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Caras y Caretas

           

El cómico que lloraba a su hermano desaparecido 

Días después de la desaparición de su hermano Polo Cortés, el cómico Osvaldo Pacheco estrenaba programa en medio de una profunda crisis que el diario Crónica dejó entrever, a pesar de la censura.

Entre varias informaciones breves del mundo del espectáculo, sobresalía una, enigmática: “Pasando por un estado de crisis emocional, de índole privada, se encuentra Osvaldo Pacheco, el concertero. Precisamente esto le ocurre en vísperas de largarse con un nuevo programa del mediodía donde tiene que reflejar alegría. Una vez más se da el caso del cómico triste que debe provocar risas por encima de su propio drama. ¡Crash!”. Su título, “Motivado”, no tenía mucha relación con lo que expresaba ese suelto publicado en las ediciones de Crónica 4ª y 5ª del 31 de agosto de 1976. El programa que el popular actor estrenaba al día siguiente era Osvaldo Pacheco Café-Concert, en el que entrevistaría a artistas de lunes a viernes, a las 13.30, por la pantalla de Canal 9. En ese horario se enfrentaba a una competencia encumbrada, Almorzando con Mirtha Legrand, que hacía pocas semanas había retornado a la pantalla del 13 con la bendición de la flamante intervención militar en la emisora.

El lector de Crónica no contaba con más información sobre la “crisis emocional” que atravesaba el cómico, que contrastaba con su buen momento profesional. Además del debut televisivo, en julio había estrenado una película como protagonista –El profesor erótico– y se subía al escenario varias noches a la semana con Mil Pachecos y una noche, un café-concert montado en El Gallo Cojo, en el barrio porteño de San Telmo, en el que personificaba a estrellas de la canción popular: Tita Merello, Carmen Miranda y Miguel de Molina, entre otras.

El ejercicio de la lectura entrelíneas en tiempos de censura era una práctica habitual en la sociedad argentina, en dictaduras, pero también durante democracias frágiles. Quizás alguien pudo haber especulado sobre el origen de su “drama”: tres días antes de la publicación, en la madrugada del 28 de agosto, Polo Cortés, hermano menor de Pacheco, dirigente de la Asociación Argentina de Actores y militante peronista, había sido secuestrado en su domicilio, ubicado en Piedras 1365, 2° B, en San Telmo. Su esposa y su pequeña hija no estaban en el departamento cuando “25 hombres armados que, previamente, habían colocado cinta adhesiva en las mirillas de todos los departamentos” se lo llevaron, según reveló Pacheco años más tarde, y que “obligaron al portero” a que llamara a su hermano “para que les abriera la puerta”. “Lo único que quedó de él –detallaba– fueron unas manchas de sangre sobre la cama. Tampoco estaba la filmadora que le regalé ni la máquina fotográfica ni un televisor. También se llevaron la funda de la almohada, supongo que para usarla como capucha.”

Jesús Carlos Alberto Fernández, Polo Cortés, había nacido el 9 de junio de 1941 y enlazaba su actividad como actor con el trabajo sindical y la militancia política. Pacheco consideraba que Polo “era mucho más que un hermano. Polo era como un hijo”.

Al día siguiente del debut televisivo de Osvaldo Pacheco Café-Concert, que tuvo como invitados a Niní Marshall, Guillermo Bredeston y Eva Dongé, Crónica instaba al actor devenido conductor “¡a esforzarse!”, porque “no contó con alegría, tal vez (o casi seguramente) motivado por cuestiones que lo preocupan”. Ningún otro detalle contextualizaba la crítica.

Y sí. Esas “cuestiones que lo preocupan” no estaban al alcance del público. Ya terminada la dictadura, Pacheco recordaba: “Cuando actuaba en Pacheco Café-Concert, terminaba llorando pues me imaginaba que sus torturadores le pondrían la televisión (a Polo) y le dirían: ‘Mirá a tu hermano cómo se ríe por televisión y se hace el payaso mientras vos estás sufriendo’. Yo lloraba por mi hermano, por la angustia de estar trabajando y porque, si me veía, sintiera que yo también estaba angustiado”.

