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EL DOLOR DEL COMPROMISO

Por su adscripción al peronismo, Marechal fue prohibido y perseguido por la Revolución Libertadora. Recién a mediados de la década del 60 pudo volver a publicar.

Lo venía registrando en mí, desde 1948, en que apareció mi Adán Buenosayres, los efectos de tal ‘exclusión’, operada, según la triste característica de nuestros medios intelectuales, con el recurso fácil de los silencios y los olvidos prefabricados. Lo que yo había experimentado en carne propia me llevó a dos conclusiones: 1°, la ‘barbarie’ que Sarmiento denunciara en las clases populares de su época se había trasladado paradójicamente a la clase intelectual de hoy, ya que sólo bárbaros (¡oh, muy lujosos!) podían excluir de su comunidad a un poeta que hasta entonces llamaban hermano, por el solo delito de haber seguido tres banderas que creyó y cree inalienables; y 2°, desde 1955 no sólo tuvo nuestro país un Gobernante Depuesto, un Militar Depuesto, un Cura Depuesto y (tal es mi caso) un Poeta Depuesto”.

La carta de Marechal a un amigo personal, publicada en una versión posterior de su tomo de ensayos Cuaderno de navegación, es un verdadero manifiesto político personal y una declaración de principios. Respecto del peronismo, Marechal sostiene que “el justicialismo es esbozado como doctrina revolucionaria desde 1943 a 1945 por un líder cuyo nombre también fue silenciado por decreto. La revolución justicialista se nos presentaba como una síntesis en acto de las viejas aspiraciones nacionales tantas veces frustradas; y lo hacía enarbolando tres banderas igualmente caras a los argentinos: la soberanía de la Nación, su independencia económica y su justicia social. No es extraño, pues, que el 17 de octubre de 1945 se diera la única revolución verdaderamente popular que registra nuestra historia, y que se diera en una expresión de masas reunidas, no por el sentimentalismo ni por el resentimiento, sino por una conciencia doctrinaria que les dio unidad y fuerza creativa. Y sostengo ahora que la gran obra del justicialismo fue la de convertir una masa numeral en un pueblo esencial o esencializado, hecho asombroso que muchos no entienden aún, y cuya intelección será indispensable a los que deseen explicar el justicialismo en sus ulterioridades inmediatas”.

“Una revolución auténtica –continúa el autor de El banquete de Severo Arcángelo– necesita defenderse de sus agresores; y como todo proceso ideológico, necesita los recursos expansivos del adoctrinamiento, capaces de ganar al adversario y al indiferente. Uno y otro aspecto, el de la defensa y el de la propaganda, suelen dar en abusos de color ‘tiránico’; y será interesante analizar cómo se desempeñó el justicialismo en ambas asignaturas. Defendiendo su realización en marcha y en el uso de un derecho revolucionario que no se le discute a ninguna revolución auténtica, el justicialismo se limitó a restringir algunas libertades individuales, frente a las tentativas de contrarrevolución que se dieron casi desde su principio, o en menoscabo del derecho de pataleo que recababa una minoría de políticos fuera de uso y de intelectuales que sólo se jugaron al fin en la intimidad segura de sus casas o en autodestierros grises, donde alcanzaron la palma de un martirio incruento que más tarde les daría fáciles rentas. Nuevamente, y contra las prácticas históricas de los paredones de fusilamiento, la revolución justicialista presentó una marca de benignidad que dejó en pie a todos sus enemigos. No procedió así la contrarrevolución de 1955, ya que usó el fusilamiento en su instrumental represivo, la violencia legalizada y por último la muerte civil de una mayoría social entera”.

LA PERSECUCIÓN

El golpe de Estado de 1955 se ensañó con intelectuales, artistas y diferentes personajes de la cultura que habían hecho público su apoyo al peronismo. Y Marechal no fue la excepción: toda su obra fue proscripta (su gran novela Adán Buenosayres, sus cuentos, sus poemarios, sus ensayos y sus obras de teatro) y desterrada de los manuales escolares y de las librerías. La caída del peronismo lo llevó al ostracismo intelectual, a la soledad y al olvido. Recién a mediados de la década de 1960 pudo salir del ostracismo, cuando editó El banquete de Severo Arcángelo y el ensayo Autopsia de Creso.

Durante esos años, Marechal se refugia en su departamento de la calle Rivadavia y vive su propio exilio interno, según el relato de su hija María de los Ángeles Marechal. En aquellos años, se dedicó a escribir, y ya jubilado, vivió prácticamente desaparecido de la escena literaria hasta 1965. Ese año, una crítica literaria escrita por Tomás Eloy Martínez para la revista Primera Plana sobre El banquete… lo saca del ostracismo al que había sido condenado. “Un martes por la tarde, y en la calle Florida, tuve la emoción de ver cómo mi vera efigie andaba en las axilas de mis conciudadanos”, relató Marechal cómo vivió su aparición en la tapa de la revista.

Pero más allá de su aparición pública después de una década, la vida literaria de Marechal no iba a ser fácil y la censura lo perseguiría hasta sus últimos días. Luego de su viaje a Cuba en 1967, invitado por la Casa de las Américas, abraza definitivamente la Revolución cubana, y en un texto llamado “La isla de Fidel”, escribe: “Por encima de cualquier Parnaso teórico de ideas, entiendo que Cuba está realizando una revolución nacional y popular típicamente cubana e iberoamericana, que puede servir no de patrón, sino de ejemplo a otras que sin duda se darán en nuestro continente cada una con su estilo propio y su propia originalidad”. Cuando regresa a Buenos Aires intenta publicarla y la censura de la dictadura de Juan Carlos Onganía se lo impide. Recién se podrá publicar en 1974, cuatro años después de su muerte.

Pocos escritores como Marechal han sufrido tanto el odio y el revanchismo del antiperonismo a lo largo de la historia. Quizás conociendo el dolor que le causó su exilio interno toman más espesor las palabras de su poema “Descubrimiento de la Patria”, de su libro Heptamerón, publicado en 1966. Allí, el poeta depuesto, como gustaba llamarse con melancólica ironía, escribió: “La Patria es un dolor que aún no sabe su nombre”. Sin embargo, él, un verdadero amante de su patria, supo el nombre de todos los dolores que le causó su compromiso político.

 

Escrito por
Hernán Brienza
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