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“Gardel tenía una enorme percepción”

Ilustración: Jung!
Ilustración: Jung!

Con mirada de conocedor, el bandoneonista y compositor Rodolfo Mederos analiza el legado del Zorzal Criollo y discurre sobre el presente del tango, cuyas condiciones de recepción se modificaron de manera drástica a lo largo de la historia.

El bandoneonista y compositor Rodolfo Mederos, uno de los músicos esenciales del tango, descree de la autenticidad del arte complaciente. Lo demuestra su historia, signada por la permanente búsqueda y los cruces musicales. Tocó el bandoneón en la orquesta de Osvaldo Pugliese, también con Astor Piazzolla –a quien había impactado su Octeto Guardia Blanca– y con Eduardo Rovira. En los 70 entrelazó el tango, el jazz y el rock en Generación Cero, una propuesta innovadora que reflejó en seis discos los sonidos de una Buenos Aires en tensión. Con el regreso del grupo, sellado en 2019, que tiene una recuperación del sonido clásico del tango, pretende hallar “una manera posible de cómo sonaría la ciudad” actual. Porque la música, según Mederos, debe plasmar el aquí y ahora para ser honesta. Y original.

Su profunda preocupación –una de tantas– es que la Reina del Plata aún no encontró una “música futura” que la identifique y que reemplace al 2×4, siempre presente, ya que “proyecta a una zona increíblemente filosófica”. Entre sus más de veinte discos, Carlos Gardel por Rodolfo Mederos (2005), que contiene versiones de ocho clásicos de la dupla Gardel-Le Pera, es la excusa para abordar el mito del Morocho del Abasto, de cuya desaparición se cumplen 87 años el próximo 24 de junio.

Mederos aseguró en diálogo con Caras y Caretas que el autor de “El día que me quieras” tenía “una enorme percepción e imaginación” y que, sin duda, muchos músicos, entre los que se cuenta, “quisieran haber compuesto una melodía así”.

–¿Considera que el tango dejó de ser una música popular?

–No es que lo considere, queda claro que es así. Creo que es una música fantástica, maravillosa, no me alcanzarían los calificativos positivos para definirla, pero también es cierto que las cosas son como son en el momento en que son, después ya dejan de ser. Yo fui joven en un momento y ya no lo soy. Entonces, pretender recuperar aquello me parece un poco inútil. Lo bueno sería aceptarlo con honestidad y hasta incluso con energía.

–Además la cultura es un proceso que va evolucionando, más allá de las modas y de las vanguardias o nuevas generaciones.

–Siempre hubo nuevas generaciones. Troilo vino después de Arolas; Piazzolla después de Troilo; Salgán después de Bardi. Y fueron haciendo, mientras la sociedad necesitara que se hiciese eso. Hoy ya no se necesita. El tango está en un estado, yo diría geriátrico o, en todo caso, no está en su momento de vitalidad, no son los años 20 o 40. Lo mismo pasa con el jazz, la bossa nova y el bolero. Entonces, no hay por qué asustarse tanto cuando algo envejece.

–Tengo entendido que no es admirador del modo de cantar de Gardel.

–Ha sido un buen cantor. Pero no es el estilo que a mí me completa. Lo respeto, como respeto a [Juan] D’Arienzo, pero me gustan más otros, como Floreal Ruiz o Edmundo Rivero. Eso no significa que no comprenda sus virtudes. El fraseo de Gardel es bueno, sí, pero fue un gran melodista. Si bien no conozco mucho de su historia, seguramente no fue un hombre muy instruido en la técnica musical. Es más, era mal guitarrista, incluso. Y, sin embargo, sorprendentemente, tuvo esa virtud particular de generar muchas melodías bellísimas, algunas de ellas reiterativas, pero igual tienen su valor.

–¿Qué lo motivó, entonces, a grabar el disco Carlos Gardel por Rodolfo Mederos?

