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Argentina potencia nuclear

Lejos de ese concepto que nació en la Guerra Fría, hoy la energía nuclear es vista en el mundo como una fuente libre de emisiones. Y el país está en una posición expectante en la región en la lucha contra el cambio climático.

Cuando el 19 de marzo de 1974 la Argentina se unió al club de países con desarrollo pacífico de la energía nuclear, nadie suponía que casi medio siglo después ese paso inicial pondría al país en un sitial estratégico en la defensa del medio ambiente.

Emplazada en la localidad de Lima, partido de Zárate, la Central Nuclear de Atucha (362 megavatios eléctricos de potencia), que luego devendría Atucha I, se convertía así en la primera central nuclear de potencia de América latina.

Fue inaugurada entonces por el presidente Juan Domingo Perón pero su construcción había comenzado en 1968, paradójicamente un tiempo en el que reinaban las botas y los sables, delineando casi sin saberlo una de las pocas o muy pocas políticas de Estado que desarrolló este país en décadas.

Las otras dos centrales nucleares que hoy están en operación –Atucha II y Embalse– debieron esperar bastante para aportar energía a la red. En el primer caso hasta 2014, aunque había comenzado a construirse en 1982.

Levantada junto a Atucha I en Lima, el proceso de construcción estuvo paralizado entre 1994 y 2006. Entonces se retomó el proyecto y ocho años después estuvo operativa con una potencia eléctrica bruta de 745 megavatios eléctricos.

La Central de Embalse, en tanto, está en el sur de Córdoba, a orillas del río Tercero, y también debió sortear vicisitudes en su construcción, que empezó en mayo de 1974. Recién en enero de 1984 comenzó la operación comercial y su primer ciclo operativo finalizó el 31 de diciembre de 2015, según fuentes de Nucleoeléctrica Argentina SA (NASA), la empresa estatal que opera las tres centrales nucleares del país.

Embalse tiene una potencia de 656 megavatios eléctricos y, tras un proceso de extensión de vida, la central inició en 2019 un segundo ciclo operativo por treinta años.

En el caso de Atucha I, desde 2008 Nucleoeléctrica está implementando el Proyecto de Extensión de Vida, que una vez finalizado habilitará operaciones por 24 años adicionales a “plena potencia”.

La apuesta atómica

Las tres centrales nucleares en operación generan en conjunto 1.763 megavatios eléctricos, energía suficiente para abastecer a 11 millones de personas todos los días del año. Pero el país tiene en carpeta, además, ambiciosos proyectos de construcción de dos nuevas centrales nucleares, una con tecnología china y otra a partir de tecnología nacional.

Entre ambas centrales movilizarán unos 8.000 millones de dólares, y se espera que generen alrededor de 5.000 puestos de trabajo, según admitió hace algunos días José Luis Antúnez, presidente de Nucleoeléctrica Argentina.

“Estamos volviendo a los planes de 2014 y desde abril arrancamos con un plan de acción inmediata y otro estratégico a diez años, que incluye construir un reactor con tecnología china y otro con tecnología propia”, precisó Antúnez.

Se prevé que entre las dos aporten unos 1.800 megavatios eléctricos, duplicando en la práctica la potencia instalada actual. En el caso de la central “china” (Reactor de Agua Presurizada Hualong HPR1000), el proyecto había estado en desarrollo hasta 2015 pero luego quedó congelado. Ahora se reactiva con la idea de iniciar la construcción en junio de 2022 en el Complejo Atómico Atucha en Lima, provincia de Buenos Aires.

El objetivo es cerrar la parte contractual hacia fin de año y tomar los primeros seis meses del año próximo para evaluar todos los requisitos de este acuerdo, que no es por licitación internacional, sino de país a país.

Pero un dato clave es que la cuarta central (con China) ya tendría financiamiento, además de contemplar la transferencia de tecnología a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) para la fabricación local del combustible nuclear, a base de uranio enriquecido.

Las autoridades argentinas esperan poder avanzar con el desarrollo de la quinta central en dos años más, pero en ese caso el mayor obstáculo es cómo financiarlo. Sí está claro, por parte de la Argentina, que se busca incorporar proveedores nacionales en la construcción como una forma de impulsar el trabajo local y desarrollar capacidades en el país.

Ciencia aplicada

Según datos del Mercado Eléctrico Mayorista (MEM), en lo que va del año sólo el 6,5 por ciento de la energía eléctrica generada en la Argentina proviene de fuente nuclear, en una matriz dominada por la energía térmica (gas natural, gasoil, fuel oil, carbón) con 65,1 por ciento, con un participación del 16,8 en energía hidráulica y 11,6 de fuentes renovables (eólica, fotovoltaica, pequeñas hidroeléctricas, biogás y biomasa).

Pese a ello, se observa que la energía nuclear está ganando posiciones en la matriz energética nacional. Las estadísticas del MEM muestran que la generación de energía eléctrica de fuente nuclear superó el millón de megavatios en junio, julio y agosto, estableciendo nuevos récords en la materia y explicando un 8,5 por ciento del total generado en cada uno de esos meses.

Aquí juega fuerte la historia y el desarrollo científico y tecnológico que el país logró a través de los años en torno a la energía nucleoeléctrica. Se destaca la fabricación de reactores de baja potencia (Carem) para generación de energía eléctrica (32 megavatios de potencia, el primero diseñado y fabricado 100 por ciento en el país. 

También la posibilidad de usar estos pequeños reactores (SMR, por su sigla en inglés) para procesos de desalinización de aguas y generación de vapor para uso industrial; los avances en el campo de la medicina nuclear, la construcción del Centro Argentino de Protonterapia y la fabricación del Reactor Multipropósito RA-10 para usos médicos e industriales, a cargo de la CNEA e INVAP.

Y no hay que olvidar la producción de satélites de comunicaciones (SAOCOM 1A y 1B) y hasta el desarrollo y fabricación de paneles solares espaciales de menos de un kilo de peso, para montar en satélites.

Energía “verde”

Pero en este amplio espectro de usos de la tecnología nuclear, en los últimos tiempos a nivel mundial maduró la idea de que la energía nuclear es clave para generar electricidad, reduciendo a cero las emisiones de gases que producen el efecto invernadero.

La tendencia se afianzó incluso en los países desarrollados, tradicionalmente opuestos a la energía nuclear, y derivó en iniciativas para reactivar la construcción de nuevas centrales atómicas.

No es poco en momentos en que el mundo se apresta a debatir en apenas unos días –del 31 de octubre al 12 de noviembre– los desafíos que plantea el cambio climático, en la 26ª Conferencia de las Partes de Cambio Climático de la ONU (COP26), en Glasgow, Reino Unido.

La cumbre busca acelerar las acciones de los países ante las metas del Acuerdo de París y la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.

Pero hay otro dato interesante y es que en el contexto de la recuperación de la economía mundial, el precio internacional del gas y el petróleo se dispararon, y entonces algunos gobiernos se inclinan por catalogar como “verde” a la energía nuclear.

El pasado 10 de octubre, quince ministros de Economía y Energía de diez países integrantes de la Unión Europea –Bulgaria, Croacia, Eslovaquia, Eslovenia, Finlandia, Francia, Hungría, Polonia, República Checa y Rumania– expresaron públicamente que la energía nuclear “es un recurso disponible, estable e independiente”, y formaron lo que ya muchos denominan la “Alianza Nuclear”.

En un escenario de búsqueda de descarbonización de su economía, aseguraron, “la energía nuclear debe ser parte de la solución” contra el calentamiento global.

Escrito por
Carlos Boyadjian
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