La bomba y qué país la tiene: esa es la cuestión que subyace en el debate mundial sobre el uso de la energía atómica. Utilizada como disuasivo, solo está reservada a un selecto club de naciones. Son nueve: Estados Unidos, Rusia, China, India, Francia, Inglaterra, Pakistán, Israel y Corea del Norte. Irán no figura en esa lista. Su programa nuclear, al que Donald Trump y Benjamín Netanyahu dicen haberle colocado una lápida encima, hoy no se sabe si quedó destruido por los bombardeos, si en parte se mantiene vigente pese a la guerra o si Teherán puso a salvo el uranio que había enriquecido en distintos porcentajes.
Socios en la destrucción de Siria primero, Gaza y el Líbano después, y ahora la República Islámica, Estados Unidos e Israel creen haber cumplido un objetivo sobre el que todavía no hay pruebas irrefutables. La república de los ayatolás habría quedado con su capacidad tecnológica diezmada para construir la temida bomba atómica. Además, perdió nueve científicos que fueron asesinados por sus dos enemigos.
La ironía en este tema es que el desarrollo nuclear iraní no comenzó en 1979, cuando el líder religioso Ruhollah Jomeini y su Revolución Islámica provocaron la caída del sha Mohammad Reza Pahleví. El monarca, que había llegado al poder mediante un golpe de Estado contra el primer ministro democráticamente elegido, Mohammad Mosaddegh, inició el programa nuclear en la década del 50. Y lo desarrolló desde 1957 con el auspicio de Estados Unidos.
ORÍGENES DEL PROGRAMA
Pahleví ocupaba el trono gracias al respaldo de la CIA, que se había sacado de encima a Mosaddegh. Este político nacionalizó el petróleo y liquidó la Anglo-Iranian Oil Company, contra la voluntad de Estados Unidos e Inglaterra. El reinado del sha durante 26 años no incomodaba a las potencias de Occidente, que poco repararon en el desarrollo nuclear del país. Tampoco les interesaba denunciar las violaciones a los derechos humanos que cometía su régimen.
En 1959 fue creado el Centro de Investigación Nuclear de Teherán (CINT). Se lo equipó con un reactor de investigación que donó Washington y empezó a operar desde 1967 con uranio enriquecido.
Irán, en tiempos del sha, firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear en 1968 y lo ratificó en 1970. Él nunca había sido un problema, hasta que cayó derrocado y el 10 de febrero de 1979 se creó la primera república islámica del mundo. El escenario daría un vuelco rotundo. El país ya no sería un socio privilegiado de Estados Unidos. Un aliado dócil y representante de la monarquía no es lo mismo que un líder supremo que conduce una teocracia, donde la religión se mimetiza con el Estado.
William Alberque es un investigador del Instituto Pacific Forum que analiza en qué estado se encontraría el programa nuclear de Teherán. No está de acuerdo con el triunfalismo de Trump ni cree que el poderío atómico iraní haya sido aniquilado, como sostiene el presidente de Estados Unidos. Para el especialista, al 13 de junio de 2025, “Irán tenía 440 kilos de uranio enriquecido al 60 por ciento, 185 al 20 por ciento, 6.000 al 15 por ciento y 2.400 al 2 por ciento. Una cantidad importante muy cercana al material necesario para fabricar armas, que estaría enterrado en Isfahán”.
Solo los 440 kilos al 60 por ciento serían suficientes para poseer entre 10 y 15 bombas atómicas. Porque “pasar de ese porcentaje de uranio enriquecido al 90 por ciento colocaría a cualquier país ante esa chance”, comentó Alberque. Una vez terminado ese proceso, que puede llevar varios días y hasta semanas, el mineral, convertido en metal, se transforma en una esfera de 20 a 25 kilos que constituye el núcleo de la bomba. Luego se integra ese material en una ojiva y se monta en un misil. Todo ese proceso puede tardar meses.
DAÑOS Y ALCANCE
Los daños producidos por ataques de los aviones bombarderos B-2, con el penetrador de municiones masivo GBU-57A/B (MOP), que carga 13.608 kilos en un solo artefacto explosivo, retrasaron el programa nuclear iraní, aunque no se conoce hasta qué punto quedó inutilizado. La bomba rompebúnkeres fue arrojada por primera vez por Estados Unidos sobre las instalaciones iraníes de Fordow y Natanz el 22 de junio de 2025.
Una opinión de peso en este conflicto geopolítico sobre la utilización de la energía nuclear es la de un argentino. Rafael Grossi es el director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y, a fines de marzo, declaró que se le provocaron “enormes daños” a la infraestructura iraní, aunque aclaró que todavía “persistían elementos que no fueron destruidos”.
Entre esta actualidad, que pone en peligro al planeta, y aquel proyecto de Pahleví y Estados Unidos, que consistía en construir hasta 23 estaciones de energía atómica en todo el territorio de Irán, media un abismo. Quedó demostrado que, desde la revolución islámica de 1979 hasta hoy, el país más estigmatizado del mundo por las potencias occidentales pudo desarrollar su programa nuclear, con avances y retrocesos, casi en soledad.
Pero los ataques de Estados Unidos e Israel a sus plantas subterráneas, donde acumularía el uranio enriquecido, ponen en duda hasta dónde quedó afectada su capacidad para continuar con el programa. Irán sostiene que es para uso pacífico. Trump respondió con crudeza el 7 de abril en su red Truth Social, antes de darle un ultimátum: “Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás”. Queda muy claro quién comenzó el conflicto y quién desea por todos los medios seguirlo.
La situación remite a las armas de destrucción masiva que se le atribuían a Irak antes de que Estados Unidos comenzara su invasión en 2003. Se comprobó después que no había ni rastros de ellas. Como George W. Bush, el magnate megalómano que ocupa la Casa Blanca también tiene su coartada para seguir haciendo la guerra.
