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Caras y Caretas

           

Una historia con muchas vueltas

Las calesitas son una marca identitaria de la ciudad de Buenos Aires. Vienen girando ilusiones de las niñeces porteñas desde finales del siglo XIX. Hoy quedan 54, y muchas de ellas tienen valor patrimonial.

Un barrio, una plaza, una calesita.

Desafiando la lógica y el paso del tiempo que “todo destruye”, esos universos giratorios de fantasía continúan convocando a chicos que aspiran a vivir tres minutos en un mundo adulto poblado de autos y avioncitos de utilería, y a sus acompañantes adultos, padres o abuelos, que quisieran volver a ser niños por lo que dura la vuelta.

Según el último censo oficial, hoy un poco desactualizado, existen en la ciudad de Buenos Aires 54 calesitas, de las cuales unas 26 tienen valor patrimonial, encuadradas dentro del Programa de revitalización y puesta en valor de las calesitas porteñas.

Y si hablamos de calesitas, necesitamos hablar de calesiteros, que justamente el 4 de noviembre celebran su día, en conmemoración del nacimiento de Luis Rodríguez, un histórico del rubro, nacido en 1919 y fallecido en 2013, a los 93 años. Siempre al pie de su nave de los sueños.

“La calesita de don Luis” continúa dando vueltas en el patio de la casa familiar, ubicada en una esquina del barrio de Villa Luro. Actualmente, su ahijado José Luis replica todos los fines de semana la ceremonia inalterable de la sortija y los caramelos masticables fabricados por encargo, que los “bajitos” se llevan como souvenir de la visita.

La partida del calesitero de varias generaciones y la incertidumbre por la continuidad del ícono barrial desató un verdadero “piquete emocional” que su heredero no pudo desatender.

“Una mañana, la puerta de calle amaneció tapizada de dibujos infantiles, con la calesita pintada con crayones, lápices de colores. Era una locura. También, había una foto en blanco y negro, que lo retrataba sosteniendo la pera de la sortija, y otra, en que se iba caminando, muy a su manera. Era casi una despedida simbólica, como si fuera a conducir una calesita en el cielo”, se emociona aún su continuador.

Para entonces, la calesita ya llevaba recorridos miles de kilómetros y no solo en sentido circular. El mismísimo padre de don Luis la había adquirido para recorrer las kermeses de pueblo, y antes del advenimiento del motor, el carro era arrastrado por un equino de carne y hueso, que respondía al nombre de Rubio y a la música de un organito.

“El caballo comenzaba a caminar cuando escuchaba el sonido grabado. Se detenía la música y el Rubio hacía lo mismo”, refiere divertido José Luis.

Previsiblemente, alguna tarde, el organito sufrió un desperfecto mecánico y a Rubio no hubo manera de hacerlo “arrancar”.

¿El calesitero nace o se hace? Quien contesta ahora es Miguel Ángel Vignatti, responsable de Calesitas del Sur, emprendimiento familiar que consta de cuatro locaciones, en Mataderos y aledaños.

“Comencé ayudando de chico a mi hermano en Lugano y dando vueltas gratis. Así me fui metiendo en este mundo, primero sucediéndolo a él, hasta que pude montar mi propio negocio. Recuerdo que cuando lo hablé en la mesa, mi suegra comentó: ‘Esto va a quedar como un capricho y va a terminar, tirada por ahí’. Entonces, la primera calesita que tuve la bauticé El capricho –apunta–. Pero mi sueño era tener un carrusel. Mi sueño se llamaba aquella ‘cale’ de Lugano. Por eso, cuando lo cumplí, le puse ese nombre. La primera quedó para mi hijo mayor, y cuando le llegó la mayoría de edad a mi segundo hijo, repetí el ritual. Lo mismo, con mi hija, Stella Maris, como se llama otra de las calesitas.”

Con más de sesenta años, Carlos Pometti es calesitero de nacimiento, además de ser titular de la Asociación que reúne a los propietarios del sector. Reconoce que en su adolescencia trató de rebelarse contra el mandato familiar, pero terminó adoptando y queriendo el oficio, no solo como una fuente de ingresos.

“Es una vida como la de cualquier trabajador, con la particularidad de que los clientes son chicos que vienen contentos y uno no les puede mostrar una cara aburrida o de malhumor, porque ellos la pasan bien, y lo mismo ocurre con sus acompañantes”, señala, mientras la algarabía circundante en la plaza de Pompeya corrobora sus dichos.

Allá lejos y hace tiempo

El origen pretérito del entretenimiento distó de ser meramente recreativo. Según las crónicas antiguas, un dispositivo aproximado servía de entrenamiento a los ejércitos otomanos, hacia el año 1100.

Los guerreros empleaban espadas de madera para acometer a sus adversarios imaginarios girando alrededor de un eje. Estaba dirigido principalmente a jinetes, de lo cual se desprende que las figuras de caballos ocupaban un rol fundacional.

La modalidad atrajo el interés de los cruzados que la importaron a Occidente, que fue agregando una impronta propia en los interiores de castillos y fortalezas defensivas, todavía ligada estrictamente a la milicia, hasta que fue derivando hacia otro empleo.

La nobleza francesa encontró de su agrado las posibilidades lúdicas del sistema, e instaló pequeñas estructuras de tipo artístico y decorativo en los parques de sus mansiones. Lejos de ser popular, era una atracción reservada a la élite de la época.

