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Caras y Caretas

           

La palabra de los campeones del 78

Ilustración: Juan José Olivieri

Fillol, Passarella, Kempes, Bertoni y otros protagonistas recuerdan cómo vivieron el máximo torneo internacional. La influencia de Menotti, la presión del contexto y la relación con la gente atraviesan sus recuerdos.

El Mundial Argentina 78 tiene fondos y trasfondos, aristas y entrelíneas, casi todas relacionadas con la dictadura cívico-militar que gobernaba el país desde 1976. La dictadura se apropió de la Copa del Mundo, se aprovechó del fervor popular que generó, intentó controlar todo y quizás donde menos podía meterse era en la cancha. Ahí quienes decidían eran los once muchachos del equipo, dirigidos por el entrenador César Luis Menotti.

El arquero siempre fue Ubaldo Fillol. “El nuestro era un equipo que podía jugar técnicamente muy bien y lo demostró –recuerda el Pato–, pero además tenía el temperamento suficiente para afrontar partidos duros, como fue la final contra Holanda. El Flaco Menotti nos decía que a la potencia europea se le jugaba corto y por abajo. Y también fue importante ser locales y que la gente estuviera muy involucrada”.

Para Jorge Olguín, que jugó de cuatro los siete partidos, “fue clave la claridad de Menotti en la transmisión de sus ideas futbolísticas. Él confió en mí en un momento en que no estaba jugando bien en San Lorenzo, dos años antes del Mundial, y me pidió que jugara de cuatro, que no era mi posición habitual. Para mí era raro, pero me convenció, me motivó y terminó consiguiendo que rindiera y le aportara calidad a la salida. Algo que ningún otro técnico me había pedido”.

Menotti fue el primero que llevó un plan de cuatro años a la Asociación del Fútbol Argentino luego del fracaso y la desorganización de Alemania 74. Como parte de esa planificación, les dio un lugar a los futbolistas de las provincias: conformó una Selección del Interior y muchos de los integrantes del equipo campeón surgieron de esa experiencia. Como, por ejemplo, un cordobés que jugó de dos todo el Mundial, Luis Galván. “Tres años estuve en la Selección del Interior, eso sirvió para que Menotti nos conociera y para que nosotros entendiéramos lo que él quería. No era muy difícil, tanto que cuando estábamos saliendo a la cancha para la final contra Holanda nos iba diciendo algo a cada uno y, cuando llegó mi turno, me palmeó la espalda y me dijo: ‘Luis, juegue como juega en Talleres’. Ni que tuviera cuidado, ni que hiciera tal o cual cosa, nada: confianza, pura confianza”.

La zaga defensiva se completaba con Daniel Passarella, capitán y símbolo de la Selección Argentina. Para él “fue muy importante el grupo de jugadores que se formó; para nosotros, nuestro compañero era siempre el mejor, aunque se equivocara, aunque no tuviera un buen día. Siempre, dentro de la cancha, éramos los mejores; después, en el vestuario, se arreglaban las diferencias. Y esa fue la clave para alcanzar lo que logramos”. Y sobre la final con Holanda recuerda que “ya cuando llegamos al estadio nos dimos cuenta de que estaba temblando el Monumental y que para la gente lo que nos estábamos jugando era muy importante”.

GRUPO Y CONFIANZA

El lateral izquierdo era Alberto Tarantini, el Conejo, que años después confesó en televisión haberle ganado una apuesta a Passarella por haberse agarrado los testículos antes de darle la mano al dictador Jorge Rafael Videla cuando fue a saludar al vestuario después de la goleada 6 a 0 a Perú. Para él, “lo más importante y el mejor recuerdo que tengo del Mundial fue la alegría de la gente, nada más”.

