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El escritor del tiempo

EXIT CULTURA ENTREVISTA A JUAN JOSE SAER ESCRITOR

Juan José Saer es uno de los grandes de la literatura argentina. A quince años de su muerte, recordamos su prosa, poética y compleja, que se plasma en una obra extensa, interesante, que merece ser recorrida.

“El proyecto global de Saer debe ser visto como el de un narrador que intenta construir una novela en movimiento, que todavía no tiene fin, que ha definido una zona, ha puesto en ella una serie de personajes y ha empezado a contar la historia en diferentes relatos, fragmentariamente”, dice Ricardo Piglia en su libro Las tres vanguardias, y define así de manera certera el universo saereano que se despliega entre cuentos, relatos y novelas.

Heredero de la poética de Juan L. Ortiz, alguna vez el propio Saer dijo que su prosa era algo así como el “juanele de los pobres”, deudora del ritmo, la respiración y las formas de trabajo sobre los versos que Saer supo llevar a la narrativa para marcar un sello inconfundible. Es que si hay algo en la obra de Saer es una identidad. Basta leer un par de líneas para identificarlo, para encontrar su tono, su ritmo. Esa estética del tiempo, de los espacios abiertos, del río.

Nacido en Serodino, Santa Fe, el 28 de junio de 1937, hijo de inmigrantes árabes, Juan José Saer es considerado uno de los escritores más importantes del canon latinoamericano. Aunque él mismo renegara de esas categorías geográficas que sólo lo pretendían encasillar a partir de rasgos que, a su criterio, no definían una estética. “Para mí no hay nacionalidades de novelistas, para mí hay escritores y punto.”

Antes de irse a París por una beca de la Alianza Francesa, en 1968, Saer fue docente de las materias Historia del Cine y Crítica y Estética Cinematográfica en la Universidad Nacional del Litoral, donde en 2005 le dieron el doctorado honoris causa. Ese viaje a Francia (donde murió el 11 de junio de 2005, a los 68 años) le marcó el inicio de una nueva vida, lejos de la Argentina físicamente pero con la mirada atenta a lo que pasaba en la Argentina. “No me puedo considerar un exiliado de la dictadura argentina pero estuve manifiestamente en su contra”, dijo sobre el genocidio que golpeó al país entre 1976 y 1983.

UN ESCRITOR POCO LEÍDO

No puede decirse de Saer que sea uno de los escritores más leídos. Incluso, él mismo se refería a esto como una de sus características no sólo por su relación con el mercado sino por su prosa críptica, anclada en una estética morosa. “Creo que soy un escritor poco leído, quizá mis libros son un poco difíciles, no soy el único además”, dijo en 1981, una entrevista con Carlos Dámaso Martínez para el diario Clarín. “Lo único que me consuela –siguió– es que han existido muy buenos escritores que fueron poco leídos. Entre los nuestros, Macedonio Fernández, Juan L. Ortiz….”

En este sentido, el propio Saer hablaba de que sus influencias estaban relacionadas con autores como Faulkner, Kafka o Proust; pero que reconocía cierto anclaje en uno de los géneros más populares: la novela negra estadounidense. En novelas como Cicatrices, por ejemplo, los rasgos temáticos del policial y cierta lógica estructural aparecen de manera notable, sin que esto convierta a Saer en un autor de género. “He sido un gran lector de las novelas policiales y pienso que la buena novela policial norteamericana de los años 30 renueva el procedimiento del realismo”, dijo en aquella entrevista del 81.

“Otras de mis tentativas es tratar de volar las fronteras. Algunos textos están entre la prosa, la poesía, el cuento o la novela, y pueden ser géneros nuevos, o sugerir la posibilidad de géneros nuevos. Y al mismo tiempo, otra manera de concebir al cuento es a través del fragmento”, cuenta Saer entrevistado por Mempo Giardinelli en 1988, y basta con recorrer sus textos para reconocer ese universo fragmentario que se expande en la lectura. Quizás el poema de la poetisa Adelina Flores en el cuento “Sombras sobre vidrio esmerilado” sea un ejemplo de esto. Esos versos que se desgajan a medida que el narrador nos muestra a esa mujer observando la silueta de su cuñado detrás de la puerta y escribe, escribe en su mente que a la vez recuerda: “Veo una sombra sobre un vidrio. Veo/ algo que amé hecho sombra y proyectado/sobre la transparencia del deseo/ como sobre un cristal esmerilado”. Lo que leemos en el cuento es el instante de la creación artística, el momento en el que ese recorte de la realidad interpela a la poetisa y se vuelve lenguaje, experiencia sensible. Puro presente. Capta “el instante mismo en el que se está narrando el instante”, dice Piglia: “Saer está muy preocupado por narrar en el presente. Y por lo tanto más cerca de la lírica que de la narración”.

UNA OBRA COMPLEJA

Alguna vez Jorge Fondebrider y Martín Prieto le preguntaron si el proceso de escritura poética que se narra en el cuento era su propio método. Saer contestó: “No sé. Porque no sé si hay un solo método de escritura poética. Lo que me molesta un poco en ese cuento es que hay una especie de determinismo entre lo vivido y lo poético. Me molesta que, por momentos, haya tanta relación causa-efecto. Yo no creo que la relación entre la experiencia y la poesía sea tan directa. Creo que el ritmo y la palabra vienen primero y el sentido, después”.

También es puro presente su prosa en “La mayor”, ese relato repetitivo y desacelerado, con un narrador que usa desaforado el gerundio para eternizar esa voz en el instante: “Ahora estoy estando en la punta de la escalera, en el aire oscuro, frío, de las ocho: y ahora estoy estando en el último escalón, estoy estando en el penúltimo escalón, estoy estando en el antepenúltimo escalón ahora. En el ante antepenúltimo ahora. Y ahora estoy estando en el primer escalón”.

“Duración y fragmentación son ejes de construcción de los relatos de Saer”, dice Piglia y así se lee en cada texto que analiza en el libro ya citado; en esas dilaciones temporales que se narran como si el tiempo fuera elástico, la modorra del río que se adueña de las vidas de todos en El limonero real. También podemos ver esa fragmentación en la idea de segmentar el universo narrativo que se propone contar en historias desencajadas. Personajes que suelen repetirse (los hermanos Pichón y Gato Garay, Carlos Tomatis, Layo entre otros), que narran y son narrados. Que están en foco dibujados apenas en otras tramas. Escenarios que son transitados más de una vez. Como en A medio borrar cuando el narrador, Pichón Garay, refiere una historia que le cuentan que su hermano, el Gato, cuenta sobre un pariente que sembró la peste amarilla en el pueblo. Ese argumento, que es simplemente una anécdota en la narración del cuento, se transforma en la una de las más bellas novelas de Saer: La ocasión. También pueden pensarse en novelas que se podrían leer como trilogías como Cicatrices, Nadie nada nunca y El limonero real.

Es compleja la obra de Saer. Sí. Un universo que se abre en cada lectura y que invita a relecturas constantes para descubrir cada detalle que hace a sus formas. A veces olvidándonos de lo que nos cuenta, para dejarnos llevar por el sonido de una escritura que se vuelve sonido. Música. Poesía.

Y, acá, entonces, estoy, frente al teclado, en el escritorio, estuve o estoy todavía estando tratando de escribir un artículo, este, sobre Juan José Saer y lo inconmensurable de su legado.

Escrito por
Juan Carrá
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