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GERMEN DE ESCRITORES

La academia y la calle. El centro y las periferias. El platonismo y el terrenal golpe coyuntural. Cuatro autores contemporáneos reflexionan sobre las marcas e influencias recibidas por la obra de Arlt.

Ya lo dijo Ricardo Piglia: “Arlt es el más contemporáneo de nuestros escritores. Su cadáver sigue sobre la Ciudad. Las poleas y las cuerdas que lo sostienen forman parte de las maquinarias y de las extrañas invenciones que mueven su ficción hasta el porvenir”. Es que a ciento veinte años de su natalicio y a más de setenta y cinco de su última producción, el joven autodidacta, criado en el barrio de Flores, sigue presente, quizá como nunca, en la escena literaria actual, tanto por su obra como por las marcas reconocibles en textos de escritores contemporáneos. No descubriremos en este artículo la nula relación del escritor con la academia ni con la crítica literaria más conservadora, pero fue esa posición, sin duda, uno de los aspectos por los cuales ciertos novelistas, cuentistas y cronistas actuales iniciaron o reforzaron su empatía con Arlt. La elección de una mirada desde los márgenes sociales que el clásico argentino utilizó en sus obras fue, también, la que atrapó a otro sector de jóvenes escritores. Y la selección de un lenguaje extremadamente lejano a lo que el canon proponía fue otro de los puntos con el que diversos autores se sintieron y se sienten atraídos.

“Hoy Arlt sí se estudia en la academia, pero a él le chupaban un huevo estas cuestiones. Yo soy muy antiacadémica y creo que tener esta visión actual nos la permitió él con su posición tantos años atrás”, comenta Mariana Komiseroff, autora de Una nena muy blanca, novela publicada por Emecé Ediciones en 2019. En la misma línea se expresa el escritor correntino Walter Lezcano, creador de una vasta obra de poemarios y novelas: “¿Quién legitima una obra: los lectores y lectoras o la academia? Esta tensión queda muy manifiesta con Arlt pero continúa hoy. Seguimos cuestionando, en pleno siglo XXI, el lugar de legitimidad que hay sobre cómo posicionar una obra, o sea, seguimos pensando en centro/periferia”.

La escritora y periodista rosarina Cecilia Rodríguez, que el año pasado publicó su primera novela, El triángulo, rescata el papel del catedrático David Viñas en la inclusión de la obra de Arlt para la crítica tradicional: “Fue Viñas quien abrió la puerta para que sectores ligados a Masotta, Piglia o Sarlo lo incorporaran a sus análisis. Al principio no se lo tenía en cuenta por ese cruce entre periodismo y literatura con expresiones coloquiales”. Por su parte, Juan Carrá, autor de Lloran mientras mueren (2016) y No permitas que mi sangre se derrame (2018), asegura que todo canon es una mirada y un recorte político sobre la literatura, por ende, siempre hay escritores que están por fuera de este marco y su legitimidad es dada desde otro lugar. “De hecho, inicialmente la masividad de Arlt no llega por su obra literaria, sino a través del uso de la literatura en sus aguafuertes, dentro de un diario masivo”, agrega el marplatense.

COMO PUNTO DE PARTIDA

En muchos casos parece haber sido la lectura de Roberto Arlt un disparador para impulsar la confianza y capacidad propia de producción, como si fuese una especie de “habilitación”, testificando que la creación literaria no estaba reservada a las elites intelectuales, sino a quienes se alienten con dotes originales a contar historias.

Con inmejorable nitidez, Lezcano relata su experiencia: “Para mí, que vengo de una familia sin linaje, sin estudios secundarios completos y de una casa sin biblioteca, Arlt fue fundamental. Fue el primero en mostrarme que por más que esa era mi realidad, yo también lo podía hacer. Desde allí empecé a contemplar la posibilidad de que había un lugar para mí en eso que se llamaba ‘literatura’. Fue la semilla del mal. Me costaba pensarme como escritor. Me gustaba, pero lo veía lejano. En determinados ámbitos, cuando uno está bien cerca de la zanja, resulta más fácil decir que sos dealer a decir que escribís”.

