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Es el FMI, estúpido

La fuga de capitales y la deuda externa fueron factores determinantes para el colapso del sistema político argentino. Pero también, lejos de irse todos, fue la propia política quien lo reconstruyó.

Pasaron veinte años y aún discutimos las causas de la rebelión popular desatada en diciembre de 2001. Desde los ex funcionarios del gobierno de la Alianza se culpó al aparato peronista de la provincia de Buenos Aires por los saqueos, desde la izquierda se llegó a hablar de un estado prerrevolucionario y de conciencia de clase, desde los sectores populares se caracterizó como pueblada y hasta desde el humor se sostenía que Fernando de la Rúa era un incapaz y no estaba en su cabales. Seguramente, la conexión entre la falta de trabajo representada por los sectores piqueteros y los ahorristas personificados por sus cacerolas potenció la rebelión social.

Pero hay otra teoría que le quita un poco de mística a la revuelta. “El FMI ha vivido condicionando a la democracia argentina. No es de ahora. Recuerdo cuando Alfonsín asumió la presidencia un 10 de diciembre, como hoy hace 38 años, recibió un país que había quintuplicado su deuda externa, sin reservas en el BCRA, con asonadas militares cada tanto, con 30 mil desaparecidos. Y en el año 89, el FMI, con presiones y demás, le soltó la mano al gobierno democrático de Alfonsín y no pudo terminar su mandato. No fue la primera vez que lo hizo. En 2001 también a otro presidente radical el FMI le soltó la mano y vino la crisis de 2001, se debe acordar Lula, con cinco presidentes en dos semanas. Deberían despabilarse un poco porque los dos presidentes radicales que tuvieron se los tumbó el FMI, despabílense”, dijo Cristina Fernández ante una plaza colmada el 10 de diciembre de 2021.

En las antípodas ideológicas, el entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, reconoció en una entrevista, veinte años después: “Por un capricho del director gerente del FMI, no nos daban la plata. Estábamos a punto de poder concluir con la reestructuración de la deuda pero los dólares no llegaron”.

La crisis duró dos años. Cuando el gobierno de Eduardo Duhalde y luego el de Néstor Kirchner comenzaron a renegociar la deuda con el FMI. ¿Podría haberse dado la asonada si no hubiera habido un problema real de iliquidez? Esa sensación de que los bancos se iban a quedar no solo con nuestros ahorros sino con nuestro salario provocó que gente que jamás en su vida había pensado en participar en una manifestación saliera cacerola en mano cual escudo espartano a destruir la imagen de todo el sistema financiero argentino. Pero, ¿cómo llegamos a eso?

LA PLATA EN EL BOLSILLO

La llegada de la Alianza en 1999 representó una cuota de esperanza para ponerle fin a la década del 90. Parecía una cuestión casi cronológica. El frente, compuesto por radicales y sectores progresistas de la sociedad, prometió terminar con la década de la frivolidad, la ostentación y todo el glamour aberretado derivado de los nuevos ricos, hijos de la corrupción y la convertibilidad, que habían logrado pertenecer a la sociedad de consumo mientras el resto de los argentinos navegaba entre la hiperdesocupación, la desesperación y la falta de oportunidades. Había que cambiarlo todo. Menos el 1 a 1. Ese había sido el curioso mensaje de la sociedad al apostar por el cambio político. Lo mismo pero sin excentricidades ni corrupción. Terminar con la desocupación pero sin tocar los viajes al exterior. De hecho, De la Rúa llegó a la presidencia con esa promesa de campaña: vamos a terminar con el menemismo pero no con el 1 a 1.

A poco de andar, el gobierno radical dio muestras de no entender la gravedad de la situación económica y lo insostenible que era insistir en la idea de que un peso costara lo mismo que un dólar. Esto generaba una necesidad muy grande de divisas en una economía cuyo sistema productivo estaba destruido por las importaciones y las escasas exportaciones. Así, para enero de 2001, el país recibió un blindaje del FMI de 40.000 millones de dólares. El Fondo, a cambio, exigió un reforma previsional (eliminar la Prestación Básica Universal y elevar la edad jubilatoria de las mujeres), ajuste del gasto público, restructuración de organismos como la Anses y el Pami, reducción de salarios, entre otras medidas. Sin embargo, ese desembolso solo permitió revertir el retiro de depósitos hasta marzo de 2001. En medio de la fuga de capitales renunció el ministro de Economía, José Luis Machinea, quien fue reemplazado por Ricardo López Murphy. Pero el ajuste que este proponía era tan brutal que apenas permaneció quince días en su cargo.

