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EL LARGO CAMINO DE LA COORDINADORA

La línea interna de la UCR fundada en 1968 expresó una clara postura antidictatorial, confrontó con los sectores más conservadores del partido y tuvo una notoria incidencia durante el gobierno de Alfonsín.

Por Claudio Mardones. Dentro de la extensa línea de tiempo del partido centenario que fundó Leandro Alem, la última vez que los jóvenes tuvieron un papel importante en la toma de decisiones de la UCR se remonta al fin de la última dictadura militar y a la breve primavera que respiró la recuperación democrática, durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Entre 1980 y 1985, los principales dirigentes de la Junta Coordinadora Nacional, fundada en 1968, fueron uno de los motores de la lucha antidictatorial dentro del radicalismo y la expresión más viva de sus líneas juveniles. Para un partido que entre 1974 y 1976 había acuñado el germen inicial de la teoría de los dos demonios y que aportó el término “terrorismo fabril” (en boca de Ricardo Balbín) para señalar a las organizaciones revolucionarias del peronismo y la izquierda marxista, la posterior rebeldía incipiente de los cuadros jóvenes del radicalismo a partir del 80 significó una crítica activa (y en las calles) contra aquellos correligionarios que callaron y contra los que fueron a golpear la puerta de los cuarteles antes del 76.

Esa generación, nacida de las entrañas universitarias de la Franja Morada y de la Juventud Radical, acompañó la precandidatura de Alfonsín al frente del Movimiento de Renovación y Cambio, que se impuso en las internas partidarias frente a Fernando de la Rúa, por entonces principal líder de la Línea Nacional. Ambos frentes juveniles de la UCR fueron clave para la llegada de Alfonsín a la Casa Rosada y sus dirigentes se transformaron en importantes funcionarios de la gestión del Ejecutivo, ocuparon bancadas muy influyentes en el Congreso y condujeron el partido durante los primeros años de la recuperación democrática, junto a los viejos dirigentes que decidieron sumarse. Algunos de ellos fueron Enrique “Coti” Nosiglia, Marcelo Stubrin, Federico Storani, Jesús Rodríguez, Facundo Suárez Lastra, Ramón Mestre padre y Mario Losada, entre otros.

Aunque el “alfonsinismo” fue su clímax en la historia del partido, la Coordinadora nació en 1968, como parte de la onda expansiva que estalló con el derrocamiento del presidente radical Arturo Illia, en medio de la proscripción del peronismo, y el inicio de la dictadura de Juan Carlos Onganía.

El golpe de Estado del 66 fue la llama que desató un proceso de resistencia ante la intervención de las universidades nacionales: la tristemente célebre Noche de los Bastones Largos. También

por el asesinato del joven Santiago Pampillón en Córdoba durante el primer año de aquella dictadura. Tres años después, 1969 fue la inflexión para esa ciudad y para Rosario, dos epicentros de rebeliones populares: el Cordobazo y el Rosariazo. Ambas experiencias fueron protagonizadas por los sectores más conscientes y mejor pagos del movimiento obrero y el movimiento universitario, donde también participaron los sectores juveniles del radicalismo, que estaban atravesados por dos debates cruciales para la UCR de aquellos años: la tácita complicidad de la conducción partidaria ante la proscripción del peronismo, posterior al golpe de 1955, y las discrepancias internas de un sector que buscaba revertir el antiperonismo reinante en el Comité Nacional, mientras participaba de las protestas antidictatoriales contra Onganía. Esas posiciones fueron catalizadas “orgánicamente” durante los tres primeros días de noviembre de 1968, en la localidad santafesina de Laguna Setúbal, donde nació la JCN, bajo la conducción del Changui Cáceres. En 2017, cuarenta y nueve años después de aquel encuentro, el mismo dirigente volvió a intentar reunir a parte de ese elenco, pero con un radicalismo muy distante de aquella experiencia refundacional de la Coordinadora durante la presidencia de Alfonsín.

METAMORFOSIS OBSECUENTE

La foto del presente de la UCR está más atravesada por las consecuencias de la tragedia política de la Alianza, entre 1999 y 2001. La experiencia concluyó con la huida de Fernando de la Rúa de la Presidencia. Desde entonces comenzó una metamorfosis directamente proporcional al giro del electorado, especialmente de las clases medias urbanas, que viraron de la centroizquerda a la derecha. Así fueron los tres lustros posteriores hasta la Convención de Gualeguaychú de 2015, donde el mendocino conservador Ernesto Sanz logró sellar la creación de Cambiemos, otra alianza, pero esta vez conducida por el PRO y compartida por la Coalición Cívica de Elisa Carrió: antigua dirigente radical que engrosa la diáspora de correligionarios que dejó el partido, luego del estallido que enterró a la presidencia de De la Rúa.

Desde entonces, las citas orgánicas de la Coordinadora se redujeron a dos encuentros. En 2008, antes del 40º aniversario, y el de 2017, donde los viejos dirigentes criticaron la situación del partido tras el ingreso a Cambiemos, pero con los trazos de las contradicciones que atraviesan a la UCR, como el caso de Nosiglia. El ex ministro del Interior de Alfonsín siempre apostó al bajo perfil desde que dejó ese cargo ejecutivo. Actualmente es empresario, mantiene una relación personal con Macri y fue uno de los garantes de la decisión de Gualeguaychú, aunque ahora dice ser crítico de Cambiemos, pero sin sacar los pies del plato. Desde el último pronunciamiento público de los viejos “coordinadores” de 2017, la mayoría mantiene el mismo bajo perfil que el Coti, también dentro del partido, aunque encolumnados detrás de un planteo que busca dotar de mayor independencia al partido, ante el rol secundario que le otorga el PRO dentro de Cambiemos y también al interior del Gobierno.

Esos “herederos de Alfonsín”, como hace tres décadas los bautizaron en su libro los periodistas José Antonio Díaz y Alfredo Leuco (transformado actualmente en un activo militante de Cambiemos), hoy siguen dentro de la alianza oficialista, detrás de un plan para promover la candidatura del ex ministro de CFK, ex candidato porteño de Unen y ex embajador ante los EE.UU., Martín Lousteau, considerado “el último nosiglista”. Pasado y presente de un movimiento clave para el radicalismo, que nació como una expresión sociáldemócrata y progresista. Actualmente disputa un lugar secundario dentro del mismo partido, pero como socio crítico de una alianza conservadora que contradice, en gran parte, aquellos postulados fundacionales de Laguna Setúbal y que Alfonsín jamás habría avalado.

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