El 7 de mayo se conmemoró el 107° aniversario del nacimiento de Eva Duarte de Perón, una figura cuya gravitación política, social y simbólica continúa atravesando la historia argentina con una intensidad que el tiempo no ha conseguido atenuar. Nacida en Los Toldos, en el seno de una familia humilde, Eva alteró de manera irreversible no solo el escenario político de su época, sino también las formas en que se articulaban el poder, la representación femenina y el vínculo con los sectores populares. Su irrupción significó una fractura profunda respecto de los lugares tradicionalmente asignados a las mujeres en la esfera pública.
En una época en la que el papel de las primeras damas quedaba restringido a la representación protocolar y a una beneficencia cuidadosamente despojada de contenido político, Eva rechazó ese molde sin vacilaciones. Tampoco aceptó ocupar el lugar subordinado que la lógica de época le reservaba como esposa de un militar en ascenso. Desde el momento en que conoció a Juan Domingo Perón, en 1944, comprendió que su intervención no podía reducirse al acompañamiento decorativo. Su decisión fue otra: inscribirse de lleno en la disputa política de su tiempo y convertir esa presencia en una de las irrupciones más decisivas de la historia argentina contemporánea.
Eva y los descamisados
Su tarea junto al movimiento obrero fue concreta, sostenida y decisiva. Desde la Secretaría de Trabajo y Previsión mantuvo contacto cotidiano con delegaciones obreras, participó activamente de las discusiones en torno de convenios colectivos, sostuvo interlocución permanente con la conducción de la Confederación General del Trabajo y se convirtió en una mediadora central entre el Estado peronista y las demandas de los trabajadores. Esa cercanía con los sectores populares no fue una construcción retórica ni una operación simbólica: fue una práctica política diaria que consolidó una identificación mutua de una potencia inédita.
Muchos intentan todavía reducir su figura a comparaciones forzadas con otras dirigentes políticas. Sin embargo, la historia no admite equivalencias automáticas. Cada figura debe leerse en la singularidad de su tiempo y de las condiciones históricas que hicieron posible su emergencia. En el caso de Eva, lo verdaderamente disruptivo fue haber encarnado una centralidad política excepcional en una sociedad estructuralmente patriarcal y conservadora, y haberlo hecho desde una legitimidad construida en su vínculo directo con los sectores postergados.
Es cierto que las luchas por los derechos sociales y políticos de las mujeres no comenzaron con ella. El socialismo, el anarquismo y diversos movimientos reformistas venían impulsando desde hacía décadas demandas de ampliación democrática. Pero reconocer esos antecedentes no disminuye la especificidad de Eva. Lo que la distingue es haber convertido esas demandas en decisión política efectiva. Asumió el costo de hacerlo en un país donde la ampliación de derechos para los sectores populares siempre fue percibida por las clases dominantes como una amenaza intolerable.

La conquista de derechos
Su lucidez política se expresó también en la claridad con la que identificó a los adversarios del proyecto que defendía. Eva denunció sin eufemismos a una oligarquía a la que consideraba responsable histórica de la exclusión social y de la subordinación nacional. Sus discursos, de una radicalidad inusual para la época, revelan una voz política que no temía nombrar los conflictos de clase ni señalar a quienes entendía como enemigos del pueblo.
Al mismo tiempo, su inteligencia le permitió construir una centralidad propia sin necesidad de disputar protagonismo con Perón. Comprendió que la dimensión histórica de su intervención no dependía de una competencia personal sino de la capacidad de representar políticamente una sensibilidad colectiva. Esa comprensión le permitió ocupar un lugar singular dentro del peronismo y proyectarse como una figura cuya gravitación excedió incluso su propia vida.
Su legado concreto es ineludible. En 1947 impulsó la sanción de la Ley 13.010, que consagró el voto femenino y permitió que millones de mujeres participaran por primera vez de elecciones nacionales. Promovió la creación del Partido Peronista Femenino, fundamental para la incorporación masiva de mujeres a la vida política. A través de la Fundación Eva Perón desarrolló una vasta red de políticas sociales orientadas a garantizar derechos básicos, asistencia sanitaria, educación, capacitación laboral y protección social para miles de familias trabajadoras. También colocó en el centro discusiones vinculadas con la autonomía económica femenina y el reconocimiento del trabajo de cuidado, mucho antes de que esas cuestiones adquieran la centralidad contemporánea.

Walsh y la persistencia del mito
La enfermedad y su temprana muerte, en 1952, no hicieron más que intensificar la dimensión política de su figura. El odio que despertó en sus adversarios alcanzó una de sus expresiones más siniestras tras el golpe de Estado de 1955. El secuestro y la profanación de su cadáver constituyen uno de los episodios más perturbadores de la historia argentina. La obsesión de la dictadura de borrar incluso materialmente su presencia revela hasta qué punto Eva seguía representando una amenaza para quienes pretendían restaurar el orden social previo al peronismo.
Ese terror fue captado con extraordinaria precisión por Rodolfo Walsh en el cuento “Esa mujer”, donde el cuerpo ausente funciona como anticipación de una violencia estatal que años más tarde alcanzaría su forma más extrema en las desapariciones forzadas y el terrorismo de Estado.
A 107 años de su nacimiento, Eva Perón continúa siendo una figura incómoda porque su memoria sigue interpelando una verdad que ciertos sectores preferirían clausurar: que una mujer proveniente de los márgenes sociales fue capaz de alterar para siempre la estructura del poder argentino ampliando derechos, reorganizando sensibilidades políticas y dejando una marca que ninguna operación de olvido consiguió borrar.
