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Caras y Caretas

           

Diccionario del hombre en crisis

Ilustración: María Laura Zuljevic

El ensayo fue el género donde el escritor oriundo de Rojas fue más prolífico. Con perspectiva histórica y fundada en raíces filosóficas y culturales, su producción alerta sobre el proceso autodenigratorio de la humanidad, la pérdida de valores y el abandono de la espiritualidad.

En su inesperado y vertiginoso salto desde la ciencia hacia la literatura, la primera versión de Ernesto Sabato como escritor fue la del ensayista y con el tiempo esta se convirtió, además, en su faceta más prolífica.

Tenía 35 años cuando emprendió aquella travesía iniciática y trascendental en medio de un paisaje dominado por las sierras cordobesas, en un rancho sin luz ni vidrios en las ventanas. Era una suerte de retiro, donde la serenidad agreste del paisaje contrastaba con la agitación interior que lo envolvía, un torbellino existencial que marcaría su alejamiento definitivo del mundo racional y previsible de la ciencia para el que se había formado como físico en la Universidad Nacional de La Plata y el inicio de la búsqueda de un camino entonces difuso pero radicalmente distinto para su vida.

En Uno y el universo (1945), Sabato compagina alfabéticamente una serie de 65 textos, en su mayoría muy breves, unidos por el trasfondo de una reacción contra los dogmatismos y los límites a la libertad. En clave aforística, en la frontera del academicismo, pero cargado de una ironía fatalista, desplegó allí reflexiones y críticas, por momentos despiadadas, contra la deshumanización de las sociedades tecnológicas, dejando ver una gnoseología en la que está presente la metafísica existencial que recorrerá toda su obra. Aparecen aquí varios de los que se transformarán en sus temas recurrentes, como la antinomia entre la abstracción cientificista y la angustiosa y sentimental raíz de la existencia. También esboza su propósito de alcanzar una escritura comprometida como tabla de salvación contra un preciosismo lúdico y banal, algo que achacaba a los textos de Borges. En el prólogo de la primera edición el autor dejó ver el momento de crisis que atravesaba y explicó que se trataba del “documento de un tránsito” y que, por tanto, participaba “de la impureza y la contradicción, que son atributos del movimiento”. “La ciencia ha sido un compañero de viaje, durante un trecho, pero ya ha quedado atrás”, concluyó.

Uno y el universo obtuvo ese mismo año el Primer Premio de Literatura de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Entre los elogios recibidos, destaca una carta de Ernesto “Che” Guevara, quien le expresó su fascinación por la obra. Sin embargo, Sabato solía calificarla como un “librito” y fue reticente a reeditarla durante años.

LA POLÉMICA Y EL DEBATE DE IDEAS

Desde entonces, el género se convirtió en la plataforma donde Sabato se mostró más prolífico y cómodo, desplegando su habilidad como polemista y su compromiso con el debate de las ideas. Su obra ensayística, marcada por una perspectiva histórica y fundada en raíces filosóficas y culturales, puede verse como una suerte de diccionario del hombre en crisis, que alerta sobre el proceso autodegradatorio de la humanidad, causado por la pérdida de valores y el abandono de la espiritualidad, que condenan al hombre moderno a la alienación y la soledad.

En 1950 publicó su segundo ensayo: Hombres y engranajes, texto al que Sabato definió como su “autobiografía espiritual”, en el que subraya su crítica a la sociedad mecanizada causante del derrumbe de los horizontes de la civilización en el marco de lo que considera el fracaso conjunto del capitalismo y el comunismo. De ahí surge el concepto “tecnolatría”, que supone una suerte de deificación de los avances científicos. Desde entonces arremetió contra aquellos logros del progreso tecnológico para advertir sus efectos sobre la alienación y robotización del hombre. Todo un visionario que se adelantó por décadas a los debates de hoy.

No sin polémica –como todo en su vida– abordó el tema de la identidad femenina en su ensayo Heterodoxia (1953), en el que hurga en lo que considera que son las diferencias entre hombre y mujer a partir de las ideas y presupuestos de varios pensadores, atribuyendo el trasfondo del colapso civilizatorio a las inclinaciones masculinas por la razón y la ciencia en contraposición con los intereses por el arte y la vida, inherentes a la feminidad.

