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Caras y Caretas

           

Vuelta de Obligado, combate épico y guerra comercial

Hace 180 años la Confederación Argentina defendía su soberanía de un avasallamiento con fines comerciales espurios, de parte de Inglaterra y Francia.

“Noventa buques mercantes / veinte de guerra / veinte de guerra / Vienen pechando arriba / las aguas nuestras / las aguas nuestras.”

Evocativa y montaraz, “La vuelta de Obligado”, con letra de Miguel Brascó, sobre una música surera tradicional, esa canción que brilla en las interpretaciones de Alfredo Zitarrosa, Horacio Guarany y Alberto Merlo dicta además una precisa lección de historia argentina. Ocurre que la épica del combate –con sus lanchones y cadenas cruzando el río para dificultar el paso de la escuadra anglofrancesa y el heroico desempeño del general Lucio Mansilla al frente de la defensa– tiende a relegar que se trató de un avasallamiento de la soberanía nacional con fines comerciales espurios.

“¡Que los tiró los gringos! / Junaygransiete / Navegar tantos mares / venirse al cuete / Qué digo venirse al cuete!”

Hablando en criollo, “los gringos” que menta Brascó en las estrofas de su composición querían introducir mercancías extranjeras, sin reconocer derechos y en desmedro de la incipiente industria manufacturera local. Reivindicaban la causa asimétrica del “libre comercio”, que aún se sigue reciclando como paradigma de progreso, con otros actores políticos.

Para poner en contexto el episodio y rescatar el concepto soberano, en circunstancias en que se lo cuestiona como anacrónico o se lo desconoce cínicamente en su influencia concreta, conviene repasar los libros y repensar los hombres que gobernaban entonces.

Hacia 1843, el general Manuel Oribe, electo presidente oriental, ponía sitio a Montevideo, sostenida por la afluencia de exiliados unitarios de esta orilla del Plata y la injerencia económica de Francia, en mayor medida, Inglaterra y Brasil, que tenían sus propios intereses en mantener una zona neutral como llave de los ríos internos argentinos. La defensa de la plaza estaba a cargo de otro viejo conocido, el general José María Paz, fugado de su “libertad vigilada” que tenía a toda la ciudad de Buenos Aires como prisión.

El gobernador de la provincia y encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación, Juan Manuel Rosas, prestaba apoyo logístico y material a Oribe, por cuestiones ideológicas afines al federalismo, pero también pragmáticas. Montevideo era nido de conspiradores contra su gobierno y del proyecto de una nación independiente. Pocos años atrás, habían saludado como una bendición la intervención y bloqueo de Francia, resistido por Buenos Aires, que culminó con un tratado de paz y un clamoroso triunfo diplomático para su causa.

Dos años de sitio a la capital uruguaya, “La Troya del Plata” (como la bautizó Alejandro Dumas en una novela escrita por encargo), no terminaban de inclinar la balanza, a pesar de la victoria militar de Oribe, por el renovado apoyo foráneo a su cada vez más raleada población. Pero entonces las potencias de ultramar decidieron que debían imponer un escarmiento a la insolencia de aquellos pueblos y su tozudo gobernante, y acordaron una caprichosa protesta, preámbulo de una intervención armada. Se basaba en puntos tales como “el tono violento en la asamblea llamada Sala de Representantes”, los derechos “atropellados” de los extranjeros en Buenos Aires, “el deshumanizado lenguaje oficial que llama salvajes (unitarios) a sus opositores”, “la carnicería de prisioneros después de la batalla de India Muerta” (ganada por las fuerzas de Oribe).

Rosas también contestó por escrito. Su canciller, Felipe Arana, demandó de las legaciones acreditadas que comunicasen cuál era el trato dispensado a los residentes. Ninguno expuso motivo de queja, excepto la inglesa, que se excusó de opinar para no desairar al enviado especial de SM, un tipo bastante torpe llamado William Ouseley. Miles de particulares extranjeros hicieron elevar su queja por los prejuicios que les acarreaba el bloqueo declarado al puerto de este lado del Plata y todo su litoral marítimo, que perjudicaba sus intereses.

Rosas hizo algo más y no es menor. Suspendió el pago en cuotas del famoso empréstito contraído en tiempos de Rivadavia (1824).

Las palabras sobraban. De ahí en más, sonarían los cañones.

Rotas cadenas

El gobernador confió la defensa a su cuñado, el general de la Independencia Lucio Norberto Mansilla, quien se hizo fuerte en el recodo que toma el Paraná a la altura de San Pedro, la vuelta de Obligado. También tomó recaudos aguas arriba, en el Tonelero, Acevedo y a orillas del campo histórico de San Lorenzo.

En Obligado, hizo tender tres gruesas cadenas sobre una veintena de lanchones. En la orilla derecha, montó cuatro baterías armadas con lo que había disponible. Eran cañoncitos de 8, 10 y 12 pulgadas, la mayoría apenas de 20.

En tanto, la escuadra conjunta anglofrancesa contaba con artillería de 80 y la más moderna tecnología de la época. Además de las dotaciones completas de cada buque, transportaban ochocientos infantes de marina para un eventual desembarco.

Detrás de ellos, a la caza de dividendos en río revuelto, navegaba una variopinta flota mercante en la que ondeaban banderas estadounidense, sarda, hamburguesa y dinamarquesa.

Al amanecer del 20 de noviembre de 1845, los comandantes Charles Hotham (inglés) y François Thomas Tréhouart (francés) dieron la orden de avanzar.

