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“Quino es el padre del humor gráfico moderno”

Tute es uno de los historietistas más talentosos y reconocidos de la actualidad. Creció admirando al creador de Mafalda y con los años conquistó su respeto y cariño.

Por prepotencia de trabajo, convicción y un radar singular para observar cuestiones medulares de la existencia –el amor, las pérdidas, los mecanismos ocultos de la mente y mucho más–, Juan Matías Loiseau, o simplemente Tute, se convirtió en una marca registrada del humor gráfico argentino.

Desde 1999 publica Tutelandia, una viñeta diaria en La Nación, y poco después sumó una tira de página completa en la revista dominical del mismo medio. Lanzó más de quince libros en la Argentina y varios de ellos también fueron editados en México, Colombia, Brasil, España y Francia. Su primera novela gráfica, Dios, el hombre, el amor y dos o tres cosas más, incluyó un prólogo de Quino. Hace poco más de un mes fue distinguido como “personalidad destacada de la Ciudad de Buenos Aires en el ámbito de la Cultura” por la Legislatura porteña.

“Mi primer contacto con Quino fue mediante Mafalda. Tendría entre 5 y 6 años y me devoré todos los tomos de Ediciones de la Flor. A lo largo de mi vida los volví a leer varias veces y siempre les encuentro cosas nuevas y apasionantes. Pero definitivamente ese primer contacto me marcó para siempre”, revela Tute en diálogo con Caras y Caretas.

–¿Qué fue lo que más te atrapó de Mafalda?

–Todo. Tengo un recuerdo muy hedonista de las primeras lecturas. De gozo, de encariñarme con los personajes, de disfrutarlos, de reírme y de sorprenderme. También me acuerdo de alguna cosa que no entendía del todo porque era chico, pero me daba todavía más curiosidad y ganas de aprender. Todos los personajes de Mafalda eran entrañables y casi te hacían sentir parte de esa familia.

–¿Cómo conociste a Quino?

–De chico. Mi viejo (Caloi), Fontanarrosa y Quino solían presentarse todos los años en la mesa del humor gráfico en la Feria del Libro. La gente iba, hacía preguntas, era muy divertido. Después, las tres familias y alguna gente más nos íbamos a cenar a un restaurante. Fontanarrosa tenía la misma edad de mi viejo y era casi como un tío de Rosario. Quino generacionalmente era más grande, imponía cierta distancia y un respeto diferente.

–¿En algún momento le mostraste tu laburo?

–Yo siempre dibujé, pero solo se lo mostraba a los amigos. Después del secundario, me pasé una noche sin dormir haciendo dibujos, escribiendo ideas, para probarme si podía dedicarme a esto. Armé un cuadernito y se lo iba mostrando a diferentes referentes para que me dieran su opinión. Un día, en una de esas cenas, decidí mostrárselo a Quino.

–¿Y cómo te fue?

–Me acuerdo de que fui con el cuadernito, le expliqué de qué se trataba y le dije que me gustaría que lo mirara y me diera su opinión. Corrió el plato del que estaba comiendo y miró cada página con mucho detenimiento. Pero no decía ni una sola palabra. Yo estaba muy nervioso, esperando alguna reacción aprobatoria. Esperando que aunque sea moviera una comisura y mostrara una mínima sonrisa. Era una persona muy seria, casi parca. Terminó, cerró el libro y me dijo: “Hay que meter el dedo más en la llaga”. Me devolvió el cuaderno y siguió comiendo.

–¿Cómo te sentiste en ese momento?

–Un poco desilusionado. Uno siempre pretende, en forma más o menos velada, que descubran en uno talento, agudeza… Ser reconocido, en definitiva. Pero pasó el tiempo y siento que fue el consejo más importante de mi vida profesional. Creo que fueron palabras justas: ni celebratorias ni inhibitorias. Y considero que con el tiempo logré hacerles justicia a esas palabras.

–Pero no te diste por vencido con tu relación con Quino.

–No. Aparentemente soy un poco cabeza dura (risas). Cuando estaba por publicar mi primer libro, la editorial me pidió que buscara gente reconocida que pudiera hacer un prólogo o unas palabras introductorias. Llamé a Quino con gran entusiasmo y emoción. Le aclaré que en rigor no le pedía un prólogo, que eran unas líneas de apertura. Y me dijo que no: “La síntesis es todavía más difícil”. Sentí una vergüenza horrible.

–El tiempo te dio la revancha.

–Sí, y de una forma inimaginable. Era 2005, estaba en el supermercado comprando leche, suena el teléfono y era Quino. Quedé muy sorprendido y me acuerdo de que casi se me cae la leche. Me llamó para decirme que había leído mi página del domingo y que le había gustado mucho. Me hizo observaciones muy precisas. Fue algo muy hermoso. Me dio todavía más ganas de hacer las cosas cada vez mejor. Para mi sorpresa comenzó a llamarme muy seguido, siempre los domingos, para decirme algo lindo de mi laburo. A veces me llamaba su esposa Alicia y me pasaba con él. Mi sueño siempre fue que Quino me reconociera como un par, y así fue. Cuando estaba por editar mi primera novela gráfica, Dios, el hombre, el amor y dos o tres cosas más, me animé y volví a pedirle que hiciera el prólogo. Esta vez su respuesta fue: “Será un placer”. Y escribió algo que supera hasta el más audaz de mi sueños. Fue muy generoso conmigo. Cenamos varias veces juntos y generamos una relación. Incluso, cuando se fue a Mendoza y ya perdió la visión, pedía que le leyeran mi página de los domingos. Eso me lo comentó uno de los sobrinos. Con Quino se generó una de esas historias circulares que se dan pocas veces y reconfortan para siempre.

–¿Qué les aportó Quino al humor gráfico y a la cultura argentina?

–Es el padre del humor gráfico moderno. Complejizó y enriqueció un oficio con una mirada y sensibilidad únicas. Obvio que hubo maestros muy importantes antes, no quiero desmerecerlos. Pero Quino impuso un salto de calidad enorme. Incluso logrando una proyección internacional en su momento inédita. Su mirada era universalista. Creo que se notaba en Mafalda, donde el globo terráqueo era casi un personaje más. Sus páginas dominicales, desde mi punto de vista, son superiores a Mafalda. Ahí la cuestión existencialista se hace todavía más profunda. Sintetizó la crítica política y la preocupación filosófica con la ternura. Se consideraba un mal dibujante o uno poco destacado, pero para mí administraba con gran inteligencia los recursos y espacios. Era como un director de cine: te mostraba cada cosa a su tiempo para darle más potencia a la historia. Tenía una agudeza y una sensibilidad inconfundibles.

Escrito por
Sebastian Feijoo
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