Tras la caída del bloque socialista y el bombástico anuncio del “fin de la historia”, la de 1990 se convirtió en la década de la globalización. Un proceso que en la Argentina contó con el impulso adicional del 1 a 1 menemista, que generó la ilusión de que todo estaba a la vuelta de la esquina. Los 90 también representan la pérdida de la inocencia respecto de cómo se percibía a los medios de comunicación y la televisión hizo un aporte sustancial en ese sentido. Los noticieros empezaron a volverse cada vez más show y menos periodismo y los programas cómicos tal como se los conocía se replegaron, y con ellos ese código desubicado pero también un poco cándido que los caracterizaba. Ahora el humor era más caótico, ácido y autoconsciente. Y surgió una estética que se presentaba a sí misma como la televisión del futuro, con la tecnología y el cinismo como banderas.
Ese panorama se dio, además, en el marco del cambio radical de la privatización impulsada por el gobierno de Carlos Menem, que impactó en la producción de los canales que hasta entonces funcionaban bajo la égida pública (con excepción del 9, recuperado por Alejandro Romay meses después de la restauración democrática). “Con la privatización se da una transformación cuanti y cualitativa”, afirma el investigador y docente Tomás Balmaceda, creador de la serie Los 90, emitida por Canal Encuentro. “Recordemos que la programación de la televisión de los 80 ni siquiera abarcaba la totalidad del día, estaba mayormente en manos del Estado y acompañaba en muchos sentidos lo que la sociedad pensaba que eran los medios”, repasa Balmaceda. La extensión del horario de emisión permitió que aparezcan “la madrugada y la mañana como espacios de experimentación o de productos no tradicionales, pero que luego se vuelven centrales”. El caso testigo es Videomatch, que comenzó como un magazine deportivo de medianoche para convertirse en el fenómeno de masas que definió a la televisión de esa década.
Pero el marco económico y político también impactó. “El 1 a 1 le permitió a esta televisión invertir en tecnología y en un montón de producciones que antes eran realmente imposibles”, sostiene Balmaceda. Además, los 90 fueron “la última etapa antes de la dispersión digital, impulsada por la masificación de internet, y los canales de aire todavía concentraban la totalidad de la atención, haciendo que el impacto que generaba cualquier contenido que estuviera en la televisión de los 90, hoy sea casi imposible de replicar, salvo, eventualmente, el Mundial de fútbol”.
EL CORTE DE LA MANZANITA
Ese panorama también incluía a Canal 7, por entonces ATC, que, a pesar de ser el canal público, bajo la dirección de Gerardo Sofovich, el interventor nombrado por Menem, se corrió del paradigma cultural para ofrecer una grilla similar a la de los otros canales. “Todas las administraciones, incluida la actual, usan a Canal 7 para expresar su espíritu. Si a eso querés decirle propaganda, también podés. Pero el caso de Menem es particular, porque su figura lograba tener impacto en el resto de los canales. Cerraba sus campañas en Videomatch, se sentaba en la mesa de Mirtha Legrand, iba a lo de Susana Giménez. Hoy, con liderazgos como los de Trump o Milei, eso no parece raro, pero en ese momento era súper disruptivo”, recuerda. “Sofovich tenía una visión opuesta al mito de convertir a Canal 7 en la BBC y lo que hizo fue abordarlo como un canal comercial. En ese sentido, claro que había algo del menemato dando vueltas, pero no porque Menem necesitara que el canal oficial tuviese una bajada de línea tan clara, como sí pasó con los gobiernos posteriores”.
Sofovich fue la punta de lanza para un modelo de televisión basado en el entretenimiento, que también tuvo en sus filas a Marcelo Tinelli o a Mauro Viale y sus programas pseudoperiodísticos. “Aquí en la Argentina también se tomaban muchas cosas de afuera, con más o menos licencia, y los espectáculos tipo el de Viale, lo que hoy se llama infotainment, existían hace rato en Estados Unidos”, señala Balmaceda. Pero Sofovich también amplió los márgenes, por ejemplo dándole aire a Antonio Gasalla, una de las puertas por las que el under de los 80 se coló en la tele, o a Mario Pergolini, que se convertiría en sinónimo de modernidad televisiva. “Los 90 fueron la última instancia donde claramente tenías contracultura y todavía existía la conciencia de que se podía tener un nicho, porque todo giraba alrededor de cuatro canales y podías construir un público a partir de eso. Después del kirchnerismo esa idea de lo rebelde o lo antisistema fue chupada por lo mainstream”.
La televisión de los 90 formó una generación que sigue vigente, un fenómeno bastante local. “Sí, los 90 construyeron gigantes”, confirma Balmaceda. “En la televisión de Estados Unidos no ves que Oprah Winfrey, Jerry Springer o los periodistas de 60 Minutes sigan al aire. Pero acá, si viajás 35 años en el tiempo y agarrás la grilla de los canales, se parece mucho a la de hoy. Siguen estando Marley, Tinelli, Mirtha, María Laura Santillán, ahora volvió Pergolini y dicen que va a volver Nicolás Repetto. No hubo renovación. Aquella década marcó un hito e incluso un tipo de espíritu de cada canal que no se modificó. Telefe sigue siendo el canal de la familia y el 13 ocupa el lugar del segundo prestigioso. América TV es el canal de los paneles, de ‘la realidad’, del vivo. Esa construcción no avanzó, quizás porque demográficamente la gente que todavía ve la televisión sea la misma que la veía hace 30 o 35 años”.
