Desde que falleció Indio que no deja de sonar en mi cabeza “El tesoro de los inocentes”, y si bien cuando se conoció la noticia fue una de las canciones más elegidas para las crónicas televisivas y radiales, hace rato que suenan otras, pero esa, sigue insistiendo.
“El tesoro de los inocentes” es el tercer track y el nombre del primer disco de Indio después de la separación de Los Redondos, con el que volvió a las bateas y escenarios tras alejarse de su histórico compañero creativo, revelando una nueva banda y con mucho para decir. A primera vista, el dibujo de un personaje con toga, sombrero, anteojos de sol, tapándose los oídos, parece él mismo, pero también aquel otro que la historia cuenta ilustró el afiche que iba a anunciar el show presentación de Gulp!, el álbum debut de Los Redondos, en un teatro Astros que nunca fue. En esa elección, se halla la expresión de un lazo imaginario entre su pasado y su presente, pero también un reparo sobre algo que pudo haber ocurrido. En los créditos Carlos Solari es “el artista invitado” o “el colmo de”, haciendo letras, música, arte de tapa, voz, teclado y guitarra, más un resto de responsables que incluyen la banda que hoy parece haber sido creada de manera estratégica. Mario Breuer, el histórico ingeniero de sonido del rock local y clave en la discografía redonda, hace unos días contó que en aquel momento le sugirió la posibilidad de la elección del músico internacional que quisiera para ese primero solista y, si bien le gustó la idea, Indio prefirió músicos argentinos. Entonces el batero de la última era ricotera Hernán Aramberri se encargó de encontrarlos.
EL TESORO QUE NO VES
En el arranque los violeros Baltasar Comotto de la mano de Gaspar Benegas, más el compositor y tecladista Pablo Sbaraglia hicieron junta en Luzbola, el estudio de Indio en Parque Leloir, con el bajista Marcelo Torres, el trompetista Miguel Ángel Tallarita y la cantante Déborah Dixon. La incógnita, la presión por semejante historia, la responsabilidad del reemplazo de aquella viola, en fin, como dice Comotto: “Fue un momento de mucha adrenalina y de asimilación de repertorio”. Más tarde se sumaron Luciana Palacios y el saxofonista Sergio Colombo. En 2016 Aramberri partió de la agrupación y del equipo de trabajo junto con Torres, y desde las huestes ceratianas pasó de batero suplente a titular “Don” Martín Carrizo y se sumó el bajista Fernando Nale, al tiempo que Indio confesaba ante casi 200 mil personas en Tandil que padecía la maldita enfermedad de Parkinson. Un año más tarde de ese episodio, en Olavarría, Don Martín no subió a escena porque una enfermedad le impedía tocar, entonces Martín de Pas hizo el show, aunque Ramiro López Naguil fue quien finalmente se quedó con los palos. Meses después, Don Martín contó que su enfermedad era esclerosis lateral amiotrófica (ELA).
Hasta ahí “Artista invitado” había sido “Monsieur Sandoz” en Porco Rex, donde la lírica sobre la “muerte, el amor, el deseo y la traición”, encarada casi siempre en primera persona, tenía dedicatorias expresas y revelaba cuánto sentía aquel final infame con Los Redondos.
Como el “Caballo Loco” en El perfume de la tempestad, avizoró sobre la evolución moderna “nubes que son sospechas” y pidió “Todos a los botes!” porque nada es gratis. Bajo el seudónimo “El Fisgón Ciego”, pudo ver la inocencia personificada en el lenguaje de esos Pajaritos, bravos muchachitos y remarcó en las crónicas: “No nacemos ni buenos ni malos, hay una inocencia que perdura independientemente de cualquier acto miserable que cometamos en esta historia de estar vivos y con aliento”. Y qué a tiempo ese reencuentro ricotero cerrando del disco con Sergio Dawi, Semilla Bucciarelli y Walter Sidotti en “La pajarita pechiblanca”.
Bajo el alias “Protoplasman” en El Ruiseñor, el amor y la muerte, homenajeó a quien lo inspiró, lo educó y le dio herramientas para ser. La idea de reconocer a sus maestros –“¡todos estos muertitos que están acá en mi biblioteca!”–, empieza por la tapa del disco ilustrada con la imagen de sus padres. KVK, su fotógrafo Edgardo Andrés Kevorkian, dice que en los artes de tapa: “Era él quien generaba todas las imágenes, los conceptos; había un diseñador que armaba el original para la imprenta pero todas las decisiones sin consultas eran de él, pues tenía control absoluto”.
Urgidos por la necesidad de recaudar dinero en apoyo a Martín Carrizo, cuyo estado de salud se había agravado y un costoso tratamiento médico podía ayudarlo, Los Fundamentalistas pasaron al frente en el Estadio Malvinas Argentinas.
Ahí, en ese primer show de la banda, sin la participación presencial de Indio (cuyo último había sido en Olavarría) aunque motor del evento en “Todos por Martín”, quedó claro que su liturgia seguía destino en estas manos. Y el holograma y la pantalla, una nueva forma de ser parte en escena.
Imposible hacerlo cuerpo a cuerpo por el temor lógico al contagio, Epecuén, la ciudad que estuvo sumergida de 1984 a 1993, enmarcó con sus ruinas un símbolo certero en un contexto pandémico desolador, un show que quedó en la memoria colectiva por el marco, el registro visual, lo necesario de la música, la nueva aparición de Indio en pantalla, los dos estrenos y una decisión (liberarlo en YouTube por los problemas con la plataforma ticketera), que quintuplicó la cantidad de espectadores previstos en simultáneo. Pero sobre todo por el rescate emotivo, que fue un abrazo en medio de la incertidumbre epidémica más espantosa. “A los pájaros” fue el alivio de sentirse vivos a pesar de todo, cada vez que sonó una canción. Y el comienzo del resto, cuando Indio cantó “Encuentro con un ángel amateur” pero sobre todo cuando bendijo “Damas y caballeros… los Fundamentalistas del Aire Acondicionado”.
Apenas descendieron del avión en el Aeropuerto Internacional General Enrique Mosconi, supieron que Indio había muerto. Chubut estaba programado ese sábado en el Predio Ferial. En estado de shock por la noticia, tomaron la decisión a último momento de seguir adelante con la fecha y entonces transmitir el espectáculo en vivo para acompañar a sus seguidores. Previa ovación, con el dolor a cuestas, los ojos estallados de llanto, tratando de no flaquear, Los Fundamentalistas tocaron hasta que, en determinado momento, 230 mil personas vieron al hombre que hacía horas había partido, interpretando su despedida.
