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Caras y Caretas

           

Aquellos veinticinco millones

Ilustración: Juan José Olivieri

Mientras el país sufría la dictadura y su política represiva, en el fútbol lograba su primer título mundial y la gente celebraba en las calles.

La legitimidad futbolística de aquel primer título logrado por la Selección no tiene, ni debe tener, oposición. ¿Pero qué tal si la AFA un buen día decide llevar a los jugadores sobrevivientes del Mundial 1978 a Zurich para devolver la Copa manchada por los genocidas y pedir que, en una nueva ceremonia, la Copa del Mundo la entregue quien sea el presidente de la FIFA? ¿No es mejor hoy tener una foto de celebración con el falluto de Gianni Infantino y los veteranos cracks de entonces que sufrir las imágenes espantosas de los verdugos de 1978 sonriendo y celebrando con el plantel?

Pobre Daniel Passarella. El capitán de aquel seleccionado que dirigió César Luis Menotti, maldice cada vez que observa el retrato del momento en que el general asesino Jorge Videla le entrega el trofeo, rodeado por los otros dos dictadores, Emilio Massera de la Armada, Orlando Agosti de la Fuerza Aérea. Como nunca se vio en otros mundiales, en 1978 fue el mando político de facto el que puso en las manos del campeón aquella horrible copa. A metros de ellos, el presidente de la FIFA de entonces, el brasileño Joao Havelange, quien debió entregar la Copa, nada decía.

Todo lo bueno que desplegó en la cancha aquel equipo que aún se repite de memoria (Fillol, Olguín, Galván, Passarella y Tarantini; Ardiles, Gallego y Kempes; Bertoni, Luque y Ortiz) jamás impidió el obstinado “sí, campeones, pero…” que aquí, o afuera, colocaron y colocan los analistas de aquel campeonato. Manchado primero por los victimarios y por el contexto político y de sangre durante el cual se jugaron 37 partidos, el Mundial 78 sumó dos imborrables llagas que arden en cada evocación: el triunfo ante Perú por 6 a 0 que le daría la clasificación a la Argentina para la final y el derroche de gastos sin rendir (para construir estadios y obras) que sumó deudas a un país quebrado por la política económica del Javier Milei de entonces, llamado José Martínez de Hoz.

Por eso es comprensible que aquel equipo, dueño de un juego colectivo moderno para la época, no sea medido con la misma vara con que se mide a los campeones del año 86 y de 2022. El desafío mayor de Menotti había sido inculcarles al talento de potrero de nuestro fútbol casero los recursos simples y convencionales de la potencia y la velocidad europea. Con 39 años en junio de 1978 (uno de los entrenadores más jóvenes en ganar un campeonato mundial), Menotti había solicitado un lustro antes que lo dejaran trabajar tranquilo y a largo plazo y que la Selección Nacional fuese prioridad para todos los clubes. Vale esta aclaración: para 1974, cuando empezó su ciclo como DT, muchos jugadores no dejaban la vida –o algo por el estilo– por ser convocados a vestir la celeste y blanca.

Dueño de una personalidad incomparable y seductor con sus discursos y sus poses, Menotti se dio el lujo de excluir del plantel (en el verano del 78) a Diego Maradona por considerarlo aún muy tierno para un mundial (tenía 17 años). Pese a todo, logró el objetivo: su seleccionado jugaba bien y pesaba sobre todo rival. Por todo esto y mucho más (localía, falta de estrellas en varios de los rivales, por ejemplo Holanda que en aquel momento vino sin Johann Cruyff), la Argentina era candidato enorme en las semanas previas.

Cientos de periodistas llegaron a Ezeiza y se desparramaron por nuestro país. Las sedes fueron Mar del Plata, Mendoza, Córdoba y Rosario. En Buenos Aires, los estadios de Vélez y River. Solo unos pocos cronistas extranjeros dignificaron la profesión y, además de mirar fútbol, miraron y contaron el dolor del otro país. Para la memoria de la humanidad quedó la notable entrevista el 1 de junio, el mismo jueves en que empezaba el Mundial, de dos periodistas de la TV holandesa entrevistando a las Madres de Plaza de Mayo. La prensa local lustraba botas militares.

Por eso los triunfos ante Hungría y Francia –ambos por 2 a 1– eran muy esperados y en cambio resultó difícil de tragar la derrota ante Italia por 1 a 0 en la etapa inicial. El sistema de clasificación a la siguiente ronda resulta llamativo para nuestro siglo: se formaban dos grupos de cuatro equipos y los ganadores de cada grupo jugaban la final. La Argentina clasificó y formó grupo junto al sorprendente Perú (la revelación), Brasil y Polonia. Venció a Polonia, empató con Brasil y entonces llegó el partido al que he denominado “el partido más largo de toda la historia del fútbol mundial” porque aún se sigue discutiendo y casi casi, jugándose. La Selección debía vencer por cuatro goles de diferencia al menos. Y fue 6 a 0. Por supuesto se dijo de todo: que los peruanos fueron a menos, que hubo sobornos a un jugador de Perú, que la dictadura argentina negoció con la dictadura peruana la compra del partido a cambio de un cargamento especial de trigo. Nada de ello fue cierto y por supuesto ningún acusador probó nada. Eso sí, la sospecha sigue aún fielmente atada a la noche rosarina de los seis goles.

EL SÉPTIMO PARTIDO

El domingo 25 de junio fue la final. Holanda (aún podíamos llamarla así, y no Países Bajos) llegaba con las ganas de sacarse el fastidio de la final perdida en 1974 ante otro local, Alemania. Y tenía con qué. Aunque le faltase Cruyff (un mito posterior señalaba que el enorme jugadorazo espigado y colosal no quiso venir a la Argentina en repudio a la dictadura, una fake news de entonces), la Naranja Mecánica seguía siendo tan naranja y tan mecánica como en el anterior mundial.

El frío desgarraba. Mucho menos que los desgarros sobre los cuerpos de los secuestrados que a dos kilómetros del estadio Monumental, en la Escuela de Mecánica de la Armada, sufrían las torturas, abusos y violaciones de los cobardes marinos de los grupos de tareas.

La canción del Mundial, compuesta por el italiano Ennio Morricone, de quien nunca supimos si la ideó consciente de los crímenes que aquí se cometían, compartía fama con el tema del argentino Martín Darré que hablaba de “veinticinco millones de argentinos” que jugaríamos el Mundial. Ningún habitante de aquel país pisoteado por los borceguíes y el verde militar, desconocía ambas y se tarareaban de día y de noche.

La final fue eléctrica y quedará para siempre, ocupando un lugar en la otra trama, la pelota que el holandés Rensenbrink estrelló en el poste en el último minuto cuando todo iba 1 a 1. Llegaría el tiempo suplementario y los goles de Bertoni y de Kempes sellarían el momento feliz del país infeliz. Argentina 3 – Holanda 1.

El pueblo salió a las calles y celebró (celebramos) como nunca. Habíamos caído en la trampa perfecta de la dictadura. Una sociedad completa (Hebe de Bonafini, Madre de Plaza de Mayo, llegaría a decir “Mientras yo lloraba en la cocina, mi marido festejaba en el living”) transformó su cabeza en una pelota y nada importaba más que tocar la corneta de plástico y lanzar papelitos.

La película de aquel Mundial, dirigida por Sergio Renán, saldría tiempo después y se llamaría La fiesta de todos. Alguien, sin mucho ingenio, pero con bastante arrepentimiento, sacaría un libro sobre el tema y en cambio lo llamaría La vergüenza de todos.

Escrito por
Pablo Llonto
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