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Caras y Caretas

           

“Troilo sintetizó como nadie una identidad”

Ilustración: Gabriel Hernán Ramírez

Lidia Borda, una de las intérpretes más respetadas del género, reflexiona sobre la figura de Pichuco desde la admiración y el estudio. Analiza a sus cantores y repasa el legado del gran bandoneonista y director.

“Troilo era el más tanguero de todos”. La definición pertenece a Lidia Borda, pero resume también el espíritu de una conexión que trasciende el homenaje a uno de los grandes nombres de la música argentina. Cantante, investigadora e intérprete de una sensibilidad excepcional, Borda construyó una de las trayectorias más sólidas de la música popular. Dueña de un repertorio que abarca desde los grandes clásicos del tango hasta obras menos transitadas, se distingue por un trabajo minucioso sobre la palabra y por una forma de cantar que privilegia el sentido antes que el efectismo. Esa búsqueda la convirtió en una referencia ineludible del género y le valió, entre otros reconocimientos, tres Premios Konex y varios Premios Gardel. En esta entrevista, vuelve sobre la figura de Aníbal Troilo, uno de los artistas que más admira, para explicar por qué considera que logró condensar como nadie el espíritu del tango.

–¿Qué descubriste de Troilo como artista cuando empezaste a cantar su repertorio que antes, como oyente, no habías percibido?

–Cuando uno escucha hay algo que entra, que después desmenuzás cuando estudiás la obra. O sea, uno no redescubre, sino que analiza. Pero me gusta más todo lo intuitivo que me apareció en relación con Troilo. Es un compositor increíble. Hay músicos, intérpretes, compositores, pero la obra artística no es solamente eso. Excede al artista. Creo que había un alma, un espíritu, una herencia intrínseca en Troilo que no es común. Creo que, de los tangueros, es el más tanguero de todos. Siempre digo que, si pudiera elegir, viajaría en el tiempo: quisiera que Troilo me eligiera como cantante de su orquesta. Eso sería lo más que me podría pasar.

–Era un gran director de cantores. ¿Qué sabés de cómo era en ese papel?

–Él entendía el papel de la voz en la orquesta de una manera única. Muchas veces los músicos piensan en la voz sin entender demasiado cómo se construye, cómo se maneja y qué elementos y herramientas tiene. Y él sabía. Dicen que era cantor también. Eso lo ayudaba a entender qué era lo que pasaba con el canto. Pero creo que lo que está por encima de eso es esa intuición que él tenía, ese espíritu, esa emocionalidad. Hay algo que nos trasciende, que es más fuerte que nosotros, que nos aúna en una emocionalidad y que es bastante argento. Él era recontraargento.

–Muchas de sus obras están ligadas a las voces de Goyeneche o de Rivero, entre otros. Cuando encarás una interpretación propia, ¿cómo hacés para no quedar atrapada en esas versiones emblemáticas?

–Uno arrastra cosas de otros. Los cantores nos vamos formando con la escucha. Si querés aprender fraseo, tenés que escuchar a Goyeneche. Y lo mismo pasa con la interpretación de Rivero, el canto exquisito de Gardel, la sutileza de Berón, la interpretación delicada y perfecta que tenía Mercedes Simone, el dramatismo de Ada Falcón o de Azucena Maizani o la ternura de Rosita Quiroga. Entonces, cuando uno encara una interpretación, está todo eso. Pero, obviamente, uno siempre piensa qué parte de la propia voz puede enriquecer ese tema que encara. Y ahí uno es trabajador de la interpretación; no es solamente intuición o espontaneidad. Es pensar sobre el tema. Todo eso es un trabajo individual y ahí es imposible que se te pegue la interpretación de otro. Pero, volviendo a Troilo, el acompañamiento de un músico que vaya en el sentido emocional, táctico, interpretativo y estético que es parecido al de uno obviamente te soluciona muchas cosas y ahí uno se siente pleno. Y Troilo tenía eso. Por eso, cantar con él no era solamente aprender de canto, sino también formar parte de una idea estética con una ideología detrás. Los criterios estéticos están basados en entornos sociales, en realidades y en un pensamiento. Y además está la genialidad con que él construía las melodías. Yo creo que él las cantaba también: con el bandoneón y con su propia voz. Porque, en general, son piezas que uno canta con placer.

–Troilo es una figura admirada por músicos incluso ajenos al tango. ¿Qué creés que tiene su música que sigue dialogando con las nuevas generaciones y con públicos que no necesariamente son tangueros?

–Hay una verdad en la composición de Troilo. Un artista es eso: alguien capaz de conjugar lo técnico con lo emocional y con la construcción de una personalidad propia para traducir todo eso en una obra. Ese diálogo constante es parte de una verdad estética. Logra, como el Indio, entender una realidad, un entorno, una filosofía. El tango es eso también.

–¿Y cuáles son las composiciones que más te conmueven?

–“Romance de barrio”, “La última curda”, “Che, bandoneón”, “Garúa”, “Sur”. Para mí, “La última curda” es una de las piezas más logradas. Porque me parece que en ella está también un poco traducido su ADN. “Toda mi vida” también me gusta. Es un tango más bailable. Es increíble cómo construye la melodía, cómo hace que uno se pueda hamacar, se pueda explayar. Y la ansiedad de “Romance de barrio”, esa melodía que te lleva a un summum. Crece, crece, crece, llega. Es genial.

–Sos de hacer un trabajo muy fino sobre la palabra también. ¿Qué peso tienen las letras frente a la música a la hora de construir una interpretación?

–La interpretación es algo complejo, porque no es lineal. Hay mil formas de ver e interpretar una letra o incluso la música. Por eso se pueden interpretar los temas y no se agotan. Hay dos aspectos: el técnico y el interpretativo emocional. Entre lo técnico está cómo resuelvo este agudo, corro o no de tonalidad un tema que tiene un registro muy amplio, etcétera. Son elecciones estéticas. Y después, lo interpretativo pasa por el tamiz de la emocionalidad, de la historia propia. Y hay algo que pienso y digo siempre: uno tiende a ser un canal de emocionalidad de algo que ni siquiera sabe qué es. Hay algo que uno arrastra históricamente y en eso te ayuda Troilo, te ayuda Manzi, te ayuda Cadícamo. Y te ayuda tu propia historia. Por eso el tango es algo que nos trasciende. Creo que la expresión artística expresa algo de lo que uno no es consciente, que arrastra tal vez de siglos. Por eso, cuando hay una obra tan genial como el tango, que ha sido muy popular, tan exquisita y tan excéntrica, decís: “¿Qué hay en esta sociedad? ¿Cómo se construyó? ¿Por qué surgen tipos como Messi o Maradona? ¿Y por qué surge Troilo? ¿Quién era?”. Y Troilo no era solamente un tipo que componía tango. Era alguien que sintetizó como nadie una idiosincrasia, una identidad. Y en algunos momentos hay que pensar en eso, registrarlo, porque esa es la esencia que hay que defender.

Escrito por
Claudia Regina Martínez
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