La primera vez que José “Pepe” Colángelo se sentó al piano de la típica de Aníbal Troilo fue con 26 años, haciendo un reemplazo circunstancial del pianista Osvaldo Berlingieri. Pepe, que venía de acompañar a Julio Sosa con la formación de Leopoldo Federico, casi sin pensarlo estaba cumpliendo el sueño de todo pianista de tango. Lo que no imaginó es que dos años después se instalaría de manera definitiva en la orquesta de Pichuco, convirtiéndose en su último pianista. Colángelo, testigo privilegiado y protagonista de los últimos años de la brillante carrera musical de Aníbal Troilo, revive parte de aquella historia que aún hoy ilumina su camino.
–¿Cómo se dio su ingreso definitivo a la orquesta de Aníbal Troilo?
–Cuando el Tano Berlingieri y Ernesto Baffa se van de la orquesta en el 68, Pichuco dice: “No llamen a un bandoneón porque voy a volver a tocar yo”. Y con respecto a los pianistas había casi una decena, más de diez pianistas mucho más importantes que yo, y la verdad, ni remotamente me imaginaba que me iba a llamar el Gordo. Y Pichuco, no sé, tuvo un ataque de memoria brutal. Dijo: “Vayan a buscar a ese chico que hace dos años vino a hacerme el cambio”. Y ese era yo.
–Lo escuché contar que usted le hizo recordar a Orlando Goñi, el primer pianista de la orquesta. ¿Qué sintió con aquel halago?
–Ese fue uno de los piropos más lindos que me pudo decir el Gordo. Yo empecé entonces en el 68, tal cual te dije. En el 69 hacíamos un teatro en La Boca y un día vino y me dijo: “Pibe, venga, le tengo que decir algo. Usted toca con alegría, no la pierda. No deje que le roben el moño de comunión”. Y también me dijo: “Mire, ¿sabe quién es usted? ¿Cómo es usted en la orquesta? Usted es la reedición de Orlando Goñi 69”. O sea, era como que se cerraba un círculo. Orlando había empezado todo esto y yo era su último pianista y cerraba el círculo. Hermoso. Fue una cosa hermosa.
–¿Cómo era Pichuco con sus músicos? ¿Qué libertades les daba?
–El Gordo fue un genio. Fue grandísimo, único. Todavía es irrepetible. Yo una vez dije una blasfemia: “Tocar con Troilo era casi como tocar con Dios”. Era lo más parecido. En una oportunidad le pregunté: “Mire, maestro, yo tengo este solo, ¿cómo quiere que lo haga?”. Me miró a los ojos y me dijo: “Pibe, usted tiene con qué. Ponga”. O sea, yo lo podía hacer como yo quería. Y pensé: pucha, qué felices los pianistas, porque todos han podido hacer su solo como les gustaba a ellos. Entonces el Gordo te daba posibilidades y oportunidades para que vos hicieras las cosas a tu manera. Pero, por supuesto, él no dejaba nunca de ser Aníbal Troilo, porque siempre tuvo su sello, siempre supo lo que quería y siempre supo lo que pedía. Esa fue una virtud impresionante, tenía muchas cosas a favor. Era feliz cuando le aplaudían a sus músicos o a sus cantores. Cuando lo aplaudían mucho, decía: “Bueno, m’hijo, ahora tiene que irse. Y no vuelva”. El único que nunca entendió lo de no volver fue el Polaco Goyeneche, que siempre buscaba la hendija para poder volver a la orquesta o al cuarteto y cantar algún tango.
–Esos años fueron bastante duros para el tango en general, había menos posibilidades de trabajo. ¿Cómo lo vivían?
–Te voy a contar. La primera actuación que hago con Pichuco fue con la orquesta, todavía estaban Nelly Vázquez y Tito Reyes como cantantes. Pero ¿qué pasó? Con el tiempo, como vos decís, fue muy difícil trabajar con la orquesta porque era una masa orquestal grande. Entonces inventó el cuarteto. Él en bandoneón, Ubaldo de Lío como guitarrista, Rafael del Bagno era el contrabajista y en piano Berlingieri, a quien yo reemplacé después. A partir de allí, casi todo el trabajo, o la mayoría del trabajo, se hizo con el cuarteto y Tito Reyes. Trabajábamos todos los días prácticamente. Hacíamos tres meses en el Caño 14, tres en El Viejo Almacén, tres en Michelangelo. Y cuando llegaba fin de año, estuviéramos en el local que estuviéramos, como todas estas casas tenían sus filiales en Mar del Plata, pasábamos la temporada entera allá. Yo hice casi nueve u ocho temporadas seguidas con Pichuco en Mar del Plata. Y era un éxito terrible en ese momento porque a Mar del Plata llegaban de todo el país. Era impresionante.
–Siempre tuvo el público de su lado, aun en épocas complicadas.
–Sí. Vamos a ser sinceros, tal vez no fue el tipo que más grabó ni el que más vendió, pero fue el tipo más importante que hubo en el tango. Fue esa persona que sabía lo que quería, cuando hablaba sabía lo que decía. Decía: “Bueno, ahora la orquesta al frente” y cuando hacíamos instrumentales la orquesta iba al frente; “ahora cuerpo a tierra” y la orquesta se ponía al servicio del cantor. Y los cantores de Pichuco cantaron todos bien porque él cantaba bien, hasta les enseñaba a cantar. El Gordo fue habilísimo. Sabía lo que quería perfectamente bien. Una orquesta que siempre sonó bien, siempre sonó muy bien.
–¿Cómo recuerda el histórico concierto en el Colón?
–Bueno, fue algo que verdaderamente nos conmocionó a todos. Si notan, en el Colón se dan cuenta de que está temblando el Gordo por momentos. Hubo gente que pensó que estaba en copas. Es al revés: ese día hubiera necesitado un par de copas. Lo que pasa es que el Teatro Colón era algo tan solemne, tan importante. Yo tenía un piano que era más grande que un camión, era una cosa de locos el piano de cola que tenía. Miraba para atrás y me parecía que los palcos se me caían encima. Salió todo hermosísimamente bien, fue un éxito total, fue un golazo. Tanto es así que todavía se sigue pasando muchas veces ese concierto.
–¿Cómo vivió el momento del final? Estar haciendo el espectáculo Simplemente Pichuco y que de un día para el otro no esté más.
–Mirá, nos sorprendió a todos porque en ese momento se estaba cuidando más que otras veces. Lo que pasa es que, bueno, ya había exigido tanto a su cuerpo… Pichuco fue un tipo tan importante y tan lindo que a veces dejó de tener vida propia para ser un poco de todos. Era una cosa increíble. Fue insólitamente distinto a todo el mundo en general. El Gordo fue totalmente único en todo sentido. Cuando él se fue yo dije: “Bueno, se nos va un enorme sol, espero que alguno de sus rayos nos iluminen a nosotros, que somos un poquito sus hijos artísticos”. Y fijate que desde arriba todavía nos sigue ayudando. Por lo menos a mí, que tengo ya 85 años y pude seguir con esta carrera y estar donde estoy, hacer las cosas que hago, poder subir a un escenario y que todavía me aplaudan. Sentir las sensaciones, emociones y la adrenalina de poder estar arriba, donde a mí me gusta estar, con el dientudo, con el piano.
