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“PROMOVER LA IMAGINACIÓN EN EL QUE TE ESCUCHA ES UN DESAFÍO MARAVILLOSO”

Víctor Hugo Morales es un referente todoterreno. Pero desde la radio edificó sus monumentales relatos futbolísticos, se convirtió en un consecuente difusor de las más diversas actividades artísticas y consolidó un perfil de editorialista político frontal e incisivo.

Su nombre es una marca registrada: desde hace décadas se transformó en una figura de la televisión, pero es definitivamente un hombre emblemático de la radio. Su trayectoria está asociada íntimamente con el relato futbolístico, pero trascendió largamente esa dimensión en múltiples direcciones. Se puede estar más o menos de acuerdo con sus ideas u opiniones, pero su compromiso, su pasión y su vehemencia constituyen un estilo inconfundible. En todo repaso de la historia de la radio el nombre de Víctor Hugo Morales resulta insoslayable.

–¿Qué significa la radio para vos?

–El desarrollo de una vocación. Pertenezco a su mundo. De niño, aprendí a amarla como oyente. Un recuerdo fuerte: mi casa a oscuras, de noche, la habitación de mis padres, la vieja radio, con su luz amarillenta y yo soñando ser parte de ese mundo de relatos deportivos, radioteatros y musicales. De pibe hablaba como un actor, un presentador. De adolescente ya fui locutor. Toda mi vida de trabajo tiene como eje fundamental la radio.

–¿Cómo era esa radio de hace más de medio siglo?

–Fascinante. Soñaba con ser actor de radioteatro como los de Radio Carve, Porteña o El Mundo, donde conocí y amé a Hilda Bernard y a Oscar Casco. Escuchaba a Fioravanti, Raúl Peiré, Muñoz y, claro, a Carlos Solé. Un recuerdo inolvidable son los programas en vivo en la fonoplatea de las radios: el Glostora Tango Club con Rafael Díaz Gallardo, o su mismo programa de Montevideo, Cololó Tango Club. Los cómicos: La pensión 64 o La revista dislocada de Délfor.

–¿Ibas a Montevideo a vivirla por dentro?

–A mis 14, en mi pueblo, Cardona, una empresa instaló parlantes en esquinas importantes: hizo un concurso de locutores y lo gané. Conocí una radio a los 16, una tarde

de abril, al tomar una prueba en Radio Colonia. Tuve fortuna: estaban los dueños. Me hicieron leer unos avisos y empecé. Terminaba el liceo, iba por abogacía… Desde ese día trabajo en esto sin solución de continuidad.

–Luego llegaría Héctor Ricardo García.

–Sí, compró la emisora. Yo relataba los partidos mentalmente, y una muchacha de la radio le pidió una prueba para mí. Me trajo a Buenos Aires y me mandó a la cancha de Boca. Jugaba

con Argentinos. Fui con mi grabador Geloso. A la noche se lo llevé. Escuchó un rato, en silencio, sin una mueca. Yo estaba hundido en un sillón. Luego me dijo: “Va a ser el mejor relator”. Fui vestuarista, pero rápido me dio chance de suplantar a Rousselot. Era la época del apogeo de Rivadavia, la época de los monstruos: Carrizo, Larrea, Cacho Fontana, Mareco, Soldán.

–Una época muy distinta a la actual.

–Tenía un gran papel el entretenimiento, el show radial. Las figuras destacadas eran los grandes locutores, los animadores. Ahora las radios tienen una impronta fuertemente periodística, incluso las FM.

Debió reconvertirse porque lo que era éxito lo tomó la TV: el radioteatro, el humor. La radio, casi inadvertidamente, como cambio de época, empezó a transitar surcada por el periodismo.

–¿Qué te falta hacer en la radio?

–Salvo de técnico, nada.

–Pero te quedaste con el relato.

–Tengo espíritu descriptivo. Me resulta un desafío poner en imágenes para el que me escucha aquello que yo veo. Pero siempre hice cosas por fuera del fútbol, programas humanistas en TV. Como cuando vine a la Argentina y realizamos El espejo.

Alguna vez dijiste que la radio te salvó la vida.

–Venirme a Buenos Aires significó el desafío de trabajar en un lugar radial que era la meca. Para el

uruguayo, la fantasía de toda actividad creativa es lo que se hace aquí. Poetas, pintores, actores con espíritu aventurero… Pero estaba Muñoz: fue motivo de casi arrepentimiento. Cuando llegué me asusté al verificar lo que significaba. Pero vine a la desesperada, estaba incómodo en Montevideo. No sé qué hubiera pasado si me quedaba. Estuve prohibido. No me dejaban entrar a ciertas canchas. Me vigilaban. Hice campaña para que los deportistas fueran a los JJ.OO. de Moscú:

a mi modo, un poco como sobreviviente ante la dictadura. Y el episodio de Julio César Filippini, que metió un gol el día del debut: tras el partido le hice un reportaje y le dedicó el gol al hermano preso con otros tupamaros. Al otro día me llamó un militar, me pasó la grabación y me pidió explicaciones: zafé, pero él no jugó nunca más. Además, me tuvieron un mes preso por una tonta pelea en un partidito de fútbol de morondanga: hasta me amenazaron con Interpol. Una trampa. Ahí fueron a visitarme como amigos Paenza y Niembro. Ante la pregunta “¿te vendrías a Buenos Aires?”, les dije “me voy mañana”.

