Es una de las figuras históricas de la televisión argentina. Fue director de uno de los canales más vistos, que bajo su conducción fue líder de audiencia durante una década. Creó telenovelas masivas con contenido social, programas sobre las consecuencias del terrorismo de Estado y también trajo a Gran Hermano. Tiene el talento de olfatear el gusto popular y unirlo con historias de mayor profundidad. Claudio Villarruel –de él se trata– repasa en esta entrevista con Caras y Caretas su visión de la televisión argentina. Recorre los consumos de su infancia, sus creaciones en Telefe y analiza el presente.
“Eran muy pocos los países que tenían televisión en ese momento –dice al recordar el inicio de la televisión argentina en 1951–. Lo que tenía y tiene la Argentina es que hay una gran tradición de teatro, de show business. Por eso cuando llegó la televisión tenía mucho de dónde nutrirse. El periodismo era muy bueno. Había mucha materia prima de recursos humanos talentosos. Creo que la producción cultural argentina es importante y eso tuvo mucho que ver con la televisión que surgió.
–Era un momento, 1951, de bastante esplendor en general…
–Tenemos que agregar el cine. Pensemos en la producción de tango de aquellos años. Realmente la movida cultural vivía un momento especialmente potente. La tele se nutrió de cosas muy propias del país.
–¿Se puede hablar de un rasgo singular de la televisión argentina?
–En este caso tengo que situarme en la época de la que tengo más recuerdos, que es un poco más reciente. Lo que tiene (o tuvo) es un altísimo grado de teatralidad. En ese lugar podemos destacar los programas de humor, las telenovelas que se han hecho, que han competido a nivel internacional. Lo que hacía Pepe Biondi, por ejemplo, era maravilloso. Estaba el show de Gaby, Miliki, Fofito y Milikito, en los años 70. También había programas periodísticos de primer nivel. Tomaban un poco la estructura de los norteamericanos, como 60 minutos, pero como el nivel de los periodistas era muy bueno terminaban siendo originales.
–Había, entonces, una identidad…
–Había una influencia norteamericana, pero no copiábamos las series. Tenías a Alberto Migré, que hacía unas telenovelas que paraban el país. Estaban escritas con una calidad exquisita. Los autores eran como poetas en esa época. Después aparecieron grandes producciones, como las de Nicolás Pipo Mancera, que hizo cosas como Sábados circulares, un programa de seis horas. Era maravilloso.
–¿Qué pasó con esa creatividad durante la última dictadura?
–Hubo mucha censura. Varios periodistas se tuvieron que exiliar. Cuando fue el golpe, la tele era una enorme caja de resonancia. Canal 13 lo pasó a manejar un marino (Carmelo Artesiano Agote), en canal 11 había uno de la fuerza aérea (Adolfo Pietronave) y en el 9 uno del ejército (Omar Gómez Sánchez). Imaginate lo que era eso. Buscaban mostrar un clima festivo. Son recuerdos de cuando era muy chico.
–¿Eso cambió en el 1983, con la vuelta de la democracia?
–Fue un gran momento de la televisión. (Raúl) Alfonsín decidió mantener los canales en manos del Estado porque, si no, lo desestabilizaban enseguida. Puso gente muy capaz a manejarlos. Volvió Tato Bores. Surgió Badía y Compañía. Para mí Juan Alberto (Badía) fue mi maestro. Aprendí mucho con él. Fue la representación de la recuperación de la democracia. Había grandes propuestas audiovisuales, con intelectuales que estaban en la tele. Yo había crecido en la televisión de la dictadura. Apareció una generación como Martín Caparrós, Jorge Dorio. Eran columnistas de Badía. Estaba el programa de Moria Casán. El primer canal que se privatizó fue el 9. Se lo dio Alfonsín a Alejandro Romay. Se volvió una usina opositora, pero Romay tenía un pulso para lo popular muy fuerte. Los noticieros, las coberturas de José de Zer. Empezó además a profesionalizarse mucho la tele.
–Llegan la década de 1990 y los 2000, donde vos te transformaste en un protagonista central de la producción televisiva…
–La privatización que hizo Menem de los canales fue bastante trucha. Repartió los medios en distintos grupos empresarios. Hubo una profesionalización importante a la que sumaron los avances tecnológicos. Fueron dos décadas de alta calidad. Había ciertos roles de los canales: el 9 era el popular, el 13 era más cuidado, elegante, y el 11 era entretenimiento a full. En mi caso asumí en 2000 la conducción de Telefe. Pudimos mantener el liderazgo, sumando contenidos con más crítica social, sin perder el entretenimiento. Hicimos programas con las Abuelas de Plaza de Mayo, como Televisión por la identidad. Hicimos Montecristo, que tenía como protagonista a una nieta recuperada y al mismo tiempo era una novela clásica. Buscábamos acompañar lo que pasaba en el proceso social. Trajimos Gran Hermano también. Esa década del 2000 fue una gran ebullición. La crisis de diciembre de 2001 había sido muy profunda. Adrián Suar empezó a producir sus series y le iba muy bien. Había una competencia muy interesante.
–Vos tenés un enorme olfato para lo popular, una intuición sobre el gusto de los argentinos. ¿Ese gusto va cambiando o hay constantes?
–Cambia la sociedad y los vínculos que componen una idiosincrasia. Muchas veces nos preguntamos, los que generamos contenidos, qué es lo que hace que tomemos determinada decisión. Se trata de observar. La intuición es acumulación de experiencia. Lo interesante para los que estamos en esto es tratar de interpretar a la sociedad. La tele va siempre detrás de los avances sociales. Lo fundamental es tratar de comprender lo que le está pasando. Luego de la crisis de 2001, el camino que nosotros creímos que había que tomar era que la población quería saber qué había pasado. Habían estado 10 años pensando que un dólar era un peso y que íbamos hacia el primer mundo. Ahí pusimos Resistiré, Los simuladores, que eran tipos que ayudaban a otros. Y eso era lo que hacía falta. Lo hicimos con Bernarda (Llorente). Nos dieron la posibilidad de dirigir un canal y creo que pudimos entender la época y acompañar lo que le pasaba a la gente.
–¿Cómo ves hoy el gusto argentino?
–Es un momento en el que el gusto está globalizado. Estamos viendo muchas series de distintos países muy buenas. Hay excepciones, como El Eternauta, que está buenísima, pero en general se produce para lo global, pensando en una especie de gusto global. Es el momento actual. El gusto argentino se parece al de un brasileño, un boliviano, un norteamericano.
–¿Y la tele?
–Hay que analizarla como una aplicación del Smart TV. La televisión no va a ser nunca más lo que fue porque hubo una revolución tecnológica. No es que la tele esté mal. Esa revolución tecnológica la dejó ahí. Ningún empresario dueño de un canal va a hacer una serie porque eso está en otro lado y no le dan los números. La tele hoy es solo en vivo. Es como volver hacia atrás porque así empezó. No se podía grabar. Es televisión en vivo que se parece a la radio. Muchas veces la gente pone la tele y la escucha de fondo y las radios pusieron camaritas. No analicemos la tele como lo que fue. Lo que pudo quedar es lo que vemos. No le pidamos más de lo que puede dar como plataforma.
