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El violento oficio de bailar I

Esta es la primera de dos entregas sobre los varones del tango danza. Los estereotipos y los cuerpos, la esencia y la historia, la cuestión del poder y el trabajo son ejes centrales que atraviesan el tango y que aquí aparecen problematizados desde una perspectiva de género.

En los doce años que Marcelo Lavergata lleva como organizador de dos milongas, vio cómo cada vez hay más mujeres guiando y varones siguiendo, parejas de baile del mismo sexo y bailarines en zapatillas. Y escuchó refunfuñar sobre ello.

Las milongas Del Morán y Floreal están alejadas del circuito comercial de la ciudad de Buenos Aires y se desarrollan en clubes de barrio. Intentan mantener transversalidad generacional con un público mayormente local. Con orgullo distendido, Lavergata dice:

–Si hay mayores que critican a jóvenes los desestimo enseguida, aunque no los acuso porque entiendo que están vinculados a otra educación y para ellos la deconstrucción es mucho más difícil que para mí, que ya con 41 años lo es.

Marcelo empezó a bailar tango cuando terminó la secundaria, mientras estudiaba Ciencias de la Comunicación en la UBA. Incluso le dedicó la tesis de grado, que dirigió el filósofo y ensayista Gustavo Varela. Cuenta se acercó al tango para aprender de la generación del rock, los que hoy tienen 60, y cuyos padres bailaban. Pero en las clases, muchas veces hay más mujeres que hombres y se da una doble discriminación de género y edad: son mujeres y maduras.

–Si les decías hace diez años de aprender a guiar ni se les pasaba por la cabeza, pero ahora de a poco se van acostumbrando y lo hacen bien. A otras no les gusta y buscan a un hombre, aunque baile mal, por una cuestión cultural. A partir de la revolución feminista se están dando situaciones nuevas todo el tiempo. –Por momentos, Marcelo se toca la barba, más canosa que su pelo. Ahora mira y espera–. Las milongas conservadoras responden a códigos supuestamente caballerescos o a una milonga que alguna vez existió, como que los varones se sienten todos de un lado (y en la barra) y las mujeres del otro. Hay una exacerbación de eso, lo veo como algo pintoresco. Cuando preguntás a los milongueros si existió tal o cual cosa, en muchas te dicen que no. Supuestamente, antes ellos se paraban en el centro y ellas alrededor; esa separación existía, pero hurgás un poco y te das cuenta de que dependía el lugar o que no todos iban de traje. –Mueve la cabeza y mira hacia el costado, a él se lo conoce por creer en la diversidad y la heterogeneidad del ámbito social del tango. 

–¿Presenciaste situaciones de violencia en las milongas?

–Y sí, si no la hubiera sería un mundo aparte. A veces se dice que “el tango es más machista” y no, el tango refleja la sociedad. Conozco a jóvenes y viejos que son violentos o buenos y deconstruidos. Cuando sabemos de violencia, si son artistas, evaluando la situación, no los convocamos.

–¿En el siglo XXI hay que seguir remitiéndose al cabeceo o pedirle el permiso a la pareja que antes se pedía a la madre de la dama? 

Marcelo asoma mirada conciliadora y un buen argumento.

–Como herramienta práctica sirve porque no te exponés, no molestás en las mesas, no forzás, no intimidás, pero puede haber una resignificación del cabeceo, que no vaya siempre en la misma dirección, que lo hagan entre mujeres y entre hombres o la mujer al hombre, porque esa relación tiene que ver con el poder –dice, mientras recuerda a Pierre Bourdieu y su concepto de habitus: la sociedad escrita en el cuerpo del individuo.

Uno de sus tres hijos lo llama y, sin mediar cabeceo, se le acerca con inocente convicción poniendo a prueba la paternidad como otra forma de equilibrio. 

COMPROMISO Y EMPATÍA: LA PAREJA PERFECTA

Dentro de su casa de Wilde se escuchan los pajaritos. Julio Zurita –coreógrafo, director y músico– ceba mate y enfoca la mirada bajo sus cejas gruesas.    

–¿Cómo juega el tango escénico históricamente representado por el estereotipo del binomio heteropatriarcal en este proceso de transformación de la sociedad?

–Hay que cambiar algo de cómo se presenta eso desde el punto de vista del montaje, el trato físico, la manera de manipular los cuerpos, de mostrarlos, cambiar los niveles, el tango tiene eso de que la mujer va más al nivel bajo y el varón se queda arriba. 

Sus creaciones impulsaron nuevas estéticas, ligadas a contar historias del presente con música de tango actual, pero también recuperando la memoria de la lucha contra la dictadura como en Arrabal, espectáculo producido por Gustavo Santaolalla nunca presentado en la Argentina. Prácticamente ya no utiliza el abrazo simétrico ni los ganchos; dice que eso lo deja en un lugar más cómodo para hacer un tratamiento actual de lo que está pasando y está feliz por ello.

–O sea que el futuro vos lo viste en el pasado. 

–Y… Uno no hace lo que no puede o lo que no cree; claro que por encargo se puede hacer cualquier laburo, pero si tenés que elegir, harás algo que tenga que ver con tu pensamiento, te sale.

