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LA VIDA EN ORSAI

Otoño de 1951, en Buenos Aires. Cuentan que se miró al espejo. Que un rayo de luz tenue inundaba el departamento privado al que lo había llevado Ramón Carrillo, su médico, santiagueño como él, por entonces el sanitarista más genial y ministro de Salud de Juan Perón. Que Homero, que había cumplido 43 años, se miró al espejo una y otra vez. Y se dijo: “Gordo, y al final te vas a morir”. Que no dijo cuándo. Que no dijo de qué, aunque sabía que el cáncer lo estaba matando. ¿Qué quiso decir el más genial poeta del tango? ¿Cuál era el reproche de Homero Nicolás Manzione, llamado Manzi, esa tarde del 51? Él, hijo de dos orillas del Río de la Plata –su madre uruguaya y su padre argentino, como el mismo tango–, que había migrado a Pompeya desde Añatuya a los siete años y había descrito como nadie la melancolía, la pobreza, el sentir de los arrabales de la Buenos Aires en “Sur” –paredón y después–, a la que le puso música el gigante Aníbal Troilo, Pichuco. Él –como señaló Julio Nudler–, que escribió más de cincuenta tangos; que había inaugurado la literatura cinematográfica en los diarios Crítica y El Sol; que guionó más de veinte películas, entre ellas la más inaugural y épica del cine nacional, La guerra gaucha –basada en la novela de Leopoldo Lugones, al que le perdonó en ese acto su lealtad a las espadas que derrocaron a Yrigoyen–, junto con otro grande, su Ulyses (Petit de Murat), para que quedara registrada su pasión política más profunda por la patria y su infructuosa y luctuosa lucha por la Independencia; él, que se había enrolado en el radicalismo popular en Forja junto con Arturo Jauretche; que había juntado a Borges y Marechal –como contó Alejandro Turner– peleando por el regreso de Yrigoyen al poder, y también a Raúl Scalabrini Ortiz, al que luego traicionó en el 45, pero siguió y reivindicó en su amor por Evita más tarde; en su amistad con Enrique Santos Discépolo y su adhesión al peronismo.

¿Cuál era el reproche de Manzi, entonces, ese otoño de 1951, meses antes de morir? ¿Cuál? ¿El desprecio de Borges, que ya detestaba que el arte y la ficción transmitiesen valores nacionales –según Turner– cuando dijo de La guerra gaucha, estrenada en el 42: “Creo recordar alguna polvorienta y vana batalla, despojada no sólo de todo horror, sino de todo interés. Creo que la cinematografía argentina debería, hoy por hoy, limitarse a aquellos temas que ofrecen menos tentaciones patrióticas o sensibleras”? Pero el pueblo no compartió su idea: miles la vieron, miles se conmovieron con el heroísmo de las batallas de la patria, a lo largo de 19 semanas de estar en cartel. ¿Cuál era el reproche de Manzi, entonces? Él, que escribió “Malena”, que cantaba el tango con voz quebrada, que cantaba el tango como ninguna, o tal vez, como Nelly Omar, a la que amó. Él, que se llamaba como el primer cronista de la historia, que había viajado de Pompeya al centro, buscando su isla de la creación, y llegó a su Itaca en San Juan y Boedo antiguo, al café El Aeroplano, primero, y luego Nippon y más tarde Canadian, donde en los tardíos años de la década del 30 se entreveró con el grupo Boedo –con el Silvio Astier de Roberto Arlt– y escribió milonga tras milonga, que fueron su aporte a la música rioplatense, junto con el gran pianista Sebastián Piana, y nos legó clásicos como “Milonga sentimental”, “Milonga del 900” y aquella otra, “Milonga triste”. Entonces, ¿cuál era el reproche de Homero, ese otoño maldito del 51, cuando ya se había muerto Discepolín, dejándolo solo? ¿Cuál? Cuando luego de estrenar “Sur” con el bandoneón sagrado de Pichuco, en 1948, su obra suprema, la metáfora más perfecta de Buenos Aires que comenzaba en los bordes para llegar al centro, a San Juan y Boedo antiguo, cielo perdido, fue capaz de fundir el amor y la pena, la música y la noche, y darle categoría de personaje homérico, justamente, al alma del tango canción con “Che, bandoneón”. “Tu canto es el amor que no se dio/ y el cielo que soñamos una vez/ y el fraternal amigo que se hundió/ cinchando en la tormenta de un querer./ Y esas ganas tremendas de llorar/ que a veces nos inundan sin razón,/ y el trago de licor que obliga a recordar/ si el alma está en ‘orsai’, che, bandoneón”. Entonces, ¿cuál era el reproche de Homero, frente al espejo, aquel otoño del 51? Que la vida, su vida, estaba en orsai.

Escrito por
Maria Seoane
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