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“PARA ELLA, LA MUERTE ERA EL ACTO FINAL DE LA BELLEZA”

El poeta Vicente Zito Lema recuerda el tiempo compartido con Alejandra Pizarnik y sus reflexiones. Curiosamente, muchos de ellos se dieron en la sala de espera del dentista.

Alejandra Pizarnik y Vicente Zito Lema solían encontrarse en un espacio que poco tenía que ver con la poesía: la sala de espera de un dentista. El odontólogo los atendía gratis y buscaba generar aquel encuentro en su consultorio, tal vez para presenciar alguna conversación interesante o reforzar el vínculo entre los dos poetas, que se llevaban apenas tres años. A Zito Lema, cruzarse con Pizarnik lo ayudaba a perder un poco el miedo: “Si bien soy un hombre comprometido con los derechos humanos y he sufrido ataques y atentados, situaciones en las que no tuve miedo, me daba pánico ir al dentista”, recuerda en diálogo con Caras y Caretas el poeta, dramaturgo y militante. La dificultad de rotularlo está ligada a la inquietud de la generación de la que formaba parte junto a Pizarnik, en la que la poesía, el arte, el psicoanálisis, la filosofía y la militancia se fundían en una misma atmósfera, que se respiraba en los cafés porteños de los años sesenta.

La última vez que Zito Lema se cruzó con Pizarnik en el consultorio, a él tenían que hacerle un tratamiento de conducto. Estaban los dos solos, y en un arrebato de caballerosidad decidió dejarle el turno a ella: “‘Si querés pasá vos, yo te espero’, le dije. Ella percibió de qué se trataba y contestó: ‘No lo decís por caballero, sino porque estás cagado en las patas’. Todo quedaría como una anécdota pintoresca si no hubiera sido la última vez que la vi. A los muy poquitos días, dos o tres, ella se suicidó”.

–En general, la imagen de Pizarnik es la de una mujer frágil, pero en esta anécdota aparece como una mujer fuerte y protectora.

–Por eso me interesa mostrar esta versión, cómo ella cuidaba a la gente amorosamente. Frente al “poeta asustado”, ella hacía el rol, obligada por las circunstancias, de la “poeta firme”. Además, cuando iba a su casa me recibía siempre con un dedal de plata, muy antiguo, que llenaba de ginebra. Era la distinción que me hacía. La primera vez que fui le dije que tomaba ginebra y me trajo la bebida servida en ese dedal de plata. Las otras veces que fui siempre me recibía con el mismo ritual. Lo interpreto como un cuidado; Alejandra tiene una imagen de fragilidad que no pongo en duda, pero yo a la vez, paradójicamente, tengo que hablar de una imagen femenina que cuida al otro más que el otro la cuida a ella.

–Otro punto en común de ambos era Enrique Pichon-Rivière, que era tu maestro y el último analista de Pizarnik.

–En mi libro titulado Diálogos hay una conversación con Pichon de la que buena parte es sobre su relación con Alejandra. Fue una relación conflictiva, al punto de que Alejandra en su diario lo acusa de haberla herido, de algún modo anticipa su suicidio y lo culpabiliza. Alejandra decía que la envidiaba, porque Enrique, por más que fue uno de los psicoanalistas más grandes que haya conocido América latina, era un hombre que amaba el arte y de joven quiso ser poeta, pero dejó la poesía y el arte para sólo reflexionar sobre los mecanismos de la creación artística. A la vez, paradojalmente, Alejandra le dedicó su último poema antes del suicidio. En mi libro está lo que dice Enrique al respecto. Él tiene la idea del psicoanalista de que muchas veces los pacientes cargan a sus terapeutas la responsabilidad de sus actos.

–De todas formas, al momento de atenderse con Pichon, Alejandra ya venía con padecimientos y estaba muy atravesada por la idea surrealista de entregar la vida por la poesía.

–Nuestra época estaba marcada por la cultura del surrealismo. Tanto Alejandra como yo estábamos muy marcados por esa forma, por más que yo luego tuviera un costado más ligado a la lucha política, y Alejandra, si bien conmovida por la época, no tuvo una activa participación política. Pero éramos todos parte de una misma historia. Uno de los espacios en que nos veíamos era en la librería de Aldo Pellegrini. Pellegrini fue en la Argentina el mayor estudioso y traductor de la obra de Antonin Artaud, uno de los padres del surrealismo. Y es Artaud el que más impulsa el concepto de que la vida y la obra de un poeta tienen que ir a la par: un poeta debe vivir poéticamente, la vida se constituye en el acto del arte.

–¿Cuál diría que es la característica fundamental de su generación?

–Nuestra generación está marcada por el valor que se le dio al lenguaje. Fue Heidegger el que dijo que la esencia de la criatura humana es la palabra, y que la esencia de la palabra es la palabra poética. Esa reivindicación de la palabra poética, pero no por fuera del acto, sino, otra vez ligado con Artaud, en esas mezclas raras de nuestra generación, la palabra como esencia de la vida, pero también la vida como esencia de la palabra. Es eso, con sus fisuras, sus desarrollos, sus balbuceos, lo que marca y quiere construir nuestra generación, se llame Alejandra Pizarnik, Miguel Ángel Bustos, Leónidas Lamborghini. Nosotros, algunos con más trascendencia que otros, formamos un conjunto de artistas que constituíamos el lenguaje de una época, de una generación, donde la palabra debía estar acompañada por el acto. Eso nos marcó a todos nosotros, y en la obra de Pizarnik se nota, y también en la tragedia de su suicidio. No sabés si sus poemas hablan de la muerte o si la muerte habla de sus poemas.

–En Pizarnik aparece muy claro el límite de la palabra, el encuentro con lo real.

–Claro, ella busca unir la palabra y el acto. Entonces no tenía otra salida. Vos podías unir la palabra al acto de apoyarte en la ilusión de cambiar el mundo, de la revolución. Nuestra generación no tenía muchas alternativas: o hacías la revolución y corrías los riesgos de la revolución, o hacías la rebelión personal profunda, absoluta, y terminabas en la locura o en la muerte. Es una generación de absolutos. El que no conoció el exilio, como en mi caso, conoció, como Alejandra, el suicidio, o, como Miguel Ángel Bustos, la internación en un hospital psiquiátrico.

–En una entrevista que le hiciste a Juan L. Ortiz, hablaron de la poesía como una forma de conocimiento. ¿Qué conocimiento hay en la obra de Pizarnik?

–Que la belleza, finalmente, es la esencia de la vida. El tema a disputar, por supuesto, es cuál es el sentido de esa belleza. De lo que no hay duda es de que es la belleza, y luego cada uno desde su lenguaje, desde sus actos, desde lo que considera finalmente sagrado, va personalizando. La belleza, con una amplitud tal vez romántica, Alejandra la identifica con la muerte. No porque buscara la muerte, sino porque buscaba el acto final de la belleza. Paradójicamente, la belleza también nos lleva a la vida, y la vida de golpe te pone en la encrucijada de que para ser fiel a la esencia de la vida no te queda más camino que irte de la vida.

Escrito por
Juan Funes
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