Días después de la desaparición, el 15 de septiembre, Crónica se atrevió a publicar “Osvaldo Pacheco pide por hermano”. La información consignaba que el cómico había presentado un hábeas corpus en el juzgado de Alfredo Oliván y que la esposa de Polo, Marta Luisa García –la actriz Marta Bosh– había hecho un pedido similar ante el juez federal Eduardo Francisco Marquardt. Por primera vez, se publicaba que el actor desaparecido había sido detenido en su domicilio el 28 de agosto a la “1.30 de la madrugada por personal civil armado”.

Una semana más tarde, los lectores encontraban la noticia de que la Asociación Argentina de Actores había hecho gestiones ante autoridades nacionales, la CGT y la Conferencia Episcopal por sus afiliados Polo Cortés, Hebe Lorenzo, Horacio Peralta y Daniel Barbieri. Un mes después, daba a conocer otro reclamo ante el ministro del Interior, Albano Harguindeguy, y otros funcionarios del régimen cívico-militar por las desapariciones de Cortés, Silvia Shelby y Gregorio Nachman.

Y el 28 de enero de 1977, en otro telegrama a funcionarios, los actores reclamaban “preocupados ante la falta de noticias” por sus colegas Cortés, Shelby, Nachman y Rubén Bravo.

“Por eso hago un ‘Yo acuso’ contra todos los argentinos, pero es una acusación contra nosotros mismos. Leíamos de secuestros por todos lados y nadie hacía nada”, reflexionaba Pacheco cuando el terrorismo de Estado ya no estaba más.

“De ese ni me hablen”

“A medida que iba haciendo mi peregrinaje por tribunales, oficinas de funcionarios, cárceles, morgues y todo lugar imaginable crecía en mí un odio muy grande.” El sentimiento de Pacheco estaba dirigido a las Fuerzas Armadas que se habían apoderado del país el 24 de marzo de 1976 y que también lo habían perseguido. “Usted está prohibido por marica”, le dijo una vez el coronel Ricardo Manuel Subiela, responsable del área de Televisión de la Secretaría de Información Pública de la última dictadura. En diciembre de 1976 fue levantado su ciclo televisivo y no volvió a la pantalla hasta varios años después.

Con el dolor a cuestas por la desaparición de su hermano, intentó nuevos proyectos. A fines de noviembre de aquel año, debutó con El Maipo de gala –”una revista para pasar el rato”, según Crónica–, acompañado por Thelma Stefani, Enrique Pinti, Tristán, Alberto Irízar, Tito Mendoza, Guadalupe y Naanim Timoyko. Tiempo antes, había dejado su unipersonal en El Gallo Cojo. Planeó hacer la temporada de verano con su admirada Niní Marshall con un café-concert en el Hotel Provincial de Mar del Plata, pero la iniciativa no se concretó.

A pesar de todo, trataba de que el espectáculo continuara de cualquier manera. “Don Pachequito, junto con Rodolfo Zapata, el picaresco, estuvieron haciendo un show en hotel-alojamiento de San Justo, propiedad de un tío de Stella Maris Lanzani, la que debe olvidar. Lo divertido fue que los invitados manducaban en los cuartos del que será placentero lugar. ¡Qué afrodisíacos!”, informaba Crónica.

Su público nunca conoció en esos años la desesperación que padecía por la desaparición de Polo. “Yo llegué a hablar con un marino –creo que era el segundo o tercero de Massera– que lo único que me dijo fue: ‘¿No lo habrán raptado los otros gremialistas de actores?’. Yo le pregunté: ‘Si ellos lo raptaron y están en la calle, ¿para qué están ustedes aquí?’. El hombre se ponía serio y me preguntaba: ‘¿Usted cree, Pacheco, que somos nosotros?’. Salí de allí destrozado porque me dije: no hay nada que hacer.”

