• Buscar
           

UNA PERFECCIÓN FILOSA

La brevedad como medida, la contradicción y lo imposible como condiciones verificables en el mundo y en la vida, la vida como el horror y la muerte que libera. En el medio, la infancia, el desgarro del amor, lo absurdo de la existencia. La poética de Alejandra Pizarnik propone una fuente inagotable de lecturas.

La poesía de Alejandra Pizarnik nunca descansa. Su vitalidad enciende y conmemora. Por encima del mito construido alrededor de una vida tortuosa, su obra poética se mantiene tensa y urgente como una arteria alimentando aún, y por siempre, la poesía de lengua castellana. “Explicar con palabras de este mundo/ que partió de mí un barco llevándome”. Es veloz su penetrabilidad cuando el lenguaje configura la escena (esa precisa escena) donde la belleza naufraga en lo imposible. No se trata de entender sino de adherirse a su fuga. Porque, en todo gran poema, el sentido arrasa, va por delante pero antes atropella.

La poesía esconde lo conocido dentro de lo desconocido, advierte George Bataille, uno de los autores que Pizarnik cortejaba con su pluma y su paciencia. Una palabra poética “desvía un río”, dice la filósofa feminista Hélène Cixous. La poesía de Pizarnik desvía mares con violencia y celebra a través de la herida. Hay que dejarse humillar por su perfección filosa para luego transformar esa materia en compañía y diálogo. “Esta lila se deshoja. / Desde sí misma cae/ y oculta su antigua sombra. / He de morir de cosas así”. Este poema, que es cumbre y paroxismo, nos destierra de la zozobra.

LADRONA DE LIBROS

No, no se trata de libros. Sino del mismo artilugio del que se vanagloriaba Borges: la literatura es una reescritura constante, un divertimento serio y descarado. Los grandes autores superan la influencia equivocándose (dixit Harold Bloom). Toman el camino incorrecto luego de atravesar a sus maestros antecesores, hasta alcanzar la voz propia. No es intencional, es incierto. La intertextualidad es el agobio de todo escritor o escritora. El robo cariñoso, amanerado, el robo dulce y creativo. La literatura no se hace en soledad, sino con el susurro temperamental de las bibliotecas. Y acaso, como decía Barthes, porque el mundo todavía no está hecho. Pizarnik, que no exhibe gala teórica detrás de la escena, como sí lo hacía Borges, no elude la idea de que la escritura es un palimpsesto. Sin embargo, al decir de Bloom, logra traspasar la ansiedad de la influencia y se erige personal y maldita en una pompa de jabón que, al final de su recorrido, resulta una granada encendida: “la rebelión consiste en mirar una rosa/ hasta pulverizarse los ojos”. Bataille, Lautréamont, Antonin Artaud, André Breton y el argentino Antonio Porchia son algunos de los autores con los que se ensambla y acaso ¿supera?

El poema pizarnikiano alcanza su potencia en la brevedad. Aun los textos más extensos encapsulan versos que aislándolos del poema alcanzan autonomía y estallan sobre el lector: “oigo a la noche llorar en mis huesos”. O: “Sin manos para regalar mariposas/ A los niños muertos”. En Árbol de Diana (1962) y en Los trabajos y las noches (1965), su cuarto y quinto libro publicados en vida, la brevedad, gobernada por el recurso de la elipsis y la suavidad sonora del atisbo, se impone –o se constituye– como una poética que será su marca definitiva, indeleble, incluso en sus poemas largos en prosa, como los de Extracción de la piedra de locura: “Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo”.

NOMBRAR LA AUSENCIA

Cuando el mundo queda devastado y cenizo, aparece la voz. Cuando ya no hay nadie para escuchar, un yo de Alejandra (de los varios que hormiguean entre sus versos) habla, refunda el vacío, refuerza lo imposible: “ella tiene miedo de no saber nombrar/ lo que no existe”. O: “has comenzado sola/ lo que nadie comenzó”. Lo que falta –lo que se ausenta– es lo que queda y horada: “la vida juega en la plaza/ con el ser que nunca fui”. O: “Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene”. Alerta en sus poemas aquello de lo que era consciente y la perturbaba. En sus cartas, en la intimidad, deja asentado: “Las palabras son mi ausencia particular (…) No comprendo el lenguaje y es lo único que tengo, sí, pero no lo soy”. La desesperación de ser lenguaje para deshabitar el cuerpo. O bien, poner tanto el cuerpo en el lenguaje hasta alcanzar la ausencia de sí. La fusión entre la escritura y la vida puede ser un error, una desviación o una manera fiel de preservarse hasta donde se pueda. Lo cierto es que Alejandra Pizarnik habitó este maniático contrapunto hasta que desertó del cuerpo. Sin embargo, antes de saber cuál sería su derrotero, fue prolijamente desamparándose en la escritura, cada vez más intensa, cada vez más puñal.

LA MUERTE TENDRÁ TUS OJOS

Las marcas de la impotencia –de lo que no tiene solución porque el tiempo ha pasado por encima– suelen transmutarse en belleza poética. Pizarnik desparrama con insistencia versos excelsos donde el tiempo se desdibuja y la deja, una vez más, ausente de sí: “Recuerdo mi niñez/ cuando yo era una anciana”. O: “Recuerdo las negras mañanas de sol/ cuando era niña/ es decir ayer/ es decir hace siglos”. O: “Yo no sé de la infancia/ más allá que un miedo luminoso/ y una mano que me arrastra/ a mi otra orilla.// Mi infancia y su perfume/ a pájaro acariciado”. Se refuerza el padecer en el miedo a recordar; la memoria es una obsesión maldita descarrilada del tiempo: “he nacido tanto/ y doblemente he sufrido/ en la memoria de aquí y allá”. O: “Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste”.

Acaso esta inestabilidad para afianzarse en un tiempo –esta dificultad para salir del cuarto oscuro de la infancia– impulsa hacia la muerte como un lugar de privilegio donde el poema cerrará su pacto con el cuerpo. “Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy”. O: “palabras vestidas de féretros/ que habitan mi inocencia”.

Para todos tiene la muerte una mirada, deslizó el poeta italiano Cesare Pavese en su memorable poema “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Pero no todas las miradas son expropiadas por la muerte, como sucedió con el propio Pavese y con Pizarnik, quienes la miraron de frente y la acogieron con la celeridad de la ráfaga, con la dulzura refrescante del viento, con la certeza de que el final era el salto definitivo hacia el poema: “He dado el salto de mí al alba./ He dejado mi cuerpo junto a la luz/ y he cantado la tristeza de lo que nace”.

Escrito por
María Malusardi
Ver todos los artículos
Connection error. Connection fail between instagram and your server. Please try again
Escrito por María Malusardi
A %d blogueros les gusta esto: