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Skay, el maestro del riff

Luego de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, el guitarrista comenzó una prolífica carrera solista en la que también se transformó en cantante. La magia de sus seis cuerdas encontró nuevas formas y colores.

La leyenda dice que Marta Minujín lo bautizó Skay por sus ojos color cielo, pero la verdad es que cuando la artista lo conoció, a fines de los 60, vio que ese muchacho de ojos marrones, alto y de sonrisa diáfana, era el más místico, el más conectado con el cielo, el que tenía una buena estrella. En realidad, de allí devino su nombre artístico. Hijo de Aaron Beilinson, un empresario de La Plata y Berta, una mujer melómana que le inculcó su gusto por la ópera, el menor de tres hermanos, fraguó su sonido en la guitarra eléctrica, atravesado por la experiencia de haber estado en la calles de París durante el Mayo Francés y vivir el movimiento cultural del Swinging London de los sesenta, donde escuchó en vivo a Jimi Hendrix, a los 17 años. Sensible al misticismo oriental que le llegaba de todo el sueño beatnik y Los Beatles, se iba a convertir junto al Indio Solari y La Negra Poli, en el artífice de una de las naves más extravagantes y masivas del rocanrol argentino, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: banda que pasó de la vida clandestina y comunitaria en La Plata en los 70, a las performances artísticas y teatrales en el Margarita Xirgu, el Bambalinas y La Esquina del Sol en los 80, y que pegó el salto de Cemento hacia Obras hasta trepar a la masividad de los grandes estadios como River Plate en los 90.

En esa agrupación, Skay Beilinson desarrolló un propio lenguaje, un abecedario de riffs, solos, fraseos y punteos memorables, que había fabricado por error, a partir de la reinterpretación tangencial y escucha obsesiva de guitarristas como Jimi Hendrix, Chuck Berry, Jimmy Page de Led Zeppelin y David Gilmour de Pink Floyd, y la influencia de escalas utilizadas en la música de la India, que siempre le dieron un carácter distintivo. Como sus referentes en la guitarra, Skay podía tocar las mismas notas, pero sonaban de manera diferente.

El estilo de la guitarra de Beilinson, además de su rol como compositor junto al Indio Solari, fue un sello estético de Los Redondos, que tras la aparente simplicidad del universo rockero escondía una bitácora de recursos más complejos, acordes, escalas menores y efectos para estirar la cuerda con la palanca de la guitarra, que lograban subirle los decibeles a la épica de esas melodías que quedarían grabadas en la memoria de varias generaciones.

Cuando llegó el momento de la separación en octubre de 2001, Skay estaba preparado para llevar adelante su propio viaje. En Los Redondos hacía rato que estaba a cargo de la dirección musical, incluso desde la protohistoria del grupo cuando andaba con un silbato para ordenar y marcar los tiempos musicales. Esa veta de director musical en los ensayos, a los que el Indio raramente solía asistir, le permitió armar rápidamente su propio proyecto. Había que confirmar si Skay estaba listo para componer sin Solari, y encontrar su propio lugar como letrista y cantante.

Marruecos

Su primer disco A través del mar de los Zargazos, un año después de la separación de Los Redondos, forjó los inicios de una nueva mitología personal con esa voz rasposa, con aliento a blues, que se desarrollaría a lo largo de seis discos más con el arte de tapa del histórico artista visual Rocambole –Talismán (2004), La marca de Caín (2007), ¿Dónde vas? (2010), La luna hueca (2013), El engranaje de cristal (2016), En el corazón del laberinto (2019), donde encontró su propio espacio para traficar información adentro de las canciones: el hippismo, la búsqueda espiritual, la cábala y el sufismo, los personajes del submundo del rock, su vida comunitaria en Pigüé en los setenta, el nomadismo beatnik, las referencias bíblicas, las leyendas como Gengis Khan y el Golem, los paisajes suburbanos y distópicos con perros mutantes, las historias de ángeles caídos, chicos bomba, obreros, marineros o rufianes.

Un viaje a la ciudad de Fez en Marruecos junto la Negra Poli, donde conoció la soledad del desierto, las carreteras sin fin y los siglos de historia de la cultura oriental que se acumularon en su retina, se convirtió en otra experiencia matriz que se trasladó al misticismo de sus composiciones. Si en su estilo se podía descodificar el origen de un judío errante como su padre que nació en Azerbaiján, cerca del Mar Caspio, la música de Skay encontró un nuevo portal para entrar en otros paisajes y dimensiones musicales. Las letras se abrazaron a la simplicidad alegórica y el efecto circular de la poesía sufí, como metáfora de un ciclo existencial de vida y muerte, pero que también abreva en el misterio de la eternidad. “Hay una lugar especial, una morada especial, donde se besan cielo y tierra”, canta en “Ya lo sabes”, del disco La luna hueca, un álbum que en su discografía solista marcó un punto de quiebre en el estado emocional de su lírica. “Ese disco es Skay”, dice Daniel Amiano, periodista, amigo y autor del tema “El equilibrista” junto a Beilinson.

Skay fue incorporando otros colores a su música -vientos y arreglos de cuerdas, además de la atmósfera del blues pesado, la crudeza del rocanrol en los riffs y el sonido postpunk de los teclados-, para aumentar la fantasía del viaje y convertir la escucha de un nuevo disco en una experiencia, que refleje su propio viaje personal. “Mi aventura más rica está en encontrar en aquella canción que no compuse, ese misterio que está por descubrir”, dijo en una nota en 2019 cuando presentó una de las canciones de su último disco de estudio En el corazón del laberinto junto a su banda Los Fakires. Durante el 2021 subió a las plataformas musicales nuevos singles –“Carrousel”, “Olas”, “Otras puertas, otros mundos”, “El candor de las bestias”– en su mayoría un remolino de himnos rockeros y suburbanos, que presentará el sábado 20 de noviembre del Estadio Arena Movistar, donde recrudece el sonido de su guitarra Gibson morada ECG del año 68 y ese pulso rítmico que imprime el redoblante de la batería como si fuera marchando hacia otra batalla épica.

Hace diecinueve años que Skay, encontró su propio lugar para otra fantasía artística alejada de la nostalgia ricotera. Acompañado en su cotidianidad por la Negra Poli, lleva una rutina de meditaciones en la mañana, noches tomando fernet con amigos o yendo a ver recitales de rock (antes de la pandemia), o realizando un obsesivo trabajo de alquimista en su estudio de grabación para encontrar el milagro de la obra nueva, hasta que se calza los anteojos de sol como si fuera un motociclista en ruta, se pone un sombrero de ala ancha o una vincha roja, y sale al escenario para convertirse en otro. A veces es un héroe de la guitarra de los mil rocanroles capaz de desatar tormentas abajo del escenario y crear ceremonias paganas con el punteo de la guitarra. A veces es un animal agazapado y al acecho como un lobo a punto de saltar sobre su presa cuando estira las cuerdas de su instrumento. A veces es un bufón histriónico que parece burlarse de los ídolos del rock con sus movimientos. A veces es un fauno hipnótico de frente al micrófono, con las orejas en punta, el mentón afilado, los ojos achinados de mirada penetrante y extendiendo los brazos hacia adelante, articulando las puntas de los dedos de la mano como si fuera un gran titiritero. Skay, es todos esos personajes, cuando está tomado por esa entidad musical que convierte a la guitarra en una extensión más de su cuerpo; y al mismo tiempo es Eduardo Beilinson, el hombre introspectivo, de gestos mínimos, que puede pasar desapercibido entre la gente, y que siempre lleva un rosario budista colgando del cuello.

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Gabriel Plaza
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