuve el privilegio de editar a Sabato y ahora, una vez más, en el viejo volumen que era de mi madre. Me pregunto qué emociones, qué pensamientos le habrá despertado su lectura a una criolla por cuyas venas circulaba sangre italiana, española e indígena. Sobre héroes y tumbas no es la epopeya de las grandes figuras de la historia argentina, sino la tragedia de aquellas vidas anónimas perdidas entre sus pliegues: la de los desheredados y los vencidos, la de tantas chicas atormentadas como Alejandra, la de tantas chicos de destino incierto como Martín.
