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Caras y Caretas

           

Argentina libertaria para pocos 

Con ingresos que corren por detrás a la inflación, la morosidad de las familias está en niveles récord, la recaudación cae por baja actividad económica y el consumo no levanta.

El Gobierno en su conjunto y el presidente Javier Milei, en particular, están convencidos de que con la baja de la inflación les alcanza para ganar las elecciones generales el año próximo, lo que sería el pasaporte para quedarse en la Casa Rosada hasta diciembre de 2031. 

Nadie en su sano juicio discutiría que es mejor tener menos inflación, y bienvenida la desaceleración del índice de precios al consumidor que con datos hasta junio de 2026 y en la medición del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) ya lleva tres meses consecutivos a la baja. 

Abriendo un poco el foco de la lente, no es menos cierto que el pico de inflación mensual de 3,4 por ciento en marzo pasado se alcanzó luego de diez meses seguidos de incremento generalizado de precios reflejados en el IPC oficial, dejando como una rémora del pasado el piso de 1,5 por ciento de inflación mensual en mayo de 2025. 

Más allá de las estadísticas y los porcentajes, lo relevante es que la lucha contra la inflación de ninguna manera es una batalla ganada, más bien tiene marchas y contramarchas y, en gran medida, la baja temporal responde a un factor para nada virtuoso, y es que literalmente “en la calle no hay un mango”. 

Receta clásica 

La estrategia del Gobierno para bajar la inflación es simple y conocida, de matriz ortodoxa pura. No emitir pesos bajo ningún concepto, entendible en un escenario de búsqueda de estabilización macroeconómica, aunque el resultado concreto es que termina secando la plaza para que baje la demanda y se corte la inercia inflacionaria. 

Todo esto en un contexto en el que el mercado interno no reacciona, industrias y comercios registran caídas de sus ventas por pérdida de poder adquisitivo de la gente, en especial los sectores de ingresos fijos –jubilados, pensionados, asalariados, beneficiarios de planes sociales, los que aún quedan–, pero no solo siguen subiendo bienes y servicios, sino fundamentalmente las tarifas de servicios públicos. Así, la recaudación impositiva viene cayendo –se contrajo 7,4 por ciento en junio– y la morosidad de las familias para pagar sus créditos crece. 

La confianza ciega del Gobierno en que con la inflación en bajante en 2027 el oficialismo logrará seducir a los votantes para un nuevo período presidencial es de tal magnitud que el flamante vocero presidencial, Adrián Ravier, se animó a pronosticar en conferencia de prensa el 21 de julio que “estamos ganando la batalla” contra inflación, “lo que nos acerca a esto que el presidente ha planteado tantas veces de que a partir de agosto del 26 podíamos empezar con cero algo el IPC”. 

Para lograr esa meta la inflación debería reducirse a la mitad en solo dos meses, dado que el dato que en junio recogió el Indec fue de 1,9 por ciento. Suena cuanto menos un objetivo muy desafiante, pero ya se sabe, cuando no hay evidencias, los políticos en modo electoral apelan incluso a la magia para edulcorar la realidad. 

Pese a ello, el mismo vocero admitió también que “hay gente que no llega a fin de mes, pero no es la mayoría”. Difícil saber de cuánta gente hablamos. Lo que no tiene discusión es que, todas las familias, en mayor o menor medida, han tenido que recortar gastos, algunos tal vez superfluos o prescindibles como salidas a comer afuera, espectáculos artísticos o deportivos, viajes o incluso vacaciones, pero otros en rubros difíciles de cortar, como alimentos o vestimenta. 

Ahí se apela a las segundas y terceras marcas, en algunos barrios del conurbano está volviendo el trueque, la confección para uso propio y estirar la compra de ropa o calzado hasta que la que está en uso no dé más. 

FOTO NA: MARIANO SANCHEZ/ARCHIVO NA

Dos Argentinas 

De esta manera, el Gobierno está delineando una Argentina libertaria para pocos, en la que solo una minoría puede viajar a ver el Mundial a Estados Unidos, a un costo de miles de dólares por persona, o accede a eventos de artistas internacionales con entradas que en algunos casos “empardan” lo que cobra un jubilado de la mínima, o quienes hacen largas colas en flamantes locales de marcas internacionales de indumentaria, que desembarcan en el país por primera vez o vuelven luego de años, con productos que no están al alcance de millones de personas. 

El país que está fraguando durante la presidencia de Javier Milei apunta a ordenar las principales variables macroeconómicas, esperando o convencido de que la micro, es decir la economía de las empresas, se arregla sola y desentendiéndose del destino de mucha gente que no tiene tiempo, dinero o posibilidades para esperar que los cambios y las reformas maduren y se logre un beneficio para todos. 

El caso más claro para explicar esta Argentina partida en dos es lo que ocurre con los salarios. En la retórica oficial “le vienen ganando a la inflación”, algo que nadie que viva de un sueldo puede comprobar en la realidad. Más que los ingresos, lo que crece es la informalidad y el pluriempleo, algo que las cifras oficiales no reflejan en modo alguno. 

Dato cuestionable 

El Índice de Salarios que releva mensualmente el Indec marcó para mayo –último dato disponible– una suba de 2,2 por ciento para el conjunto de la economía, con un incremento de 15,2 en los primeros cinco meses de 2026 y acumulando 35,9 por ciento en los doce meses que van de junio de 2025 a mayo de 2026. La inflación en ese mismo mes fue de 2,1 por ciento, el acumulado de enero-mayo 14,7 y en doce meses 33,2 por ciento. 

Algún desprevenido podrá pensar que el salario le está ganando a la inflación, algo que nadie percibe en su bolsillo. ¿Dónde está la trampa de las estadísticas?  

En el contexto actual parece razonable pensar que con una economía en la que solo funcionan bien los sectores extractivos (petróleo y gas, minería, agro) y por ende intensivos en capital, pero con baja generación de mano de obra, mientras que comercio, industria y construcción, grandes dadores de empleo, están retrocediendo mes a mes, solo le empatan a la inflación los gremios que logran cerrar buenas paritarias, que son contados con los dedos de la mano. 

Tampoco es descabellado pensar que quienes trabajan en negro en la economía informal son los más golpeados en sus bolsillos. Esta es casi la historia de la Argentina misma. 

Pero en la alquimia estadística del Gobierno, según datos del Indec en el desagregado de salarios de mayo, aparece una “perlita”. Mientras los salarios registrados privados subieron 2 por ciento en mayo y 29,2 desde junio de 2025, los salarios registrados en el sector público lo hicieron a un ritmo de 1,5 por ciento en el quinto mes del año y 27,4 en los últimos doce meses. Hasta aquí, entendible según la lógica libertaria de “castigar” al empleo público. 

Lo que resulta casi inverosímil es que los salarios en negro, es decir trabajadores no registrados, fuera de convenio y sin paritarias, según el Indec hayan ganado en mayo un 3,5 por cienrto más que el mes anterior y 66,3 versus mayo de 2025. 

Es decir, que los trabajadores en negro habrían duplicado la velocidad de recomposición de los salarios en blanco. Es algo que no ocurrió en toda la historia económica de la Argentina. 

Incluso con estos guarismos el índice de salarios total de la economía apenas le empata a la inflación. El problema para el gobierno de Javier Milei es que la gente no va a la carnicería, la verdulería o el supermercado con las estadísticas oficiales sino con lo que tiene en el bolsillo, o a lo sumo con la tarjeta de crédito, aunque en ese caso compra alimentos hoy pero también se compra un problema adicional para el mes que viene. 

Escrito por
Carlos Boyadjian
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