El libro Mosaicos. Formas de soledad en el siglo XXI, de la socióloga y programadora Victoria O’Donnell, es una mezcla entre ensayo y crónica. Se divide en nueve historias reales en las que se intenta retratar la soledad en esta época con el apoyo teórico de pensadores locales e internacionales.
–¿Cuál fue el detonante para escribir sobre la soledad?
–Hay un montón de fenómenos sociales y políticos que me cuesta entender, como socióloga y persona que trabaja en tecnología. Si uno incorpora la dimensión de la soledad, logra un mejor abordaje de algunos que se están dando: la radicalización, o cierta ausencia de empatía, cierta violencia que se ve en redes. Las nociones tradicionales se quedan un poco cortas y cuando uno indaga no solo en las condiciones estructurales sino también en cómo se siente una persona, quizás arroja más luz.
–¿Se puede pensar en la tecnología como algo que no aísle y reúna? ¿Hay alguna manera de que esas tecnologías tengan un lado positivo en cuanto a la soledad?
–Como programadora tengo un sesgo ahí. Hay movimientos muy interesantes en el mundo del activismo tecnológico que fueron y son virtuosos, especialmente los que tienen que ver con la accesibilidad, el tema de discapacidades, también lo que tiene que ver con cuando vos tenés algún malestar, muy infrecuente, la tecnología a veces permite conectarte con personas que tienen lo mismo que vos y quizás no hace falta que vivan cerca. La tecnología permite tender puentes. Es importante, cuando hablamos de tecnología, entender que no hay una tecnología. Esta versión de tecnología que estamos viviendo ahora es la peor que vi.
–¿En qué radica que sea la peor?
–Las redes arrancaron en 1991, antes de Myspace, de Facebook, y era para conectar gente, por ejemplo, de la primaria, y se perdió el contacto. Al principio de Twitter incluso, eran amistades que tenían más que ver con tus intereses. Pero las redes fueron conquistadas por el mercado. Inicialmente había una mitología que tenía que ver con la generosidad y la comunidad. Creo que ese movimiento se “oscurantizó”, lo tomaron las empresas. Monetizan tu atención. Están hechas para capturarte. Se genera una competencia entre tu vida analógica, física y virtual. Esas redes, sacando casos como las accesibilidades y demás, compiten con el bienestar. Además el mundo analógico no es el de antes. La intervención territorial de las personas y de los Estados cambió. Si tenés una política de vivienda que te obliga a mudarte cada año y medio, ¿qué política territorial o comunitaria podés lograr? Ahí las tecnologías pueden mantener cierta persistencia. Tampoco podemos romantizar que hoy la idea de comunidad es la misma que hace veinte años.
–¿Encontrás algún momento bisagra en el que las redes que eran más amistosas empezaron a generar ese oscurantismo?
–Por un lado en las redes uno puede ser anónimo. Da intimidad. También tenés menos rendición de cuentas si querés hacer daño. Facebook empezó a ordenar tus posteos por “interés” y no cronológicamente; han alterado el tiempo. El tiempo pasó a ordenarse por interés. Twitter incorpora la asimetría: yo te puedo seguir y vos no a mí. En la vida real no pasa eso. Es bastante mutuo. Instagram priorizó completamente lo visual y eso hizo que todo sea rápido. Solo mostrar. TikTok y Snapchat establecieron los filtros, podés cambiar la noción de cómo lucís. Por último, en TikTok el contenido puede ser de una máquina. Todas alteraron algo. Creo que ya a esta altura me cuesta encontrar cosas que sean más positivas que negativas.
–¿Y cómo fue el después de hacer un libro sobre la soledad?
–La soledad es un tema que genera miedo. Tengo muchos mensajes de gente que no se anima a leer el libro. Pero mi idea era mostrar que si estás solo no te vas a morir. A alguien más le pasa y mirá cómo lo vivió.
–¿Hubo más entrevistas, o fueron esas solas?
–Sí, hubo muchas entrevistas que no quedaron por la extensión del libro y tiempos. Fue un libro que hubo que hacer muy rápido. Estaba la Feria del Libro, el Mundial. Algunas no están retratadas como historias, pero sí me sirvieron mucho para implementar mejor el fenómeno. En algunas entrevistas sabía que esa persona se sentía sola o la había reportado y cuando empezaba a grabar el discurso cambiaba. En muchas, como conocía a la persona, tenía confianza como para decirle “hablemos en serio”. Pero con otras no había caso que conectaran que su vida podía tener algo que ver con un libro sobre la soledad. Hay algo más de esto del tabú y el estigma, la dificultad de abrirse. Muchas personas sentían que a la hora de nombrar algo de su vida relacionado con la soledad traicionaban un logro. Me pasó mucho con mujeres. Cierta sensación de conquista: “No necesitamos a otra persona para hacernos felices”. Como si traicionaran ese principio de autonomía.
–¿Qué pasa con los sentidos y el compartir cuando hay aislamiento? Decís en el libro que el compartir es como cargar con el otro.
