Hay un enigma que tiene tantas soluciones como personas que se atrevan a dar una respuesta. ¿De qué hablan las letras de Los Redondos? ¿De qué las del Indio como fundamentalista? Intentar explicar la poesía es quitarle la vida al sentido mismo del poema. Sin embargo, se puede, sí, trazar un universo donde navega la lírica ricotera.
Alguna vez el Indio citó a Bertolt Brecht como preludio de respuestas a la queja de que sus letras no se entendían: “Quien quiere ver solo lo que puede entender no tendría que ir al teatro, tendría que ir al baño”, decía el poeta y dramaturgo alemán. Y el propio Indio completa la idea: “Escribo canciones en la creencia de que el efecto poético se produce por la capacidad de un texto de continuar generando lecturas diferentes sin ser consumido nunca por completo”.
Hay en el Indio una sensibilidad para leer el mundo y buscarle un doblez en el lenguaje. Una noticia, el clima de época, una tragedia colectiva o individual, el amor, una anécdota mínima se vuelve algo más ante la mirada del poeta que se aleja de la necesidad de que su mensaje se entienda de forma transparente y decide ejercer el poder del gesto estético, y necesariamente político, de implantar una duda, una sensación, un sentimiento. Sacar la cosa del lugar que la vuelve cosa misma para transformarla en un punto infinito de sentidos. Un Aleph en el que convergen lo plebeyo con lo culto, el lunfardo tumbero y la literatura beat, las drogas duras y el amor malogrado, la revolución de oktubre con las miserias plásticas del neoliberalismo oficial.
Sin duda que una zona de la poética ricotera es abrir la puerta, dar lugar, a lo marginado: el delito como hecho social, el delincuente como uno más en una sociedad que se descompone, el poder como máquina de generar sentidos que nos apartan de la realidad efectiva para dejarnos obnubilados por el consumo y las poses.
MOTIVOS DE UNA POÉTICA DEL ROCK
El negocio del rock es una obsesión. El Indio se mira y mira alrededor: camarines, escenarios, multitudes, consumos. La ironía se despliega en “La bestia pop” como crítica y autocrítica al heroísmo impostado. También, en esas primeras épocas, apunta al glamoroso pop de dráculas con tacones con líricas transparentes alejadas del compromiso. Hay también una clara referencia a los consumos. Sobre todo a la cocaína, la droga que veló el sueño de propios y extraños. El brillo frío, los ojos de durax, hundir la nariz en el plato si fuera necesario hacerlo, las estrellas ahí nomás, a su alcance.
Asistimos al amor desmesurado y perdido en la poética de “Esa estrella era mi lujo”, con la ambigüedad siempre de la metáfora para quienes no pueden dejar de morder el anzuelo. También está el amor en “Ñam fri frufi fali fru”, en la mirada desde el muelle viendo al ferry que se va con ella. “La hija del fletero” nos abandona por un Madrid prometedor, y sabemos que el corazón no puede cumplir más promesas ante un genio amor. Ya en el final, el Indio le dedica una oda a su eterna compañera en “Mientras tanto el sol se muere”, una despedida en la que se pregunta cómo será andar solito, allá en la muerte sin el amor de Viru.
La tragedia colectiva aparece desde los primeros temas, algunos de ellos jamás grabados. En “Cuá cuá amén” –reservado solo para los que asistieron a los shows o que escuchaban algún pirata grabado en recitales– aparece la voz de los pibes de Malvinas. El fiero crimen de un embarque con sangre de Satán, y el punto de acetileno cegador se abren como metáforas del hundimiento del Bel-grano y la muerte en el Atlántico Sur. También en “Nuestro amo juega al esclavo”, el Indio pone la lupa en los milicos, pero esta vez ante el alzamiento carapintada que volvía a poner en jaque a la democracia con mucha tropa riendo en las calles. En ese disco, el arte de tapa de Rocambole muestra a la Cruz Roja como fusiladores: aquellos que deben cuidarnos son los que apretarán el gatillo. Años después, en La mosca y la sopa, volverán sobre esta metáfora para decir que cuando estás hundido en tu propia herida te puede encanar un Robocop sin ley. Más adelante le dará la voz a un viejo amigo que asiste a las llamas criminales en el Penal de Devoto, en la Masacre del Pabellón Séptimo. El poder, siempre el poder. El del sillón de Pituca, el de los service que leen diarios empañando Ray-Bans en algún baño turco, el que valla las carreteras donde escuchás caer tus lágrimas.
REFERENCIAS CRUZADAS
En la poética del Indio, de sus letras ricoteras que ahora se estampan en las pieles de miles, hay también intertextualidades. Lecturas de Solari que se vuelven líricas. Aparece un cóctel entre William S. Burroughs y Jean-Paul Sartre como prisma para leer el mundo. También hay lectura y síntesis de Borges: “Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad”, dice el texto “Utopía de un hombre que está cansado”, y de ahí aparece la síntesis: “El lujo es vulgaridad” en la voz de una mujer que cita al maestro y conquista al poeta. Así también sucede con la lectura de En el camino, de Jack Kerouac, uno de los autores más representativos del movimiento beat. De un pequeño fragmento surge la idea de “un héroe del whisky más”, como aquel converso que se vuelve puritano después de haber derrapado por el vicio. En la metáfora, como en tantas otras letras, el Indio ajusta cuentas con Enrique Symns. También hay lugar para los héroes caídos, Luzbelitos como Caryl Chessman, el Loco Fierro, el propio Pablo Escobar Gaviria a quien el coro griego, en el tema, llama “padrecito de los pobres”.
La crítica a la sociedad de consumo atraviesa toda la obra: la TV Führer nos modela y nos invita a un banquete caníbal en el prime time. En “Rock para los dientes” el mundo hecho una empresa nos esnifa la cabeza una y otra vez. En “Nuotatori Professionisti”, el Indio acelera contra los nenes de oro que usan Adidas digitales y Pepsi inyectable.
Volvemos al inicio. No es posible hacer esto. No es posible una nota como esta. Mejor dejar hablar al poeta: “En mi caso me interesan las partes del cerebro que se ponen a trabajar bajo condiciones de ambigüedad. Por eso he elegido escribir en libertad con cambios deliberados e irreverentes de sintaxis. En definitiva, la poesía, como la ciencia, es nada más que una interpretación del mundo”.