Cuando se habla de las historias que cuenta el tango, casi siempre se cae en lo comercial porque es lo que funciona: el arrabalero fumando bajo el farolito, los inmigrantes, el burdel, la pasión del macho y la sumisa. “No hay mucha gente jugándosela en un recorrido dramático que se meta con otro tipo de cosas necesarias de ser contadas, horrores que vive el mundo, se está lejos todavía. Dejar de contarse a sí mismo, sería bueno que se meta con temas universales como lo hacen el teatro y otras artes porque una de sus funciones es poner memoria sobre ellos”, dice el coreógrafo, que está por terminar la carrera de instrumentista en música popular, en la Escuela de Música Popular de Avellaneda, tocando bandoneón.

–¿Vos ya lo hiciste?

–Lo vengo haciendo, sí, en una obra que hice después de 2001 llamada Peso medio, una alegoría de dos trabajadores que se levantaban a las 5 de la mañana para ir a Constitución y al laburo; y en Arrabal situada en la argentina del 76, con las Madres de Plaza de Mayo y los milicos secuestrando y torturando gente.

Zurita considera que la mujer tiene una participación fuerte y férrea en las parejas de tango: “En castings se paraban de otra manera, las mujeres están más formadas y muchas veces bailan con varones que no tienen el mismo nivel. Eso hizo que ellas tengan una presencia escénica más poderosa y técnicamente más precisa y elaborada. Desde ese punto de vista, después de 2000 sentí que el tango pasaba más por ellas, y eso se mantiene. Respecto de los estereotipos, creo que son una actuación malísima, forzada y liviana que nadie se cree”.

–¿Será en el ambiente en el que te movés?

–Ja, puede ser por deformación, sí. Pero, a ver, hay generaciones pasadas a las que… ¿Qué les vas a pedir? No los juzgo, pero las mujeres hoy están instaladas en otro lugar.

El cuerpo, que para los bailarines es un instrumento de trabajo, está en el centro de la revuelta. El coreógrafo dice que en la experiencia profesional siempre se trabaja desde el respeto. Cuando presenció maltratos en castings, luego no convoca a esas personas.

–Reflexiono sobre el acoso que padecen las mujeres. Cuando tenía 18 me metí en la danza y también recibí acoso de tipos. Quizá nunca me sentí en peligro porque de última lo parás de una piña y listo, pero la mujer no puede hacer eso.

–¿Qué más tiene que pasar para que se traduzca al tango esa deconstrucción?

–No tengo la respuesta, pero ponerse en el lugar del otro y tener conciencia es fundamental. Si estoy caminando a las tres de la mañana en la misma vereda que una chica, cruzo la calle para que no se sienta en peligro. Antes no se era tan consciente de que sufrían tanto.

El termo de Julio ya casi no tiene agua, en la última cebada lo puso vertical. Y los pajaritos siguen allí. 

VIOLENCIA TAMBIÉN ES MIEDO A PERDER EL TRABAJO

–Cuando arranqué, veía al tango machista y homofóbico a la vez, ahora se fue rompiendo un poco. Quizás antes podía parecer fuerte la expresión “muerte al macho”, pero ahora se habla más de igualdad y llegué a entender que “macho” también es un estereotipo del patriarcado, siento que está más limpio todo y se puede hablar de la problemática en voz alta –dice Carlos Cisneros, bailarín de tango de 26 años, que trabajó en Caminito y en varios elencos de casas de tango-show.

Carlos habla serenamente y va recordando que hace unos años, de camino al trabajo, atravesó la marcha de NiUnaMenos, muy conmovido por la energía que se vivía. Cuenta que apenas vio una situación violenta en una pareja de compañeros de elenco, intervino.

–Para las chicas es difícil porque sienten que no van a conseguir otro compañero y que van a perder el trabajo –visibiliza.

Los bailarines, en general, se encuentran en una situación de precariedad laboral y muchas situaciones se generan por esa inseguridad de la que se aprovechan quienes tienen el poder. Algunas colegas le contaron a Cisneros que les han pedido “favores” o acostarse para obtener empleo o seguir en él. Su mayor anhelo es “que dejen de pasar situaciones que pongan en juego el trabajo”.

Carlos es oriundo de Santiago de Estero: “En mi barrio es normal escuchar que el vecino caga a palos a la mujer, la tecnología ayuda a que las informaciones lleguen más rápido allá; los muchachos ya no se hacen tanto los vivos… Así todo sigue pasando”.

–¿Cómo te llevás con la imagen de tango que muestra a la femme fatale y al macho ardiente?

–A veces se confunden las cosas y se dice “cuánto tango hay en esa imagen”, y ni siquiera hay una pose de baile. No sé, tampoco voy a decir “esto es tango y esto no” porque el tango es como cada uno lo siente y lo baila. Una vez una compañera se largó a llorar porque nos pidieron improvisar un adagio, nos pedían franeleo y que fingiera que le chupaba el cuello; yo la entendí, puede ser incómodo. Eso fue cambiando un poco; a mí me hace ruido cuando me lo piden porque si uno lo monta en su propia coreografía es porque la pareja se siente cómoda con eso, pero si no…

Carlos también baila folklore y participa en algunos shows y trabajos independientes que se pudieron comenzar a hacer. En la pandemia empezó a hacer barbijos en un taller de Aldo Bonzi para redondear su salario, pero el otro día vio un volante de una audición que decía “traer tango sexy”.

Escrito por
Pamela Damia
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