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“Mi padre identificaba a la UCR con la socialdemocracia”

El hijo del ex presidente vivió aquellos años convulsionados desde la intimidad familiar. Ricardo reivindica el legado de Raúl Alfonsín y sólo lamenta que no haya podido disfrutar en vida el reconocimiento que hoy despierta su figura.

Por Astrid Riehn. Ricardo Alfonsín dice “nosotros” cuando se refiere a la presidencia de su padre, Raúl Alfonsín, aunque en ese entonces él no ocupaba ningún cargo. Sin embargo, la política fue una constante en su vida, desde los viajes por ruta que compartió con su padre conduciendo el coche durante sus campañas (“Manejaba muy mal”, recuerda) hasta las charlas de las que fue testigo en los 70, cuando el futuro presidente se reunía con intelectuales radicales, como Dante Caputo y Jorge Sábato, para hacer la revista Propuesta y Control.

Con semejante apellido y un notable parecido con su padre, su destino parecía sellado, aunque, como dice, arrancó en la política “de grande”. Fue elegido diputado provincial en 1999, a los 48 años. En 2009, año en el que murió el presidente que sentó las bases del período democrático más extenso de la historia argentina, obtuvo una banca como diputado nacional por la UCR, que volvió a ocupar entre 2013 y 2017. En el medio fue candidato a presidente en las elecciones de 2011. Hoy es una de las voces más críticas dentro del radicalismo de la alianza entre la UCR y el PRO, e impulsa un espacio progresista de cara a las elecciones de octubre.

–¿Cuál fue el principal legado de su padre?

–En primer lugar, la afirmación de valores democráticos y republicanos. En segundo, la comprensión acerca de la importancia del diálogo para la resolución de conflictos. Y respecto del radicalismo, mi padre identificaba a la UCR con la socialdemocracia. Eso quedó claro en aquellos años. Ahora se olvidan un poco.

–Su padre dijo que dictó las leyes de Punto Final y Obediencia Debida con dolor. ¿Fueron de las decisiones más difíciles que tomó?

–Esas son las llamadas leyes de impunidad, ¿no? La principal ley de impunidad, la más gravosa para la democracia y la defensa de los derechos humanos, era la ley de autoamnistía (N. de la R.: ley dictada por la Junta Militar que aseguraba impunidad a quienes habían cometido violaciones de derechos humanos). Había dos partidos que competían en las elecciones. El radicalismo decía que había que derogarla. El otro (N. de la R.: el PJ) decía que no. Y no por claudicación, sino porque creían que no estaba dada la relación de fuerzas como para someter en la Justicia de la democracia a los que nos habían gobernado hacía 24 horas. Triunfó el candidato que creía que estaban dadas esas condiciones, aunque Alfonsín jamás imaginó, y nunca dijo en campaña, que se iba a poder juzgar a todos. Eso no se podía hacer, es una cosa que dicen para quedar bien nomás. Tampoco tras la Segunda Guerra Mundial se juzgó a todos. Y fue posible no por un presidente o un gobierno, sino porque hubo una sociedad dispuesta a correr los riesgos y que no quería, como decía Alfonsín, inaugurar la democracia dando vuelta la página de la historia como si nada hubiera ocurrido.

–¿Percibió mejor el pulso de la sociedad?

–Sí, midió mejor la relación de fuerzas. Los militares tenían un poder muy importante y podían volver las violaciones de los derechos humanos si nos pasábamos de la raya. Alfonsín comprendió que el acompañamiento ciudadano le daba el poder suficiente para hacer lo que se hizo. Después se podía seguir avanzando. Pero hasta ese momento, la mayoría creía que no se podía hacer nada. He hablado con dirigentes de América, de Europa, con intelectuales de aquella época, que decían: “¡Paren, paren, no van a poder, van a volver!”. [El presidente italiano Sandro] Pertini le decía: “¡Finishela!”. Fidel Castro le dijo: “¡Párala!”. Le advertía que se podían generar problemas en otras democracias de la región, porque los militares querían asegurarse de que no les pasara lo mismo que en la Argentina.

–¿Qué críticas le dolían más?

–El que no hizo política toda la vida. Pero cuando sabés que no es con vos, sino que difieren con la medida, no te afecta. No he visto muchas personas iguales a él en ese sentido. Se podrá pensar que idealizo a mi padre. Es probable. Pero recuerdo la calma y la serenidad con que afrontaba momentos que no sé si otro enfrentaría de la misma manera. Y no era rencoroso. Sí sé qué cosas le preocuparon mucho: la inflación, por ejemplo, lo mortificaba muchísimo.

–¿Cree que la hiperinflación le restó parte del reconocimiento que hubiera merecido?

–Sin ninguna duda, los problemas económicos y sociales y la inflación no jugaron a favor del reconocimiento. Pobre, él no vio el reconocimiento. Se murió antes.

–Poco antes de que muriera, Cristina Kirchner lo homenajeó en la Casa Rosada.

–Exactamente. Pero me refiero a la reacción popular. En política hubo muchos reconocimientos. Incluso Daniel Scioli hizo un acto con Antonio Cafiero. Familiar y políticamente, tengo un gran agradecimiento para Cafiero, porque no sólo ayudó cuando se produjeron los amotinamientos, sino incluso frente a problemas económicos, que eran también un factor de desestabilización democrática.

