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LA ILUSIÓN DEL VOLUNTARISMO POLÍTICO

Por Carlos Altamirano

La intervención de los intelectuales en el debate político ha sido un hecho recurrente en la Argentina. Pero los partidos que contaron con amplio favor popular, como el radicalismo, en los primeros cuarenta años del siglo XX, y el peronismo desde 1945, no fueron durante mucho tiempo espacios acogedores para los hombres y mujeres de ideas. La poca simpatía era recíproca, y por décadas los intelectuales que querían participar en la vida pública apoyaron por lo general a organizaciones minoritarias: el socialismo o el comunismo, en la franja izquierda del campo político; el nacionalismo, en la franja derecha.

La democracia política inaugurada en 1983 y el gobierno de Raúl Alfonsín, que pertenecía al ala progresista del partido radical, mostraron que algo había cambiado, del lado de los políticos y del lado de la intelligentsia, una parte de la cual estaba de regreso del jacobinismo de las décadas anteriores. Experiencias que tenían lugar en Europa (gobiernos social-demócratas en Alemania occidental, Francia, España y Portugal) y le daban credibilidad a la idea de ligar democracia y cambio social favorecieron el encuentro entre el líder radical y los intelectuales reformistas. Alfonsín incorporó a varios de ellos en puestos de gestión o como asesores de su gobierno. En su mayoría no pertenecían al radicalismo. Procedían, en general, del periodismo y de la franja izquierda de las personas que cultivaban algunas de las ciencias del mundo social. Muy temprano, el futuro presidente había incorporado en su equipo de asesores a Dante Caputo y a Jorge Sabato, dos investigadores que lo ayudarán a redactar su libro La cuestión argentina, de 1981. Ya en ejercicio de la presidencia, Alfonsín reclutó a académicos, como Juan Sourrouille, Adolfo Canitrot, Juan Carlos Torre, que se desempeñarán como funcionarios de su gobierno, y, entre otros, a los sociólogos Emilio de Ípola y Juan Carlos Portantiero, que serían parte de un grupo de asesores. Aunque por breve tiempo, como iba a comprobarse, el alfonsinismo generó algo así como un ambiente ideológico que excedió ampliamente lo que pueden decirnos los nombres de quienes fueron incorporados a alguna tarea de responsabilidad pública. Las relaciones entre democracia política y democracia social y las raíces del autoritarismo en la cultura política argentina se volvieron cuestiones corrientes en los ambientes ilustrados progresistas. Como expresiones de ese ambiente habría que recordar tres revistas: La Ciudad Futura, Punto de Vista y Plural. La izquierda intelectual del peronismo, que provenía de la experiencia de los años 70, no se mantuvo inactiva: se agrupó ligándose a los sectores renovadores del partido peronista, sobre todo a Antonio Cafiero, para rivalizar con el radicalismo en la lucha por una democracia avanzada. La revista Unidos fue la publicación empeñada en reunir la tradición de la izquierda peronista con las formas de la democracia liberal.El voluntarismo político fue un rasgo esencial del alfonsinismo, y a ese rasgo le debe sus grandes momentos: el triunfo electoral de 1983, el plebiscito por el Beagle en 1984, el Juicio a las Juntas Militares en 1985. Después perdería impulso, cada vez más enredado en los problemas que no podía resolver: la enorme deuda externa, la inflación, la insubordinación militar. El voluntarismo político encerraba una ilusión y de ella participaban los intelectuales que acompañaron esa experiencia de gobierno. Esa ilusión también fue la mía.

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Redacción
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