–Hay formas de medir la soledad a través de la autopercepción: “Me siento solo”. Pero además hay otras cuantitativas: se miden los minutos que participás de actividades comunitarias o charlás con otra persona, la cantidad de palabras que decís en un día. En los varones jóvenes las medidas objetivas eran altísimas en relación con la soledad y cuando veías en lo cualitativo daba abajo. Y en mujeres eso cambiaba. El problema es que ni siquiera son personas que se sientan solas. En términos de salud mental eso es un problema. En las infancias aparecen cuerpos más solitarios. Tienen torpeza, accidentes domésticos que antes no existían, se nota en los cuerpos que son muy estimulados mentalmente y muy poco desde lo motriz: el juego, el errar, la frustración se corren del cuadro. Hay cuerpos desacostumbrados al tacto gentil, que no es el tacto. Lo visual está re estimulado. Lo táctil y la escucha, no.
En cuanto a la carga: es una carga el cuidado. Es estar dispuesto a asumir el costo de que la otra persona esté bien. Perdés tiempo, perdés algo, pero ganás mucho. En el libro hablo de que el amor se basa en que dos personas –o más– estén disponibles. Eso es parte de cuidar al otro, la disponibilidad. Siento que hay mucha gente no disponible para querer, no solo románticamente, en todos los vínculos. Hay una parte objetiva: estamos muy cansados, tenemos pluriempleo, estamos todo el tiempo contando la guita, el esfuerzo, viajar es un garrón. Hay otra subjetiva que tiene que ver con “de qué te sirve”, “de qué sirve juntarnos con alguien” o “hablar con una persona real en vez de una IA”. Creo que hoy en día se vive más como una carga que antes, porque las condiciones son más difíciles y porque ese retorno no está tan claro.
–En el libro contás que en Japón, el Estado administra la soledad. ¿Qué puede hacer un Estado para romper esta lógica epidémica de la soledad?
–Japón tiene un Ministerio de la Soledad, el Reino Unido también, en Estados Unidos es una de las prioridades a nivel sanitario. La soledad está reinstaurada a nivel política pública. Pero creo que en algunos países se usa el Ministerio de la Soledad o el discurso de la soledad para hablar de la realidad de la natalidad. Por ejemplo, en Europa la realidad es que están hablando de soledad pero desde la institución de familia. Políticas públicas hay, lo que hay que ver es cuáles, si tienen que ver con la mediación y el cuidado. Es un trabajo más global. No culmina en tratemos la soledad. Hay que trabajar hasta en el pluriempleo porque también complica estar con gente. La salud mental es mejor abordarla como la suma de varios aspectos de nuestra vida. Es una cuestión del Estado pero también de la sociedad civil, de la educación. Cómo pensar la tecnología como parte de nuestras vidas.
–Hay una cita de la psicóloga Sherry Turkle que es representativa de este momento: “Cuanto más inmediata y disponible está la tecnología, más se marchita nuestra disposición a tolerar la fricción, la espera y la ambigüedad que define a las personas de carne y hueso”. ¿Cómo se puede repensar la forma de vincularnos sin esa inmediatez?
–Hay una parte racional de la soledad que tiene que ver con evitar el dolor y la incomodidad: es mejor que te traigan las cosas que ir a comprarlas. Así surgen otros problemas que tienen que ver con dejar de hacer actividad física, con los vínculos que dejás de tener, realmente surge una problemática. Una psicóloga, Victoria Abramovich, habla de la importancia de los pequeños duelos de nuestra vida, como que te cancelen un plan, perder algo, los pequeños fracasos de la vida cotidiana te preparaban para dolores mayores. Son micro duelos. Estar en contacto con la fragilidad de otro y con el dolor dialoga con nuestra propia fragilidad, también te permite entender por qué necesitás a otros. Es una época donde tenés que sentirte que podés todo y solo.
–¿Qué ves de este momento histórico?
–El principal rasgo para mí de este momento es que el vínculo con los demás pasa a ser opcional. Tenés que ir a buscarlo. No pasa, no te sucede. Se da esta ausencia de disponibilidad. No quiero romantizar el dolor pero una vida sin eso se aplana. Si le escapás a corto plazo, a largo plazo va a volver.
¿Lo que están haciendo las redes sociales hoy por hoy es acumular atención en un lugar para que uno no esté atendiendo algo que está más próximo y real?
–Sí, disputan tu atención. En otros momentos no era esa la cosa con internet. Era si reemplazaba al teléfono, no era contra tu cognición, no era “versus cómo conocías el mundo”. Vos conocías el mundo leyendo el diario, por la tele y cuando querías conectarte con alguien tenías que llamarlo o conectarte activamente a internet. No te sumías ahí.
–La mirada del otro tiene que estar.
–En todo camino del héroe, en todas las epopeyas, en la línea narrativa el personaje principal, nunca está solo todo el tiempo, si es así, no avanza. Con la mirada del otro, vos te conocés a vos mismo, te forjás a vos mismo, aparecés, te conformás, te conocés. Incluso si sos absolutamente individualista y egoísta, querés ser la mejor versión de vos mismo. Entonces tenés que “fogonearte” con un otro, con las molestias, esa otra mirada te permite ser de una manera individual y privada.