Antes de dejar el gobierno, el vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez pensó que el único que podía hacerse cargo de semejante crisis económica sin salir del 1 a 1 era el “padre de la criatura”, Domingo Felipe Cavallo. Y lo primero que hizo el súper ministro fue ir a pedirle plata al FMI. Así llegó el Megacanje. La gran idea consistió en postergar los vencimientos de deuda pero a tasas más elevadas. La deuda externa aumentó en un solo año 20 mil millones de dólares. Solo Mauricio Macri lograría un desastre peor, en 2018. Los dos acuerdos con el FMI destrozaron la economía argentina.

El corolario inevitable de este desastre fue el corralito. El 3 de diciembre de 2001 el gobierno anunció la restricción de la libre disposición de dinero en efectivo de plazos fijos, cuentas corrientes y cajas de ahorro, que tenían las personas en los bancos.

QUE SE VAYAN TODOS

Diciembre venía siendo un mes difícil, con saqueos y cacerolazos. Pero la reacción popular llegó exactamente un segundo después de que De la Rúa hablara por cadena nacional al anochecer del 19 de diciembre cuando decretó el estado de sitio. Desoyendo al presidente, una multitud se concentró en Plaza de Mayo y, cuando fue reprimida, llegó hasta el Congreso Nacional. La rebelión duró toda la noche. Algunos grupos siguieron de largo hasta el día siguiente. Cerca del mediodía del 20, encabezada por las Madres de Plaza de Mayo, la multitud intentó recuperar Plaza de Mayo. Todo el centro porteño era un caos. Un campo de batalla. Los motoqueros “delivery” armaron una especie de caballería blindada y avanzaron contra las fuerzas policiales. En medio de la guerra, a las 19.45 del 20, De la Rúa anunció su renuncia y las astas del helicóptero podían verse desde el microcentro porteño mientras la multitud festejaba el triunfo de la ofensiva saqueando comercios en la avenida Corrientes. Esas 48 horas de rebelión a la autoridad en las calles terminaron con 39 muertos, centenares de heridos y decretaron el final de un gobierno que duró menos de dos años. De La Rúa terminó sus días sin pagar la pena por haber ordenado la represión. Fue sobreseído por la Corte Suprema en 2015. Tampoco ninguno de sus funcionarios hasta ahora estuvo preso por sus crímenes. Si bien fueron condenados, entre ellos el ex secretario de seguridad Enrique Mathov y el ex jefe de la Policía Federal Rubén Santos, el 15 de diciembre de 2021 la Cámara de Casación Penal confirmó sus condenas pero como aún tienen el recurso de llegar hasta la Corte Suprema, las penas no son efectivas. Seguramente lo sean cuando tengan más de 70 años y puedan gozar del arresto domiciliario.

Luego vendrían los cinco presidentes en un día. Uno de ellos propuso no pagar la deuda y tuvo que esconderse en San Luis tras un ataque de pánico. Las organizaciones asamblearias terminaron naufragando entre las internas de los partidos izquierda y el voluntarismo de un grupo de independientes. Eduardo Duhalde, con mucho manejo político y tras un acuerdo con Raúl Alfonsín, comenzó a revertir el caos en que estaba sumido el país. No se fueron todos. Más bien regresó la política. El 25 de enero de 2003, el presidente Duhalde, durante una reunión en Davos, firmó un acuerdo de entendimiento con el FMI y el Banco de Interamericano de Desarrollo. “Menem y yo somos parte del pasado. Repito, él y yo. No se puede construir el futuro desde el pasado”, dijo entonces. Su sucesor, Néstor Kirchner, terminaría pagando la deuda de nueve mil millones de dólares con el organismo. El 3 de enero de 2006, en un acto en San Fernando, anunció: “Y terminando el año dijimos que queremos volver a ser independientes y manejar nosotros los resortes de nuestro país. Y por ello hace pocas horas atrás decidimos terminar con esa deuda de cincuenta años y le dijimos al Fondo Monetario Internacional basta de deuda externa, la Argentina paga, la Argentina se libera, la Argentina construye su destino, la Argentina empieza a construir su independencia. Y ustedes saben que esa deuda es como la hipoteca que a veces tienen algunos sobre sus propiedades. No hay otra forma de buscar o de sacársela que pagando. Hay algunos que querían que siguiéramos debiendo para seguir siendo intermediarios del lobbismo del Fondo; hay algunos que querían que sigamos debiendo para que pudieran tener consultoras que sean pagadas por ellos; había algunos a los que les convenía que el Fondo viviera prestando permanentemente a la Argentina. Se terminó, tenemos decisión soberana, somos los argentinos los que construimos nuestro destino”.

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Fernando Amato
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