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DIBUJANDO MUNDOS

La historieta es un trabajo de equipo. Y Héctor Oesterheld siempre supo juntarse con ilustradores que entendieron los distintos momentos de su obra.

En el caso de Héctor Germán Oesterheld, como de otros guionistas prolíficos, con una obra tan variada en géneros y extendida en el tiempo, hablar de los dibujantes que trabajaron a su lado implica considerar un grupo numeroso de profesionales que transitaron por diferentes momentos de la industria de la historieta. Considero más apropiado abordarlos según las distintas épocas de la obra oesterheldiana, teniendo en cuenta la realidad cambiante del oficio y los paradigmas estéticos y éticos que los marcaron.

El primer momento (1951-1961) se centra en el binomio de editoriales Abril/Frontera. Es la época inmediata a la “edad de oro”, como la llamaron Trillo y Saccomanno (1980). Hay un espíritu de modernidad aún reinante. La misma decisión de los hermanos Héctor y Jorge de llevar adelante el propio proyecto editorial describe ese clima de época que no duraría muchos años más. Oesterheld trabaja, entre muchos autores, con Hugo Pratt y Gisela Dester, de trazo suelto y delicado; Solano López, Alberto Breccia y Arturo del Castillo, dibujantes de altos contrastes y minuciosos detalles. Se entraman influencias del cómic estadounidense (Milton Caniff, Alex Raymond) y del cine negro, como también de las tradiciones del arte gráfico y la pintura social argentina, perfilando lo que luego se conocería como “historieta de autor”. El caso de Dester, que trabajó en Ticonderoga y Sargento Kirk junto a Pratt, es una excepción interesantísima en aquel contexto y merecería un estudio aparte porque revela cómo el machismo excluyó de la industria a muchas autoras.

UNA ÉPOCA DE LEGITIMACIÓN

Tras la caída de Frontera (en 1961 la editorial Ramírez se queda con los títulos; luego la editorial Vea y Lea los continúa hasta 1963) comienza otra época de trabajos que, pese a la dispersión en varias revistas, muestran un salto cualitativo en la narración gráfica. En paralelo, cambia la lectura sobre las historietas: Oscar Masotta, Oscar Steimberg y Eliseo Verón son los principales impulsores de los estudios teóricos locales sobre este lenguaje. Se abre un camino de legitimación dentro del circuito intelectual y artístico (mediante, por ejemplo, la revista Literatura Dibujada y la Bienal Mundial de la Historieta en el Instituto Di Tella) y también empieza a acercarse un público adulto interesado por nuevas estéticas.

En estos años se produce un giro en el estilo de Alberto Breccia (como vemos en Mort Cinder) y surge otro animal del dibujo, como lo es su hijo, Enrique. El trabajo de ambos se articula con Oesterheld en Vida del Che (1968), a partir de dos líneas estilísticas muy diferentes: la de Alberto, más “clásica”, cercana a algunos trabajos realizados para Billiken –y que luego replicaría en Vida y obra de Eva Perón (1970)–, y la de Enrique, absolutamente rupturista, influida por el grabado, con síntesis, contrastes brutales y la representación burlona y amenazante del horror que marcaría muchos trabajos posteriores.

HISTORIETA MILITANTE

Para la tercera época, identificada con la radicalización política de Héctor, tanto Che como El Eternauta, publicado en revista Gente (1969), son un punto de inflexión entre renovación estética y compromiso político. Para su versión de El Eternauta, Alberto Breccia sigue la experimentación inaugurada en Mort Cinder y rompe lo previsible con collages, monotipias y fondos “sucios” que proponen una belleza del (aparente) caos. Al mismo tiempo, convive otra línea de trabajos muy sólida dentro de la estética más clásica o “realista”, que también muestra un discurso político marcado. Ejemplos de esto son los dibujos de Gustavo Trigo para La Guerra de los Antartes (diario Noticias, 1974) o de Leopoldo Durañona para Latinoamérica y el imperialismo (El Descamisado, 1973-1974). Incluso el trabajo de Solano López para la segunda parte de El Eternauta (editorial Récord, 1976-1978) puede categorizarse en esta corriente, aunque ya revela un trazo más suelto cercano al alto nivel que alcanzará su estilo en los 80.

Durante los 60 y 70 (como parte de una lógica “buscavidas” que la historieta argentina mantiene hasta el presente), Oesterheld trabaja para revistas de las editoriales Atlántida, Columba y Record con varios dibujantes jóvenes que serán referentes de una nueva generación de historietistas. Entre ellos están Horacio Lalia, con Nekrodamus (Skorpio, 1975); Horacio Altuna, Alberto Saichann y Aníbal Rodríguez Uzal, en Kabul de Bengala (Fantasía, 1971); nuevamente Saichann y Gianni Dalfiume, en Vikings (El Tony, 1975); Enrique Villagrán, en Brigada Madeleine (El Tony, 1974), y Lito Fernández y José Massaroli, en Haakon (El Tony, 1974). Incluso José Muñoz (que fuera ayudante de Solano en El Eternauta del 57) dibuja un capítulo de Ernie Pike en 1963.

Durante los años de clandestinidad, Oesterheld hacía llegar los guiones por correo a las editoriales. Incluso, como contó Trigo alguna vez, se los dictaba por teléfono a los dibujantes.

Cuando Héctor desapareció, algunos compañeros de trabajo suponían que se había exiliado. Los más informados sospechaban la verdad. Su ausencia dejó, también, varias series inconclusas. En aquel momento, Carlos Trillo, Guillermo Saccomanno y Ray Collins fueron algunos de los escritores que tomaron la posta de sus historias; ya en los 90, Walter Slavich continuó la saga de Nekrodamus, junto a Lalia.

Trigo, quien compartía afinidad política con Héctor (y que debió exiliarse a Italia hasta su fallecimiento, en 1999), escribía en la reedición de Antartes (Colihue, 1998): “Algunas veces, distraído, me parece verlo: me extiende la mano en un apretón desmesurado, planeamos un final para la historia y me invita a un paseo por esta ciudad tan cambiada. Pero son otros tiempos, tiempos de democracia. Que es como decir: ‘Es cierto, Germán, ganamos. Sólo a placé, pero ganamos’”.

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Laura Fernández
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