La instauración de la denominada Revolución Libertadora, que en septiembre de 1955 derrocó al gobierno de Perón, le dio pie para concebir El otro rostro del peronismo. Carta abierta a Mario Amadeo, donde cuestionó la figura del líder, a quien consideraba un demagogo, aunque destacó el fervor espiritual que inspiró en los trabajadores y la injusticia social que puso en evidencia. Esa publicación lo posicionó en el centro del debate político argentino. Tras abandonar su militancia anarquista y comunista, Sabato había renunciado a cualquier afiliación partidaria, consolidándose como una de las voces más influyentes y críticas del ámbito intelectual del país.

Para 1963, cuando ya era un escritor respetado y admirado como un modelo, publicó El escritor y sus fantasmas, donde profundizó su mirada sobre la función de la ficción, especialmente la novela, como una vía para explorar al ser humano. En él, Sabato argumentaba que “una novela profunda no puede no ser metafísica” porque detrás de los problemas cotidianos subyacen las cuestiones existenciales fundamentales: la angustia, el deseo de poder, el miedo a la muerte, la búsqueda de sentido y la rebelión contra el absurdo.

LA CONTROVERSIA Y LA PULSIÓN DE VIDA

Ese mismo año Sabato participó en Tango contemporáneo, el disco que marcó la ruptura de Astor Piazzolla con el tango tradicional, y escribió el ensayo “Tango, canción de Buenos Aires”, incluido en el libro Tango, discusión y clave, donde reflexiona sobre cómo el tango, nacido de la inmigración y el resentimiento, reflejó la esencia cultural argentina. También en ese tiempo dio a luz el ensayo “Significado de Pedro Henríquez Ureña”, homenaje a su maestro de secundaria, y participó en El pensamiento nacional y la encíclica Populorum progressio, donde reflexionó sobre la cooperación internacional y las desigualdades provocadas tanto por el capitalismo como por el socialismo marxista, junto a figuras como Arturo Jauretche, Jerónimo Podestá y Marcelo Sánchez Sorondo.

Tras su controvertida participación en un almuerzo con Jorge Rafael Videla en mayo de 1976, a dos meses de instaurado el golpe militar, Sabato escribió “Nuestro tiempo de desprecio” (1977), en donde critica los regímenes dictatoriales y aboga por una república fundada en la justicia y la libertad. Sin echar mano a nombres propios acusa al último gobierno peronista de destruir la esperanza del pueblo y de corromper el país con demagogia. Frente a ese estado de cosas, creía que era necesario un cambio, aunque dijo haber advertido sobre la “temible tentación: la de un orden basado en el terror”. Para el escritor había que “evitar un terrorismo de extrema derecha como respuesta al de los grupos inversos”. Sabato parangona la situación del país en ese momento con lo ocurrido durante regímenes dictatoriales en Europa y se pregunta: “¿Qué clase de cristianos son los que añoran los campos hitleristas y sueñan con instaurarlos en nuestra patria?”.

En 1978 publicó su ensayo Apologías y rechazos, donde profundizó sobre temas como la cuestión judía, la educación y la crisis social y política del país y que surgió a partir de la gran repercusión que tuvo una entrevista publicada el 31 de diciembre de 1977 en La Nación. Allí, Sabato expresó su preocupación por la censura impuesta por el régimen militar, señalando la contradicción entre las palabras oficiales sobre pluralismo y la represión real.

De su veintena de ensayos, uno de los últimos y, probablemente, más leídos y recordados fue La resistencia, publicado el 4 de junio de 2000 en el portal digital de Clarín, con acceso gratuito antes de su impresión en papel. Allí reflexiona sobre los valores, la ciudad, la tecnología, la globalización, la vejez, la naturaleza y la medicina, y promueve librar una batalla contra la desesperanza. En uno de sus pasajes sostiene: “Hay días en que me invade la tristeza de morir, y como si pudiera ser la muerte la engañada, me atrinchero en mi estudio y me pongo a pintar con frenesí, confiado en que ella no me arrebatará la vida mientras haya una obra sin terminar entre mis manos. Como si la muerte pudiese entender mis razones, y yo hacer de Penélope para detenerla”.

Escrito por
Pablo Morosi y Sandra Di Luca
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