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LA GRIETA LITERARIA

Fueron contemporáneos y son dos de los escritores más determinantes e influyentes de la cultura argentina. Sus vidas, estilos, obsesiones e ideas políticas los pusieron en veredas opuestas y los transformaron en íconos y emblemas.

En Los años felices, el segundo volumen de Los diarios de Emilio Renzi, Ricardo Piglia atribuyó a su personaje más persistente la siguiente entrada: “Todos nosotros nacemos en Roberto Arlt: el primero que consiga engancharlo con Borges habrá triunfado”.

Más allá del cumplimiento de ese vaticinio en “Nombre falso”, el notable relato que Piglia incluyó en su libro homónimo, la entrada del diario formula una manera de concebir la literatura argentina en función de dos formas de escribir, adversas entre sí, que debían encontrar una síntesis.

Desde la década de 1950, la oposición Borges/ Arlt fue un intento de imponer claridad en el curso turbulento de nuestra literatura; un intento que, buscando caracterizar las obras de esos dos autores esenciales, en realidad era más útil para saber cómo entendían la literatura quienes suscribían esa oposición.

Las figuras personales de Borges y Arlt fueron, en la mayor medida, las canteras de las que se extrajeron razones para explicar la radical divergencia entre sus respectivas obras. Borges, por ejemplo, pertenecía a una familia cuya genealogía permitía remontar la historia nacional hasta las luchas heroicas por la independencia –o las mucho menos heroicas por el dominio político, económico y territorial del país ya independiente–; el linaje de Arlt, en cambio, era embrollado y misterioso, igual que el de la mayoría de los argentinos descendientes de inmigrantes.

Uno decía haberse formado como lector en una ilimitada biblioteca familiar, colmada con libros ingleses; desde niño practicó el bilingüismo doméstico y, cuando estando en Europa el estallido de la Gran Guerra lo llevó a cursar el bachillerato en la paz de Ginebra, sumó el francés y el alemán a su siempre creciente capital simbólico. El otro terminó la escuela primaria a los catorce años y se formó con libros que, originales o traducidos, prestados o alquilados, tuvieron al castellano por único idioma posible.

Al proponer un episodio de iniciación literaria, Borges no terminó de decidirse entre dos: si un relato que escribió a los seis, siete años, en el que buscaba imitar a Cervantes o la traducción a los nueve de un cuento de Oscar Wilde. Arlt eligió señalar la redacción de un cuento a los ocho años, con el que respondió al desafío de un vecino que le pagó cinco pesos.

EL ESTILO

Estas son algunas de las razones para dar cuenta de algo que es de otro orden y cuya definición enfrenta un problema aproximado al de San Agustín ante el tiempo. ¿Qué es el estilo? Si no me lo preguntan, lo sé. Si me lo preguntan, lo ignoro.

Más significativo que el origen familiar, el mAnejo de diversos idiomas o la cantidad de horas disponibles sin necesidad de ir a trabajar, es el hecho de que Borges se autolimitó a la redacción de textos cuya lectura no necesitara interrumpirse antes de llegar al punto final –cuentos, poemas, prólogos, reseñas, clases, ensayos breves–, mientras que la imaginación de Arlt, aunque sabía acomodarse a los espacios del periodismo, liberada de esas restricciones tendía a la expansión y para contener su historia más fascinante necesitó dos volúmenes.

Tal vez el estilo no sea más que una cuestión gramatical, un conjunto de reglas y principios que, entre los disponibles en una lengua, la escritora o el escritor siguen para ordenar, una después de otra, las palabras dentro de cada oración con la finalidad de alcanzar un efecto donde lo estético, lo moral y lo ideológico precipitan y se confunden como en una solución química.

La insistente elección de ciertas palabras (y la renuncia a otras) y la manera de acomodarlas en la oración distinguieron por sus rarezas a Borges y a Arlt del resto, hasta quedar fijados en algo así como ideales platónicos de la literatura argentina, respecto de los cuales las obras de otros eran copias con menor grado de verdad.

Se trató de dos estilos extravagantes, cada uno a su modo, cuyas economías difieren en la medida en que, para alcanzar el efecto deseado, una retiene y la otra derrocha.

VER CON LAS IDEAS

De Beatriz Viterbo, dice “Borges” que “era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron es tolerable), una como graciosa torpeza”. Es una caracterización muy breve, aunque su verdadera extensión no debe medirse por el número de palabras sino por el tiempo que lleva comprenderlas –no es convencional que la altura se corresponda con la fragilidad, que haya encanto en alguien torpe, que lo ínfimo pueda ser más notable que lo ostensible–; no es inmediato,en fin, comprender que la mirada amorosa no ve a través de los ojos sino de las ideas.

Cuando conoce a Hipólita, también Erdosain imagina mucho más de lo que ve, y es capaz de conciliar –Bataille estaría de acuerdo– erotismo y santidad. “Volvió a observar sus pestañas finas y rojas y los labios que parecían inflamados en la sonrojada morbidez del rostro pecoso”; “las pestañas bermejas parecían estriar la mirada, como esos rayos de sol de lluvia, que en los cuadros de santos brotan en mil haces de entre un pináculo de nubes”.

¿Tienen descendencia actual Borges o Arlt? Sí en escritores de obra ya consolidada –Aira, Ferreyra, Kohan, Molloy, Martínez, Pauls, Vitagliano, Moreno, Guebel, Cohen–, aunque si es cierto que cada escritor o escritora crea a sus precursores, no parece que, más allá de coincidencias ocasionales o de superficie, los más jóvenes, visibles y reconocidos hoy dejen leer a Borges o Arlt en lo que escriben, lo que tal vez sea lo mejor que pueda pasarle a la literatura argentina. Sería asombroso que las representaciones de los imaginarios de nuestro presente coincidieran con las del pasado.

A veces, sin embargo, se puede tener la impresión de que, como sucede con los objetos que llegan desde Tlön, esos viejos estilos de Arlt y Borges penetraron en todas las escuelas de la literatura argentina y sus enseñanzas se aplican sin que alumnos ni alumnas se den cuenta.

Escrito por
Aníbal Jarkowski
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