En la ribera de Obligado, Mansilla los tenía entre ceja y ceja y arengaba a su tropa: “¡Allá, la tenéis! Considerar el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al navegar sin más título que la fuerza, por las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente…!”

“No se estaba ahí para ganar, sino para que los gringos no se la llevasen de arriba”, resume José María Rosa en la entrada alusiva de su monumental Historia argentina.

Sin embargo, el viento les jugó una mala pasada y la nave insignia destinada a cortar las cadenas quedó varada a merced del fuego criollo. Debieron entrar en acción los vapores.

El improbable triunfo estaba a merced de la pólvora, que se iba extinguiendo en los puestos defensivos. Hasta que las baterías fueron apagando lentamente su estruendo. Al frente de la “Restaurador”, el oficial a cargo se tomó su tiempo para efectuar el último disparo.

Su nombre era Álvaro Alsogaray.

Las aguas bajas turbias

Producido el desembarco de los infantes, la resistencia se afrontó con armas blancas. Mansilla marchaba al frente, pero lo frenó una herida de metralla, que los invasores disparaban a granel. Aparecieron más atacantes y desde los buques, el fuego hacía estragos entre los defensores.

El coronel Crespo, que había tomado el relevo del comandante, ordenó una retirada hacia las barrancas. En el terreno, quedaba tendida casi una tercera parte de los efectivos (650 sobre poco más de dos mil), un porcentaje altísimo que da cuenta del valor y del empeño puestos por el elemento nativo.

Dueños de la situación, los ocupantes cargaron algunos cañoncitos como curiosidades históricas y se lamieron las heridas durante varios días que se hicieron semanas y meses, hasta proseguir río arriba su incursión.

En tanto, los mercantes que esperaban el aviso de vía libre para seguir los pasos de sus mascarones de proa se volvieron en gran número a Montevideo, aleccionados por semejante comité de bienvenida. Los que perseveraron en su cometido se las tuvieron que ver con un “mini Obligado”, a instancias de Juan Bautista Thorne, un bravo militar de origen estadounidense afincado en el país, que los recibió con una lluvia de proyectiles de su artillería de cotillón.

Cauce arriba, se sucedían las escaramuzas de Tonelero, fácilmente sorteada por la escuadra, y de San Lorenzo. En esa plaza con remembranzas sanmartinianas, Mansilla se volvió a poner al frente de la tropa, y camufló las defensas entre las malezas. Ni uno solo de los buques se libró de recibir, al menos, un impacto.

De regreso de la accidentada incursión, en la punta del Quebracho, ya en mayo de 1846, la táctica de los defensores no consistía en impedir el paso, sino en causar todo el daño posible. Las bajas fueron mayores que las infligidas en el mítico enclave de Obligado.

Las repercusiones por la firme defensa de la soberanía fueron clamorosas en todo el mundo. Desde Grand Bourg, el exiliado ilustre le escribió a Rosas: “Los interventores habrán visto lo que son los argentinos. A tal proceder, no nos queda otro partido que cumplir con el deber de hombres libres, sea cual sea la suerte que nos prepare el destino”.  

Firmaba José de San Martín.

Según pasan los años

Las negociaciones de paz consumieron un largo proceso, con marchas y contramarchas, y quedaron selladas recién con sendos tratados firmados por Arana y los emisarios Henry Southern (Inglaterra) y Fortuné Le Prédour (Francia), entre 1849 y 1850.

La diplomacia de Rosas, que apelaba al garrote pero también a la astucia, fue mejor valorada en el extranjero que en su propio país. El discurso liberal impuesto después de Caseros (1852) se ensañó hasta con la defensa irrenunciable de los derechos soberanos.

Durante el juicio en ausencia celebrado contra el gobernador (1856), el magistrado fundamentó la condena a muerte por “la humillación del país ante el exterior, adonde por primera vez se dejó llevar el invicto pabellón de la patria”.

Pasaba por alto la colaboración activa de muchos connacionales con el invasor extranjero, algunos de los cuales llegaron incluso a ocupar la presidencia de la Nación.

Bien entrado el siglo XX, hacia 1974, fue justamente Pepe Rosa quien propuso instalar la fecha como motivo de recordación, a la par que promover la repatriación de los restos de don Juan Manuel, de su largo destierro en el cementerio católico de Southampton.

Con el decreto firmado, las turbulencias políticas demoraron el regreso hasta los albores del gobierno de Carlos Saúl Menem (1989), en medio de gran pompa y con honores de jefe de Estado. Pretendidamente revisionista fue la emisión de un billete (20 pesos) con su efigie. Aunque los diseñadores erraron el motivo y en el anverso puede verse una imagen de la escuadra francesa en operaciones, recorte de cuadro de origen desconocido. Según esa perspectiva, los héroes serían los custodios del ingreso de productos baratos y no los que trataban de impedirlo, a riesgo de sus propias vidas. Teniendo en cuenta las políticas económicas aperturistas en boga, parece coherente.

Finalmente, en el contexto de los festejos por el Bicentenario (2010), la presidenta Cristina Fernández de Kirchner inauguró un monumento conmemorativo en las afuera de San Pedro, imponente obra del artista Rogelio Polesello.

Fiel a su impronta y fuera de todo protocolo, CFK compartió el mensaje de un asistente al evento. Las cámaras de la TV Pública se hicieron un picnic enfocando a un muchacho sonriente que instantes antes le había manifestado: “Yo soy de los Alsogaray que defendieron a la Patria”.

Escrito por
Oscar Muñoz
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