Alguna vez, alguien le comentó que Massera, al ser consultado en privado por la situación de Polo, se exasperaba: “De ese ni me hablen”.

“No sé cómo hacía para maquillarme todas las noches –confesaba Pacheco–, hay cosas inexplicables. De pronto, al pasar esa pata que separa al camarín del escenario, en donde hay un mundo diferente, me transformo y salgo… Luego lloro en mi camarín o en mi pieza o sigo llorando muy solo. Hay tanta gente en mi situación que a veces me consuelo pensando en los miles y miles de familias de desaparecidos que seguirán llorando como yo.”

Un reclamo eterno de justicia

“Que liberen a Polo Cortés”, publicó Crónica el 9 de junio de 1983. En el cumpleaños del actor desaparecido, su esposa y su hija reclamaron “su libertad para que se reintegre a nuestro hogar” en un telegrama enviado al dictador Reynaldo Bignone. “Responsabilizamos a usted, señor Presidente, como titular del Poder Ejecutivo Nacional, por la vida y la integridad física y síquica de mi esposo y padre de mi hija”, decía el texto.

La proximidad de la recuperación democrática activó innumerables movilizaciones. El 26 de agosto actores y actrices marcharon hacia la Casa Rosada y entregaron un petitorio a las autoridades en el que cuestionaban la crisis económica, la censura, las listas negras y la situación de sus colegas detenidos-desaparecidos. El caso de Polo Cortés estuvo entre los mencionados.

Pocos días después de asumir el presidente Raúl Alfonsín, Pacheco se encontraba en Villa Carlos Paz haciendo temporada de verano con la obra La mejor revista de la cuadra, junto con Moria Casán y Mario Castiglione, y decidió dar una entrevista a la revista La Semana para hablar por primera vez sobre su hermano desaparecido: “Cuando leo las torturas que esa gente les hacía a los detenidos, pienso que mi hermano ha pasado por todo eso. Todo esto que se sabe ahora, lo vivo en mi carne. A la noche, cuando me acuesto, no puedo dormir porque veo a Polo en su celda, veo su cara de sufrimiento. Hace frío, mucho frío, veo la picana… veo las cárceles, veo a mi hermano torturado… digo ‘¿dónde estarás?'”. Devastado, confesaba: “Yo no siento que esté muerto, pero por ahí, es mejor que haya muerto para no sufrir tanto”.

Lejos de su imagen pública de cómico frívolo, reflexionaba: “Yo le pido al nuevo gobierno que sepa hacer las cosas bien para que nunca vuelva a suceder lo que nos sucedió. Tenemos que tener mucho cuidado porque hay mucha gente a sueldo que está esperando el momento, agazapada, para volver”. Por eso, reclamaba que hubiera una “profunda reestructuración” en las Fuerzas Armadas y que volviera “el Ejército de San Martín”. Y concluía: “No quiero venganza, quiero justicia, pero si la justicia es venganza, que así sea”.

Pacheco habló con La Semana el 8 de enero de 1984. En esa entrevista dijo: “Tuve y tengo miedo. Lo reconozco. Pero no un miedo a la muerte, ya que tengo muy poco apego a la vida. Temo por los otros. Temo a la locura irracional. Yo quemé libros en casa por miedo a que pensaran que éramos comunistas. Es un crimen que no me perdonaré nunca”. Pocas semanas después, el 28 de febrero, murió de manera imprevista, por un coma hepático fulminante, mientras trabajaba en Villa Carlos Paz. “Acaso comenzó a morir desde que desapareció su hermano”, tituló Crónica un recuadro que acompañaba la cobertura de su velatorio. Estaba a punto de cumplir 52 años.

Escrito por
Germán Ferrari
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