-¿Cuál fue tu mejor relato?

–Un partido extrañísimo de mencionar. Bélgica-El Salvador, Mundial 82. Fue describir una desigualdad profunda que había en la cancha, apelando mucho al humor, a la conversación. Otro muy dramático fue Dinamarca 6-Uruguay 0, en el 86: relaté llorando por el dolor que provocaba el desperdicio hecho con ese equipo de jugadores talentosos como nunca volvió a tener la Celeste. Después los grandes jugadores te provocan: Bochini, con Burru, Marangoni y Giusti en un Independiente-Grêmio en Porto Alegre; uno del Ferro de Márcico ante River… Francescoli, Carrasco, ni hablar Diego, son grandes inspiradores. No lo buscaba: sucedía. Vivía sentado en la pelota. Hace poco escuché por primera vez el relato íntegro del partido de Argentina contra Inglaterra del 86. Durante los 80 y los 90 me sentía muy escuchado. Como un actor ante un teatro lleno.

–Maradona te sube a ese lugar.

–A los grandes jugadores les podés decir cualquier elogio, macanear, tirarte a la pileta de la metáfora. Diego te lleva a un lugar de imaginación infinita. No hay gol suyo que no tenga un remate en el que no busque algo que me ponga a tono con su genio. Al Bocha también le quedaba cualquier invento: “La punta del pie más largo del mundo”.

–¿El mejor gol? ¿El de Diego?

–El de Diego, pero a Grecia en EE.UU. 94. La perfección del relato. Una rapidez colosal acompañando movimientos rápidos de la pelota y cuando Diego tira, grito gol, tres o cuatro metros antes de que entre. Tengo gritos fallidos, pero ahí acerté. En los dos goles ante Inglaterra me pasaron cosas. Del primero tengo mucho orgullo de periodista y relator: el compromiso de la verdad a rajatabla, aunque duela. Cuando grito que fue con la mano, pregunto a estudios y Ricardo Scioscia me dice (hoy ves el gol y aún parece de cabeza) que había sido de cabeza… Quería que me tragara la tierra, la mala noticia que me significó. Pero luego, el segundo fue el golpe de fortuna más grande de mi vida. Muy emocional. Lo que quedó es lo de barrilete cósmico: la recurrencia a lo galáctico, la inmensidad del espacio, a otro planeta, lo eterno, la Luna, el Sol, son herramientas siempre a mano. Pero lo más valioso de ese relato es que digo “corrida memorable, la mejor jugada de

todos los tiempos”: tiene algo gráfico que queda para siempre, un desafío que aún no fue superado. Es la mejor jugada de todos los tiempos.

–Formaste grandes parejas radiales con Alejandro Apo y con Gustavo Campana.

–Tuve grandes comentaristas: la voz de Ardigó, el criterio radial de Da Silveira o de Niembro, el tono de Ibarra, la palabra de Paenza, la elegancia de Julio Ricardo. Apo es una síntesis y además un amigo. Con Gustavo se dio algo extraordinario: encontrar a alguien para jugar como jugamos con él es muy difícil. Ni con un libreto hubiéramos complementado mejor.

–¿Qué nombres te impresionan en la radio de hoy?

–Hay mucho relator notable, pero Matías Canillán es muy completo: relato, comentario, animación radial, mucha opinión. Por otro lado, Eduardo Aliverti, claro. No tengo la posibilidad de escuchar demasiado por fuera, soy muy fiel al medio en el que trabajo. Además, hay mucho cobardito disfrazado. Los tipos del otro palo no me molestan si lo sostienen con dignidad. Me provocan rechazo los tibios, la gente del medio.

–¿Qué fue lo más valioso que te permitió la radio?

–Viajar. Invertí mucho en viajar y ser factor de viajes de compañeros. Fui buen alumno de Historia y Geografía: desde muchacho soñé con navegar por el Danubio, ver la Columna de Trajano en Roma o La Conciergerie de París.

–¿El alma de la radio sigue siendo la imaginación?

–Claro. Es lo que diferencia a los seres humanos del resto de las especies. Trabajar y promover la imaginación en el que te escucha es un desafío maravilloso.

–¿Y su futuro?

–Siempre se pensó que la radio se termina, pero superó todos los desafíos. Cuando llegó la TV, siguió. Ahora están la web y las redes con toda su potencia, pero la radio sigue siendo muy escuchada. Hay búsquedas permanentes. Tiene gran predicamento.

–¿La pandemia cambió a la radio?

–Además del sonido de salir por teléfono, hacer un programa sin ver a los ojos a tus compañeros, al operador, a los productores le quita muchísimo. No es lo mismo que estar tomándole el pulso al aire. En eso también la radio puso imaginación y se repuso.

Escrito por
Ricardo Gotta
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