Una línea similar relata Komiseroff al recordar que cuando era (aún más) joven reflexionaba que si Roberto Arlt había sobrevivido a la academia y a la crítica literaria conservadora, entonces significaba que se podía ser escritor sin ser académico. Aunque esto ahora parezca una obviedad, hace un tiempo no lo era. “Yo empecé la carrera de Letras y reconocí que no quería ser ese tipo de escritora. No me interesan, ni siquiera como lectora, los autores tan prolijos”, remata. También Carrá reconoce que el máximo aporte que recibió de Arlt fue, luego de la lectura de Los siete locos, el deseo de emprender el camino de contar historias.

COMO PUNTO DE LLEGADA

En la actualidad nos encontramos frente a obras que, de manera más o menos consciente y más o menos voluntaria por parte del autor, son caracterizadas dentro de los marcos arltianos. Si bien este rótulo es originado por la prensa especializada o por la propia población lectora, en algunos casos los autores reconocen claramente las marcas y huellas de sus influencias.

Rodríguez registra varios rastros característicos de Arlt en su novela El triángulo: “Él jugaba mucho con hacer personajes que uno se puede encontrar en la calle, que hablan de un modo particular pero familiar a la vez. En mi novela se ve mucho eso. Hay también una mezcla entre ficción y realidad. En algunos capítulos hablo de cosas reales, en tiempo y espacio, con hechos que se encuentran en los diarios de las fechas. Pero todo esto lo noto haciendo el ejercicio de ponerme como lectora, no creo que haya sido construido a propósito”.

Muy consciente de las marcas que dejó el autor de El jorobadito (1933) y Los lanzallamas (1931) es Carrá cuando se sienta frente a sus textos y analiza las tramas y la construcción de sus personajes: “Definitivamente, siento que mi obra de ficción se emparenta en diversos pasajes. Hay una cuestión estilística en común, esto del uso del lenguaje popular para contar historias y el hecho de un trabajo muy grande con la trama y con los personajes. En Arlt es difícil encontrar una moral estanca en los personajes, quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Es complejo e interesante a la vez. Eso lo creo fundamental cuando me siento a escribir”.

Por el contrario, Komiseroff, crítica de teatro además de escritora, asegura que no tiene una influencia consciente: “Es difícil saber por qué muchas personas ven mi obra como arltiana. Los lectores lo reconocen, pero no es algo que yo haya pensado a priori. Arlt trabajaba mucho las locaciones de las ciudades y sus clases lúmpenes, yo trabajo más el conurbano y las villas. Sí creo que el trabajo con el lenguaje tiene puntos en común. También me gusta cómo piensa las condiciones materiales de la existencia de los personajes y creo que una gran parte de los escritores de mi generación estamos haciendo este trabajo de repensar qué es lo que hace a los personajes existir”.

El caso de la influencia en Lezcano es bastante más límpido. Reconoce dos momentos formativos en su adolescencia: el primero, con la lectura de El juguete rabioso, observando las traiciones de clase y la perversidad inherente al ser humano; el segundo, con el prólogo de Los lanzallamas, en el que se manifiesta al periodismo como trabajo y se describe cómo la creación literaria tiene que buscar sus espacios en medio de ese torbellino. “Yo tomo mucho eso. Creo fielmente en que lo que producimos y lo que creamos habla por nosotros, y habla mucho más que las declaraciones. Son nuestras obras las que entran en juego”, expresa el autor de Luces calientes. Y agrega: “Le agradezco a Arlt que haya aparecido en el momento justo”.

Hoy, entre tanta convulsión global rompiendo una presumida estabilidad colectiva, será imperioso que a cada uno nos aparezca un Arlt, un Lezcano, un Carrá, una Komiseroff o una Rodríguez, también en el momento justo.

Escrito por
Damian Fresolone
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