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Pettoruti: un artista argentino de vanguardia

Emilio Pettoruti fue el gran representante del arte cubista en la Argentina. Platense de nacimiento, en Europa tomó contacto con las vanguardias, de las que se nutrió. En la Argentina, su obra fue recibida con entusiasmo y sorpresa, pero en 1953 debió dejar el país para radicarse en el Viejo Continente. Allí lo sorprendió la muerte, hace ya cincuenta años.

De 1914 datan las primeras abstracciones y collages realizados por un artista argentino. Se debieron al platense Emilio Pettoruti, de cuyo fallecimiento se cumplen cincuenta años. Abierto al aprendizaje constante, arribó a Florencia como becario de la provincia de Buenos Aires en 1913. Pronto asimiló, junto con las lecciones del arte de los museos, las innovaciones de la vanguardia futurista, sobre todo la representación de la dinámica de la vida moderna y el lenguaje cubista. Se incorporó al futurismo utilizando inéditos procedimientos para un sudamericano, cuyos resultados mostró en una exhibición del grupo. Mantuvo relación con varios de sus miembros –incluido Marinetti–, aunque no acordara con el talante antihistórico del movimiento, porque creía posible armonizar tradición y renovación, constante que caracterizó sus casi seis décadas de producción.

Aquel joven artista representó las fuerzas dinámicas en dibujos de haces curvos y rectos que se expandían desde un centro o describían angulares recorridos horizontales, formas con las que captó las estelas lumínicas percibidas en la fugaz visión de los objetos en movimiento. Esta opción por la abstracción coincide con la vía del futurista Giacomo Balla y es probable que este artista, con el que Pettoruti tuvo gran afinidad, gravitara en las propias indagaciones en torno a la luz, que originaron versiones abstractas de paisajes al óleo como Vallombrosa (Malba). Estas resoluciones conviven con propuestas que tienen en común el dinamismo propio de las diagonales sobre las que se organizan obras como Casas de pueblo (Museo Sívori) y Bailarines (Museo Caraffa, Córdoba), aunque la geometría cubista también tuvo en su obra la estable organización ortogonal de El pintor Xul Solar (Museo Castagnino+Macro, Rorario), amigo desde 1916 y compañero de la aventura renovadora del arte argentino.

Pettoruti probó el collage dos años después de la revolucionaria invención con que Picasso y Braque iniciaron el cubismo sintético en 1912. En Il grappolo di uva (Museo Reina Sofía, Madrid) y El sifón (Museo Nacional de Bellas Artes) –también conocido como Lacerba porque fue portada de esa revista–, los materiales tomados de la realidad cotidiana son presentados per se, además de conformar zonas cromáticas de peculiares texturas. Estas piezas son naturalezas muertas de pura cepa cubista, en las que conviven objetos reducidos al plano –la frutera, el sifón, la botella–, y descripciones naturalistas –el racimo de uvas, el contenido del sifón y su pico– afectadas por áreas de color independientes. La copa, motivo recurrente en la obra de Pettoruti, sujeta su cuerpo geometrizado al plano de la imagen y, paradójicamente, se proyecta como volumen en boca y pie, mientras que las zonas de luz y sombra están encerradas por netos contornos. Planteos similares resurgieron en los años 30 en un ciclo de pinturas ejemplificado por El lápiz del maestro (Museo Pettoruti, La Plata). El tema central es una copa estilizada que se contrapone a un objeto –aquí un portaminas rojo– representado con minucioso realismo, conjunto que parece emerger del clima metafísico de un patio cerrado.

Su evidente dominio del cubismo precede en una década su estancia parisina y su trato con Picasso y Juan Gris, ocurrido poco antes de regresar a la Argentina en 1924. La proximidad cronológica de sus obras respecto de los hechos fundacionales en la historia de las vanguardias resulta impactante, teniendo en cuenta su juventud y el reciente acercamiento al arte consagrado. Uno de sus méritos fue estar abierto a las nuevas propuestas, dilucidando elementos en común entre la descubierta modernidad y el arte de los maestros, en particular los del quattrocento italiano.

ENTRE LA ARGENTINA Y EUROPA

La exposición que realizó en Buenos Aires con sus nuevas obras causó escándalo al desafiar los modelos exitosos de la época, como el de Fader, que aún recurría a versiones vernáculas del impresionismo. Dio a los jóvenes de la revista vanguardista Martín Fierro ejemplos de los últimos modos de expresión estética que, acusados de incapacidad para constituir un arte nacional, respondían con un criollismo de nuevo cuño. La canción del pueblo (Malba) es buen ejemplo de esta idea: en clave cubista un cantor de funyi amarillo –hibridado en su atuendo con un arlequín–, un guitarrista y un bandoneonista, representan al tango, folklore urbano que, como otros aspectos de la modernidad, tiene como escenario la ciudad de altos edificios.

A pesar de tener buenas ofertas en Europa para continuar una carrera que contaba con muestras de nota, además de estrechos vínculos con artistas e intelectuales, la permanencia de Pettoruti en el país sobresalió por una febril actividad, no sólo como pintor, sino también como crítico, difusor del arte moderno y gestor. Desde 1930 dirigió el Museo Provincial de Bellas Arte de La Plata que hoy lleva su nombre, al que puso en valor reorganizándolo, creando la biblioteca, una revista, el fichero de artistas y mudándolo a un edificio más amplio. Acrecentó su colección –casi ocho veces– para lo cual convocó a una comisión de adquisiciones, además de organizar salones –del Cincuentenario de La Plata, de Tandil y de Mar del Plata– cuyos premios estimularon el arte moderno argentino. Además, planificó un programa de acción educativa y extensión que se derramó por museos e instituciones del resto de la provincia, con los que organizó intercambios de obras, actos culturales y conferencias. Cuando en 1947 lo dejaron cesante, estaba preparando la Bienal Latinoamericana de Bellas Artes de Mar del Plata, que hubiera sido la primera de la región.

Luego de una extensa trayectoria, reconocido en el mundo por su participación en las vanguardias históricas y poco comprendido en su país, Pettoruti retornó a Europa, donde se radicó en 1953. Allí desarrolló series de pinturas abstractas resultado de la transcripción estilizada del paisaje y de aerodinámicos pájaros y mariposas –sus farfallas –, obras de diáfano cromatismo y cuidadas transparencias de planos luminosos que avanzan sobre los oscuros. Cuando en 1971 disponía su ansiado regreso a la patria, la muerte lo sorprendió. Había dispuesto que sus cenizas se esparcieran en las aguas del Río de la Plata.

Desde la iniciática estadía florentina, su trabajo inauguró el desarrollo analítico de la pintura, donde lo visto era punto de partida conceptualizado en construcción y color. Independizó las formas de sus referentes y su creación fue una invención autónoma, principio que supo legar a la actualidad del arte argentino con su prédica y su obra.

Escrito por
Adriana Lauria
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