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“El camino es el feminismo popular”

La militante y asesora parlamentaria Paula Arraigada reflexiona sobre sus coincidencias con Julieta Lanteri, la influencia de Evita, las conquistas logradas y la larga lucha pendiente para que reinen el amor y la igualdad.

Paula Arraigada se define con orgullo como una “trava peronista”, una descripción para nada reduccionista. Al contrario: esto implica ser feminista, incansable luchadora no solo por los derechos trans –lo que la llevó a convertirse en asesora parlamentaria para lograr la sanción de la Ley de Cupo e Inclusión Laboral Travesti-Trans– sino también por los de todas las minorías y sectores vulnerables que no tienen voz.

Comenzó a militar en 2012, con un movimiento social en la villa 1-11-14 y, tras la sanción de la Ley de Identidad de Género, creó la Casa Cultural y Política “Nelly Omar”, en Parque Chacabuco, un espacio de encuentro y contención para todas las personas del barrio. Es parte de la Secretaría de Diversidad del Partido Justicialista (PJ) y la primera integrante trans del Parlamento de Mujeres, con el que está un poco decepcionada.

También, ingresó como precandidata en la lista de legisladores porteños del Frente de Todos en las últimas PASO y asegura que su inserción en la política generó malestar, aunque no por su condición de género sino por una cuestión de clase, ya que la vocación de poder de las minorías, en ciertos ámbitos, sigue resultando escandalosa. De eso habló con Caras y Caretas, en una entrevista en la que ratificó que es militante del “feminismo popular”, por lo que se identifica con Julieta Lanteri.

–Pienso en un paralelismo entre Julieta Lanteri y usted: ambas abrieron caminos para imponer cambios. A inicios del siglo XX, ella sufrió el acoso y el desdén por parte de una sociedad machista. En su caso ¿cómo fue recibido su desembarco en ese ámbito?

–Cuando empecé a militar, hace más de diez años, recién surgían los espacios de diversidad. Si bien sentí algunas dificultades, no eran tanto por mi condición identitaria de género sino por una cuestión de clase. Cuando tuve más visibilidad, sí sentí que me ignoraban. Y entiendo que tal vez lo que nosotras hacemos –no solo las personas trans sino las cis que vienen de los espacios populares– por la defensa de determinadas cuestiones es incómodo. Y hace que traten de invisibilizarnos. La discriminación de género la sentí no en los espacios de construcción política partidaria sino en los de construcción política de la diversidad. Sufrí un nivel de violencia profunda. De hecho, cuando empezamos a militar por el cupo laboral trans, algunas personas nos trataron de “miserables” y “muertas de hambre” y a mí eso todavía me duele, porque peleábamos una causa justa y entendíamos que iba a impactar de manera positiva en toda la sociedad. Y hoy, cuando se discute de diversidad, sigue siendo disruptivo decir que en los espacios de poder tienen que estar todas las compañeras de todos los sectores sociales.

–En el Parlamento de Mujeres que usted integra, ¿se discute sobre la ausencia de distintas voces en los espacios de discusión y decisión?

–No. La agenda habla de cuestiones relacionadas con otras clases sociales, que no son las nuestras. Creo que hay batallas que se pueden dar y otras hay que darlas por perdidas. Nunca sentí que ese espacio me abrazara, que abrazara las cuestiones que demandan las identidades trans o el feminismo popular, que intenta generar representatividad colectiva y transversal. En sus inicios, tuvo esa idea, pero hoy es algo sólo testimonial.

–¿Cómo se construye el poder popular desde el colectivo trans?

–Nuestra perspectiva es más de clase, porque estamos atravesadas por las mismas cuestiones que exige la mayoría del pueblo: la ausencia de justicia, de trabajo y la discriminación. Son los distintos representantes de los sectores vulnerables los que saben dónde están las necesidades y cómo resolverlas. Hablo de las migrantes, las afro, las mudas, las sordas y tantas otras identidades. En ese sentido, considero que el camino es el feminismo popular, lo que me identifica con Julieta Lanteri. Porque ella no enarbolaba un feminismo hegemónico, sino el de las obreras. En los espacios de decisión se necesitan equipos en los que el saber académico se complemente con el sentido común.

–¿Hubo algún cambio con la Ley de Identidad de Género?

–Las vidas de las personas trans cambiaron notablemente, lo que no quiere decir que sean placenteras. Las más jóvenes, que pudieron estudiar y tuvieron acceso a la adecuación de los cuerpos, pudieron responder a la heteronorma y tienen más posibilidades de insertarse. Las que no tuvimos acceso, las más viejas como yo, que están llenas de siliconas y fueron expulsadas de los ámbitos educativos, todavía siguen esperando una oportunidad.

–¿Esa fue su pelea durante la asesoría para le Ley de Cupo Laboral Travesti-Trans?

–Para que se discutiera en el recinto tuvimos que hablar directamente con los diputados. Lo hicieron personas trans que necesitaban trabajar, que sufrieron la opresión familiar, la desidia escolar y ni hablar del sistema de salud. Y otras que contaron cómo había sido, como en mi caso, tener un trabajo remunerado recién después de los 47 años. La ley se pensó para generar igualdad y veo, con dolor, que todavía no se alcanzó. Espero que no tardemos tanto. Y que nos escuchen ahora para poder rescatar a esas compañeras. Yo sé lo que es vivir mejor: en la última campaña de las PASO fuimos a un bar con una compañera y por primera vez en mi vida me pude pagar un café. Y se me piantó un lagrimón.

–¿Por qué eligió militar en el peronismo?

–Mi primer nombre es Eva, por Evita. Mi vínculo con el peronismo se da porque en mi casa siempre se hablaba de ella y de Perón, y de la felicidad que generaban en el pueblo. Para una niña de 8 años que quería ser la Mujer Maravilla, porque deseaba hacer justicia para que en su pequeño mundo hubiera felicidad, Evita encarnaba eso.

–El sociólogo Adrián Melo sostiene que existe un fuerte vínculo entre la cultura LGBT y Eva Perón ¿en qué considera que se funda?

–Evita tiene muchas cosas afines con la liturgia LGBT: era pobre, una mujer expulsada y marginada por los sectores que la despreciaban. Ese desprecio es el que vivimos nosotras. Su deseo de ser igual que el resto la hace muy parecida a nosotras. Siempre decía que se vestía con esas ropas suntuosas no solo porque le gustaba sino porque quería que las otras mujeres, cuando la miraran, pensaran: “Si ella pudo, yo también puedo”. Nosotras siempre quisimos ser una reina. Siempre quisimos ser una princesa. Y Evita es justamente el ideal para cumplirlo.

Escrito por
María Zacco
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