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Caras y Caretas

           

El escritor y sus probetas

Ilustración: Osvaldo Révora

Antes de dedicarse a las letras, supo ser un importante físico que se chocó con la realidad de la construcción de la bomba atómica y se decidió a buscar respuestas más humanísticas.

“Dejé la ciencia porque iba al muere, como dice el pueblo. El arte me dio la posibilidad de revivir y de reconstruir mi vida”, dijo alguna vez. Sabato tenía 34 años cuando decidió dejarse salvar por el arte y renegar de la ciencia. Su carrera hasta entonces era promisoria. Se había doctorado en ciencias físico-matemáticas en 1938, a los 27 años, en la Universidad Nacional de La Plata, y conseguido becas para estudiar en París en el laboratorio de Joliot-Curie (yerno e hija de la célebre María Sklodowska, más conocida como Madame Curie, fallecida en 1934) y luego en el Massachusetts Institute of Technology, tan célebre que se lo conoce más por su sigla: MIT. La tesis con la que se doctoró Sabato se titulaba “Potenciales de excitación e ionización del átomo de Kr” (Kr es el símbolo del gas criptón, de los raros) y la beca se la había dado la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias, una de las entidades que había fundado Bernardo Houssay, el patriarca de los investigadores argentinos, que unos años después sería coronado con el Premio Nobel.

Pero en París, adonde Sabato viajó con su esposa Matilde Kusminsky y su hijo Jorge Federico, recién nacido, la calma y la previsibilidad de las matemáticas, su racional asombro, que le proveían sosiego a su alma torturada, empezó a competir con lo que le daba el surrealismo: una opción válida para controlar el volcán interior y transformarlo en resultados artísticos. De día, vivía como se supone que debe hacerlo un científico, entre probetas y ecuaciones, y de noche, insomne entre surrealistas y ajenjo. El artista –porque pintaba además de escribir ficción– le empezaba a ganar al científico.

Todavía sin embargo quedaban algunas salvas en la cartuchera del investigador. Tras su paso francés, y como una nueva guerra paneuropea se olía en cada esquina, siguió su carrera de becario en el MIT de Boston y llegó a publicar en la revista Physical Review “un breve trabajo crítico acerca de la teoría del ciclotrón de Alfvén” (Alfvén fue un físico sueco que trabajó en cierto tipo de emanaciones solares), según detalla Ariel Fleischer en un volumen publicado por la Biblioteca Nacional en 2018. Y más: al volver a La Plata se reincorporó al Instituto de Física de la universidad. Pero ya no era el mismo Sabato que partiera. Como otros grandes escritores nacionales (Borges, Cortázar y varios más), la experiencia europea lo terminaría de convertir en un escritor argentino. Además de volverlo un renegado científico.

EL HOMBRE QUE FUE UGARTECHE

Entre su nacimiento en el pueblo de Rojas, en 1911, y 1945, cuando Sabato deja la ciencia, pasaron dos guerras mundiales y los físicos, justamente, fueron los creadores de ese horror (de las palabras preferidas de Sabato) conocido como bomba atómica. Solía recordar que él estaba en Europa cuando dos alemanes lograron la fisión nuclear al dividir el átomo de uranio. “Eso partió la humanidad en dos, puesto que de ahí salió la bomba atómica”, recordaría décadas más tarde en una entrevista televisiva. “Participé carnalmente de esa crisis existencial”, se aterrorizaba. “La tecnología habría de arrasar con el hombre”, completó. Y todavía no se había inventado la inteligencia artificial.

Por aquel talento y por esta convicción, el joven Sabato se hizo rogar para volver al laboratorio por personajes de la talla de Enrique Gaviola y Guido Beck, pioneros de la física argentina. Beck, de origen checo exiliado de la Alemania nazi, había trabajado en la tesis doctoral del propio Sabato y en las de Mario Bunge, José Balseiro y Cecilia Mossin Kotin, la primera doctora en física del país, experta en física nuclear. Finalmente, Sabato se resignó a terminar un trabajo que se publicaría en 1945, pero de ahí en más su negativa resultó tozuda.

Sin embargo, sí explotó su veta de divulgador en las sombras. Acaso un paso intermedio entre la literatura con mayúsculas, esas novelas existencialistas, y su trabajo de físico. En septiembre de 1945, con el humo de Nagasaki aún en la atmósfera, publicó en kioscos Historia y principios de la bomba atómica, bajo el pseudónimo de Crisóstomo Ugarteche y en coautoría con un español. El mismo Ugarteche publicaba en el diario El Mundo artículos de ciencia para todo público. Resulta difícil hoy –en un contexto donde la hiperexposición es la ley– explicar por qué alguien decidiría ocultar su identidad, pero no era bien visto que científicos comunicaran al gran público; esa actitud todavía duraría varias décadas hasta el descenso de la torre de marfil. Sabato también enseñó la teoría de Einstein, que conocía además por haber traducido la obra del filósofo británico Bertrand Russell ABC de la relatividad.

Sabato necesitaba en esa transición el dinero para solventar a su familia, e hizo trabajos de todo tipo. Pero su apostasía hacia la ciencia ya era irreversible. Escribiría poco después con nula piedad en Hombres y engranajes, libro de 1951: “Me da risa y asco contra mí mismo cuando me recuerdo entre electrómetros, soportando todavía la estrechez espiritual y la vanidad de aquellos cientistas, vanidad tanto más despreciable porque se revestía siempre de frases sobre la Humanidad, el Progreso y otros fetiches abstractos por el estilo; mientras se aproximaba la guerra, en la que esa Ciencia iba a ser el instrumento de matanza mecanizada”.

No es extraño entonces que tuviera algunas agarradas epistemológicas con otro físico amigo que eligió el camino filosófico y de la dureza científica de estilo positivista como Mario Bunge, que décadas después habría de contar una anécdota que lo pinta al autor de Sobre héroes y tumbas. “Una vez me llamó a la una de la mañana y me preguntó si yo tenía las obras completas de Leibniz de la edición de la Academia. Y cuando le dije que no, me dijo ‘¡cómo un filósofo no tiene las obras completas de Leibniz!ʼ… y me cortó”. Es tan fácil imaginar el desconcierto de Bunge como la indignación de Sabato, el excientífico.

Escrito por
Martin De Ambrosio
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