–Fue también uno de los oradores en el sepelio de su padre.

–Cafiero era mayor que papá, pero no tanto. Eran los dos de la provincia de Buenos Aires e hicieron política desde muy jóvenes. No se cruzaron hasta 1983. ¿Se da cuenta lo que eran los desencuentros en política? La grieta no es nueva. Pero ambos eran muy respetuosos. Si un intendente le pedía una cosa a mi padre, mi papá le decía: “Bueno, voy a hablar con el gobernador”. Y lo llamaba. Esas cosas que tienen que ver con calidades personales y se degradaron después, ¿no?

–Una vez, preguntado acerca de la responsabilidad por la hiperinflación, su padre respondió algo así como “en primera instancia, mía porque era el presidente”. ¿Se extrañan estas actitudes?

–Absolutamente. En la política se suelen atribuir todos los problemas al que piensa distinto. Que revisen el diagnóstico, porque si no nos va a costar resolver los problemas que tenemos en la Argentina. Alfonsín decía siempre que habían existido entre radicales y peronistas antagonismos irreductibles que habían sido los responsables en gran medida de las interrupciones constitucionales. Yo digo que la grieta y el subdesarrollo son las dos caras de la misma moneda. No hemos sido capaces de entender la importancia de ciertos acuerdos fundamentales. Logramos salir de la dictadura, del subdesarrollo no.

–Su padre estuvo preso, presentaba hábeas corpus durante la dictadura, visitó a los carapintadas en Campo de Mayo. ¿Era común temer por su vida?

–Mi padre solía decir que el principal miedo del político es el miedo al ridículo. Pero sí, en determinadas épocas de la dictadura andaba cambiando de domicilio permanentemente y había amenazas, claro. Incluso le recomendaron ir armado. Y él decía: “¿Qué voy a ir armado yo si no voy a tirar?”.

–¿Comentaba estas cosas en su hogar?

–A nosotros, a mamá no para no preocuparla.

–A su madre no le gustaba mucho la política, ¿no?

–No. Sufrió mucho la política. Las mujeres la sufren mucho, salvo que hagan política ellas. La gente no se da cuenta de eso, cree que hacer política es ser diputado. Eso es ocupar un cargo. El político no tiene bautismos, casamientos, descanso ni fin de semana. La invisible es una actividad mucho más exigente que estar sentado en el Congreso. No tiene horario.

–¿Fue un padre estricto?

–Con la escuela, con eso sí. Más estricta era mi madre. Cuando hacíamos una macana se quedaba quince días retándote. Papá le decía: “¡Basta, mujer, ya le dijiste una vez, ya está!”. Era un hombre de muy buen humor, muy callado. Hablaba muy poco de política en casa.

–Se suele decir que la campaña de su padre en el 83 fue la primera en la Argentina en hacer uso del marketing político moderno.

–Puede ser, pero no era con una especie de gurú como los de ahora. Trabajaba con un experto en publicidad, David Ratto, muy amigo de papá.

–Pero desde entonces hasta ahora, ¿no cree que sobra publicidad y faltan ideas?

–Absolutamente. Ahora es más importante un marketinero de estos, los que estudian lo que hay que decir no para generar conciencia ni para ser vanguardia sino para quedar bien. Nada que ver. Cuando le pedían que se sacara fotos con poses poco naturales se negaba. Y menos aún había tipos expertos en comunicación. Las gacetillas se hacían ahí, en su oficina. Dante Caputo escribió muchas.

–¿Le molestan los políticos que hablan en nombre de su padre?

–Me molestan los que lo descafeínan.

–¿Quiénes?

–Ciertos sectores más liberales, más conservadores. ¡En el propio radicalismo lo descafeínan! Alfonsín no era solamente un republicano. Tenía una concepción socialdemócrata, de centroizquierda. [Arturo] Illia no era solamente un defensor de la república y la transparencia. Eran mucho más que eso. Eran tipos que se proponían democratizar la sociedad no solamente en términos electorales sino económicos y sociales. Sin igualdad es muy difícil ejercer la libertad. Eso te enfrenta. Mucho.

–¿Por qué cree que la UCR ocupó el lugar de “convidado de piedra” en Cambiemos?

–Podría ser malicioso, pero no lo voy a ser. En la mayoría de los casos porque creyó que podía aportar desde la diferencia a las decisiones del PRO. Pero gobierna el PRO, no la UCR. A mí nunca me pudieron convencer de que acompañar decisiones que no son las mejores para el país es lo mejor para el país. Critiqué varias decisiones, no todas, que tomó el gobierno del PRO. Pero no en función de ocurrencias personales, sino de lo que pensaba el partido hasta 2015. El partido se colocó en esa situación de convidado de piedra solo, sin que nadie lo obligara. Es un error gravísimo.

–¿Cómo ve el futuro de la UCR?

–Si me hubieran preguntado a fines de los 90 qué iba a pasar con los dirigentes que acompañaron al menemismo hubiera dicho que iba a ser muy difícil que se recuperen. Y sin embargo los dirigentes importantes a partir de 2003 fueron los mismos que habían acompañado las políticas de los 90. Entonces también se le debe permitir a la UCR que haga una autocrítica. Yo voy a intentar que el radicalismo se recupere, pero haciendo radicalismo, no las cosas que hace otro partido.

Fotos: Rocío M. González

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