–Las melodías que hizo con Le Pera tienen un encanto particular, son las que más me gustan, y las hechas con Razzano son diferentes. Habría dos Gardeles: en el primer caso, uno más romántico, más chopiniano, si queremos, y después otro… No sé cómo llamarle, porque usar la palabra “tanguero” es raro. “Mano a mano” tiene algo muy diferente a “El día que me quieras”. Seguramente, él, en su poco conocimiento musical, por no decir nulo, tenía una gran dosis de percepción y de imaginación, como pocos. La melodía de “El día que me quieras” no es simplona desde el punto de vista del análisis técnico musical. Muchos músicos quisieran haber compuesto una melodía así, yo entre ellos. Las composiciones con Razzano son para un cantor de tango, pero las de Le Pera las pueden cantar Luis Miguel o Frank Sinatra. Así, habría un Gardel que, por un lado, alude al barrio, a la casa, y por otro, al mundo, a una dimensión más amplia. Esas melodías son las que grabé.

–El escritor Jorge Luis Borges acusó a Gardel de convertir al tango en un “cantar quejoso y llorón”. ¿Está de acuerdo?

–Comparto un poco eso. Pero convengamos que Borges era un hombre de la guardia vieja, instalado en los años 20. Por eso, para él, Gardel aparecía con melodías edulcoradas. Y es cierto: hasta 1925, el acontecimiento melódico era de una naturaleza completamente diferente a lo que fue después. El tango, al entrar en la época de oro (años 40), adquirió un carácter melódico. Y Gardel también quedó preñado de eso, y no está mal. El tango se hizo más lento, más cabizbajo. Supongo que su expresión alude a ese cambio repentino, y él lo debe de haber vivido como una especie de “bolerización”.

–De hecho, el tango pasó a bolerizarse un poco.

–Ya la conformación de una orquesta típica, con todos los violines, le dio un carácter mucho más cantable al tango. En la guardia vieja eran conjuntos con flauta, guitarra y bandoneón. A veces, ni bandoneón, y sí clarinete. Eran sonoridades más “saltarinas”, que acompañaban al porteño de esa época, que luego tuvo necesidad de otra cosa. Entre las dos guerras, el tango caló hondo en la naturaleza humana. No recuerdo quién dijo “si no lo dice el tango, no existe”. Hay una letra para cada situación. Las músicas populares, en general, tienen la función de que la gente baile, que haga un poco de catarsis. Sin embargo, el tango hace pensar, nos proyecta a una zona increíblemente filosófica, como casi ninguna otra música.

–Entonces, ¿tiene futuro?

–El problema es otro: no tenemos una música futura, algo de reemplazo. Así como aquellas generaciones parieron a esos músicos, nosotros no estamos pariendo a otros. Además, la gente ya no escucha música, anda con un teléfono celular por la calle. Entonces, el tango que escuchábamos en los 40 y 50 ya no tiene espacio. No tenemos una voz propia. Ese es el gran tema, no si el tango ha muerto o no, la verdad es que eso ya no me importa. ¿Qué nos pasa a los argentinos?, como decía Fabio Alberti en el programa Todo por dos pesos (risas). La pregunta es qué música hacer para un mundo globalizado, donde las fronteras ya casi no existen.

–Los discos de Generación Cero, en los 70, fusionaban tango, jazz y rock progresivo. ¿Qué nuevas posibilidades ofrece el regreso de esa agrupación?

–Lo que siento es que antes de abandonar este planeta, necesito ofrecer una alternativa, y con eso no digo “escúchenme porque soy el dueño de la música de Buenos Aires”. Es una alternativa, hasta donde dé mi inteligencia, mi sensibilidad y mi capacidad de trabajo, de cómo sonaría la ciudad. Esa música va a estar impregnada de toda mi emocionalidad, nutrida desde que nací de todas las músicas que entraron en mí. Quiere decir que todas ellas, que están latiendo dentro de mí, en alguna medida, van a estar también latiendo acá.

Escrito por
María Zacco
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