Los vientos revolucionarios posteriores a 1789 no solo trajeron un ideal de “libertad, igualdad y fraternidad”, sino también carrousel (derivado del italiano garosello: pequeña batalla) a las masas.

Hasta ahí, se trataba de estructuras sin plataforma, que no apareció sino hasta mediados del siglo XIX, lo que confirió mayor seguridad a los niños que comenzaban a constituirse en público mayoritario.

La modalidad se difundió por toda Europa y adoptó distintos nombres y significados: Merry-go-round (dar vueltas alegres) en Inglaterra; tíovivo en España o karusell, en la Alemania imperial, desde donde llegó la primera calesita a Buenos Aires, aproximadamente entre 1867 y 1870.

Herencia de pioneros

Estaba ubicada en el barrio del Parque, donde ahora se apiñan los puestos de libros de Plaza Lavalle. Hay que imaginarse la escena de semejante novedad a los ojos de los porteños de entonces.

Hacia 1890, un trío de emprendedores conformado por Cirilo Bourrel, Francisco Meric y el español De la Huerta, quien financió el proyecto, le dieron entidad a la primera calesita fabricada en el país, en el taller de Bourrel e instalada en la Plaza Vicente López, en Recoleta, por entonces un terreno baldío sin pizca de glamour.

La sociedad no prosperó, pero De la Huerta les puso su sello a los modelos que siguieron, y se convirtió en un financista solidario con sus paisanos que arribaban para “hacerse la América”.

Les entregaba una calesita como medio de sustento, mientras los recién llegados le iban saldando la deuda contraída, en cómodas cuotas y a vuelta de sortija.

De ahí que se atribuía al de calesitero ser un “oficio de gallegos”.

En la actualidad, la ciudad de Ayacucho, en el centro bonaerense, resguarda el primer carrusel argentino, que se diferencia de las calesitas clásicas porque las figuras suben y bajan.

Construido en Rosario por la firma Sequalino Hermanos, funcionó en el Zoológico de Buenos Aires entre 1943 y 1979.

En aquel año, y por gestiones del Club de Leones local, que andaba en busca de una atracción de ese tipo, se mudó, primero al predio ferial de la Sociedad Rural y luego, completamente restaurada (1996), al Parque Infantil.

Adquirida entonces por 19 mil dólares, no fue una simple transacción comercial. Su último dueño, Omar Lema, puso como condición que el histórico artefacto permaneciese en el país, y sobre todo, enfatizó acerca de la conservación primorosa del organito, cuya música le traía bellos recuerdos. Afectado por una grave pérdida de visión, Lema había estado al frente del carrusel, que durante décadas constituyó el medio de vida para él y su familia.

Banda de sonido

¿Existe la “música de calesitas?” Gaby, Fofó y Miliki, Pipo Pescador y más recientemente Piñón Fijo parecen abonados a la banda de sonido de las calesitas más tradicionales.

Pero su impacto en la cultura popular queda reflejado también en canciones que la toman como referencia o símbolo.

“Llora la calesita, en la esquinita sombría/ y hace sangrar las cosas que fueron rosas un día”, evoca la creación de Mariano Mores y Cátulo Castillo que se convirtió en clásico en la interpretación de la orquesta de Juan D’ Arienzo con voz de Jorge Valdez. Menos conocido y anterior en la obra del gran Cátulo es otro tango con música propia y letra de José González Castillo (“Alma de la calesita que vuelca en el arrabal/ la fuente de agua bendita de una noria musical”).

Un poco más acá en el tiempo, el dúo Vivencia le dedicó la imagen de una consabida metáfora (“Gira la vida, como una calesita”) y Fito Páez la montó como escenario de una historia de degradación física y mental (“Han visto a un loco en una calesita/ casi desnudo y con la vista enferma/ Y daba vueltas y se sonreía y silbaba bajo por no molestar”).

¿En qué sentido giran? En la Argentina y muchos países americanos, incluso los Estados Unidos, van en contra de las agujas del reloj. En Europa, su cuna de origen, sucede lo contrario.

¿La sortija es un invento netamente argentino? Sí y no. Aunque está inspirada en el juego gauchesco de habilidad que consiste en atravesar un aro metálico, hay ciertas semejanzas con los usos de antaño con fines de entrenamiento militar.

Finalmente, ¿en qué reside su perdurable (inoxidable) encanto en plena era digital? Licenciada en Ciencia Política y especializada en gestión cultural, Noelia Riccio sostiene en el documental Calesitas porteñas, una vuelta más, que “establecen un vínculo con el paisaje urbano y con el calesitero, que quizás es el mismo que recibió de pequeño al adulto que acompaña a sus hijos a dar la vuelta”.

Observador atento desde su sitial de maestro de ceremonias y dispensador de sortijas y vueltas gratis, el titular de la Asociación de Calesiteros reflexiona filosóficamente: “En una pantalla de video se puede escuchar hasta el ruido de las ruedas en un derrape y ver el humo saliendo del motor y sin embargo, sentado en estos modelos de juguete que tienen poco que ver con los vehículos de hoy en día, el chico siente que conduce un auto de verdad. Generan un ámbito de absoluta imaginación”.

La vida pasa, los recuerdos quedan y las calesitas siguen girando.

Escrito por
Oscar Muñoz
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