Francisco Torné viajaba en auto con Martina, su nieta de 12 años, cuando en la radio empezó a sonar “Sur”. “Este tema lo compuso Pichuco”, dijo él. Ella prestó atención y le contó sobre su profesor de música en la escuela, un fanático del bandoneón mayor de Buenos Aires. Así, por su apodo, es como se refieren a Aníbal Troilo su nieto, su tataranieta y toda la familia. Sus descendientes no tocan el bandoneón, pero llevan a cuestas la historia del compositor que dejó una huella imborrable en el tango.
Hasta mediados de la década de 1990 era Zita, compañera de Troilo, quien se ocupaba de resguardar su obra y administrar todo lo relacionado con los derechos. Desde entonces, esa tarea recayó en Torné. A los 65 años y con título de contador, trabaja como productor musical y es miembro de la Academia Nacional del Tango. Desde allí se ocupa de mostrar al mundo la obra de quien no fue su abuelo de sangre, pero sí del corazón.
LA ENTREVISTA
–¿Cuáles son los recuerdos más lejanos con Pichuco?
–A los nueve años, aproximadamente. Íbamos siempre a visitarlo. En los últimos años él también venía a mi casa. A partir de los 11 ya me dejaron ir solo. Iba solo a verlo. Él y mi abuela estaban siempre por la zona de Paraná y Corrientes. Mi abuela lo sobrevivió casi 22 años y yo mantuve una relación muy estrecha con ella.
–¿Había noción en la familia de la trascendencia de su obra?
–Yo empecé a tomar dimensión de lo que era Pichuco ya siendo grande, cuando iba a almorzar con mi abuela y me iba dando cuenta de lo que significaba para la cultura argentina. Por las charlas que teníamos: me contaba que tal presidente los había invitado, que habían viajado a Washington, historias con Enrique Santos Discépolo. Empezabas a escuchar esos nombres y decías: “¡La pucha!”.
–¿En las visitas familiares estaba presente la música?
–No. Los domingos era todo coloquial, sin música. Siempre con gente. Pichuco tocaba profesionalmente todo el día: en la radio, en grabaciones. En los momentos que podía, trataba de descansar.
–¿Cómo eran los paseos juntos?
–Era muy cómico porque, cuando íbamos a almorzar y salíamos del departamento, había que caminar cuatro o cinco cuadras hasta el restaurante y tardábamos una hora y media. La gente lo paraba para conversar. En general, sobre fútbol. Todos lo conocían como fanático de River, le preguntaban qué le había parecido el partido y se ponía a charlar.
–¿Intentaba inculcarles la pasión por el tango?
–Ellos trataron de mantenernos alejados del ambiente artístico, por lo que significaba la noche. Ya estando mi abuela sola, estaba contenta de que yo estudiara y no me dedicara a la música. La pasión por el tango también me venía por mi padre, fanático de Carlos Gardel. Era marino mercante y, cuando se iba, yo escuchaba sus discos.
–¿La familia conserva sus instrumentos?
–Es una historia hermosa. Mi abuela regaló los tres bandoneones a Astor Piazzolla, Raúl Garello y Osvaldo Piro. En 2006, Garello donó el fueye a la Academia: hoy está en el museo. Un par de años después, Piro dijo: “Quiero devolver el fueye a la familia para que lo hagan tocar”. Hicimos un acto en la Academia donde se devolvió y desde entonces lo que hacemos es llevarlo por el mundo para que lo sigan tocando. Contamos la historia, damos charlas y permitimos que la gente se acerque y se saque fotos con el bandoneón. ¡Ese bandoneón ya viajó más que Pichuco!
–¿Cómo es llevar su obra por el mundo?
–Por ejemplo, en estos días me estoy yendo a Italia. Porque en el pueblo de Archi, en la región de Abruzos, nacieron sus abuelos paternos y se organiza un festival. Todo empezó porque una historiadora estaba viendo un video de la orquesta de Troilo y en el pueblo la mitad de la gente tenía ese apellido. Hizo todo el árbol genealógico y supo que de ahí eran sus abuelos paternos. Los dos se llamaban Troilo: había sido un casamiento entre primos.
–Además de los bandoneones, ¿conservaron fotos, premios y otras piezas para contar esta historia?
–En mi casa hay algunas cosas. La mayoría está en un archivo. Hace poco hicimos una exhibición en el Museo Casa Carlos Gardel. Los cuadros están en la Academia. Es algo que pertenece más a la cultura que a alguien en particular. Hay premios de todo tipo y un montón de fotos. En 2014, cuando fue el centenario de su nacimiento, hubo una actividad muy fuerte, con 450 homenajes en 150 países. Todos los miércoles, durante casi tres años, nos juntamos entre familia, amigos y cómplices que se sumaron para organizar los festejos.
–¿Quiénes eran esos “cómplices”?
–Desde fans hasta músicos y organizadores de festivales. Mucha gente se sumó: la Academia, la Radio 2×4. Se hizo un documental sobre Pichuco, dirigido por Martín Turnes. Su obra trascendió. A partir de este año una escuela de música de la ciudad lleva el nombre “Aníbal Troilo”. Es la primera escuela con su nombre, en Pompeya.
–¿Qué anécdotas definen la personalidad de Pichuco?
–Cuando me preguntan me voy acordando de cosas, de su generosidad, de su forma de tratar al otro. Un año, para Navidad, salíamos de almorzar y tomamos un taxi. Él se sentó adelante y empezó a charlar. El taxista le comentó que se iba a quedar hasta tarde trabajando porque estaba juntando plata para comprarle una bicicleta al hijo. Cuando estábamos bajando, le dio toda la plata y le dijo: “Ya te podés ir a tu casa”. El taxista se quedó petrificado.
–Con el paso del tiempo, ¿siguen descubriendo historias nuevas sobre lo que sembró?
–Sí. Unos años antes del centenario, en un festival, poníamos un mapamundi para marcar las ciudades que iban a participar de los festejos. Vino un matrimonio de mi edad y dijo: “Nosotros no éramos tangueros, pero queremos contar nuestra anécdota con Pichuco”. Contaron que el día de su casamiento fueron a un restaurante y, en otra mesa, estaba Pichuco. En un momento él se acercó a desearles felicidades y se fue. La gente siguió festejando. Cuando terminaron, pidieron la cuenta: estaba todo pago. El matrimonio me dijo: “Desde esa época somos fans”. Tenía esa generosidad espontánea.
–¿Qué implica para ustedes como familia conocer ese tipo de historias?
–Nosotros somos como un puente entre la obra y la gente. Estamos trabajando con el Instituto de Música de la Ciudad de Buenos Aires para digitalizar toda su obra, sus arreglos. Para escuelas y universidades. Para que pueda acceder toda la gente. Él era un agradecido a la vida. Mi abuela, también. Y nosotros también queremos agradecer. Pichuco siempre sembró amor y nosotros lo seguimos recibiendo. No encontrás a alguien que hable mal de él. Es el mejor regalo que podemos tener.