De ocho jugó el cerebro del equipo, Osvaldo Ardiles. Según su experiencia, “Menotti fue el mejor entrenador que tuve, el que me consolidó como futbolista. Y el Mundial 78 fue, lejos, lo mejor que me pasó, el momento más feliz: haberlo ganado y que fuera en nuestro país… Cuando pasa el tiempo te das cuenta de lo increíblemente especial que es. Fue lo máximo y es algo que estará conmigo toda mi vida. A mí, cuando me presentan, lo único que dicen es ‘campeón del mundo’ y me encanta”.

En el centro del mediocampo, casi como un quinto defensor, estaba Américo Gallego. “Todos se iban al ataque y quedábamos Galván, el Tolo y yo”, recordaba Passarella. “Dejamos todo en ese mundial –recuerda Gallego–. Estuvimos seis meses concentrados y cada uno de los que nos tocó entrar dejó la vida, conducidos por un genio como César Menotti”.

Durante la ronda inicial, Daniel Valencia, otro exponente de la Selección del Interior, fue titular en el mediocampo de Argentina. Recuerda que apenas terminó el partido final no se quedó a festejar porque quería ver a su mamá, que estaba en Jujuy. “No estoy en ninguna foto del festejo porque agarré el auto y me fui para Jujuy. Y para llegar más rápido tomé por un camino de tierra que evitaba la ciudad y me llevaba directo a la casa. Cuando llegué no había nadie, ni mi mamá estaba, porque cuando se enteraron de que estaba viajando me habían organizado un recibimiento en la entrada de la ciudad”.

Por la punta derecha, en los dos primeros partidos, contra Hungría y Francia, y en la segunda ronda contra Polonia, fue titular René Houseman. Además, entró contra Perú, donde hizo un gol, y en la final. Siempre dijo que “Menotti fue como un padre para mí”. Según René, “el Flaco fue clave para armar el grupo del 78, porque en el 74 teníamos mejor equipo, pero estaba muy desunido: los de San Lorenzo por un lado, los de Huracán por otro. Pude disfrutar de ser campeón del mundo porque no sabía lo que estaba pasando en el país; si lo hubiera sabido no lo jugaba. Después me enteré de que familiares de mi esposa y amigos estaban desaparecidos. Me dio mucha bronca, mucha impotencia no haberlo sabido en el momento”.

EL EQUIPO CAMPEÓN

Daniel Bertoni participó en todos los partidos, salvo ante Francia, y fue titular en los cinco últimos. Hizo dos goles, uno en la final para sellar el marcador. “Íbamos ganando ya dos a uno. Larrosa sacó rápido para Tarantini, me la da a mí sobre la izquierda, se la doy a Kempes y empiezo a encarar hacia el medio para juntarme con él. Empezamos a hacer paredes cada vez más cortitas en el aire, hasta que me queda a mí y defino. Siempre le digo a Mario que le cagué el último gol”.

El centrodelantero era Leopoldo Luque. Se perdió dos partidos, ante Italia y Polonia, por una lesión en el brazo y la muerte de su hermano, pero su aporte fue muy importante, con cuatro goles. “Lo mejor que me dejó el Mundial 78 fue el grupo de amigos y la relación con el Flaco Menotti. Hice goles importantes: el primero a Hungría, el de la victoria contra Francia y el cuarto a Perú para clasificar a la final”.

En cuatro partidos, incluida la final, fue titular Oscar Ortiz, un puntero izquierdo desequilibrante. “Fueron difíciles todos los partidos. Nos tocó una zona complicada con tres europeos: Hungría, Francia e Italia. Polonia y Brasil en la segunda ronda. Y la final contra el mejor equipo de aquella época, que era Holanda sin Cruyff, pero igual eran buenísimos. Eso le da mucho más valor a lo que conseguimos”.

La estrella del equipo era Mario Kempes, el Matador, el único que jugaba en Europa, en el Valencia de España, goleador del Mundial y mejor jugador. “Soy un agradecido de que me hayan dado la oportunidad de vestir la camiseta argentina. Que me hayan elegido mejor jugador no quiere decir que lo haya sido; creo que mis compañeros fueron tan importantes como yo”.

Escrito por
Alejandro López
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