El silencio de un sábado en el Ferrocarril San Martín, ese que tantas veces usó Ernesto Sabato para trasladarse desde el centro hasta su casa en Santos Lugares, pareciera invitar a descubrir si sus fantasmas viven en esas zonas, si es que, tal como lo sostenía, la ciencia no ha logrado explicarlo todo.
El primer encuentro con él, sin embargo, es frente a la estación, en un costado de la plaza semivacía y con unos pocos chicos hamacándose junto a su madre, donde un pequeño mural de estilo pop art exhibe una pintura de su rostro. Desde allí, caminando dos cuadras, se llega a la calle denominada desde hace una década Ernesto Sabato y, a los pocos metros, en el 3135, a su histórica casa blanca y amarilla, construida en 1927 y a la que se mudó en 1945, en parte por el parecido con la casa de su infancia en su Rojas natal.
Nos recibe en la entrada del jardín, con cipreses, palmeras, magnolia y araucaria, su nieto Guido, hijo del cineasta Mario, quien abre la casa al público sábado por medio para reconstruir la vida y los tiempos del siglo XX de su abuelo, comenzando el recorrido por la frondosa biblioteca y la sala que solía usar su esposa Matilde, tras atravesar un perchero que tiene colgados los clásicos gorros bucket, sobretodos y bufandas de su abuelo. Allí podrían aparecer los primeros fantasmas, como los de quienes recrearon la pelea entre Luis Ángel Firpo y Jack Dempsey o de los entonces desconocidos Libertad Lamarque y Carlos Gardel, cuando ese espacio era un estudio de filmación, en tiempos en que la casa era propiedad del productor de cine italiano Fernando Valle, quien se quedó a vivir incluso cuando comenzó a habitarla la familia Sabato.
También los de las reuniones que el propio Sabato sostuvo allí con intelectuales y artistas de su talla, como el brasileño Jorge Amado, Antonio Berni, Arturo Jauretche, Leopoldo Marechal e incluso su admirador, el rey Juan Carlos de España. O los de quienes asistían a sus cumpleaños, cuando abría la casa a todo el público, desde su familia extendida hasta Mercedes Sosa, admiradores y vecinos del barrio. O, quién sabe, los de los exorcismos que, con el propio Sabato, Guido narra que se realizaban en el subsuelo, espacio en el que también refugió a amigos perseguidos por la dictadura militar.
ECOS DEL SIGLO
Pero también los de quienes integraron las primeras reuniones de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), que se realizaron en esa sala y desde la cual Sabato encabezaría las denuncias que permitieron condenar a las Juntas Militares, y cuyo trabajo se simboliza en el libro Nunca más, cuya versión en hebreo sobresale entre los cientos de libros de la biblioteca que reviste las paredes.
Luego de un tiempo allí, donde además de contar esas historias por parte de Guido se debate sobre la actualidad en clave del pensamiento de Sabato, se pasa al jardín interno, en donde se puede ver la estatua de la diosa Ceres que se emplazaba originalmente en Parque Lezama y aparecía en los primeros capítulos de Sobre héroes y tumbas, la cual la municipalidad, a inicios de los 70, “prestó” a Sabato por el lapso de 99 años. Si aquella figura fue testigo en la ficción de la compleja relación entre Martín y Alejandra, lo fue también del punto culminante del amor de Sabato por Matilde Kusminsky Richter, pues tras casi cinco décadas de matrimonio civil, en 1990 se celebró allí la boda oficiada por los obispos Jorge Casaretto y Justo Laguna, tras la conversión de Matilde, desde mediados de los años 70, del judaísmo al catolicismo, al cual buscó acercar a Sabato.
Ese mismo jardín se observa también desde la habitación contigua, a la que luego nos dirigimos, donde sigue emplazado el escritorio de Sabato, con su máquina de escribir Olivetti y sus célebres anteojos. Fue allí donde creó sus obras más notables, como la anteriormente citada, considerada una de las mejores de la literatura argentina del siglo XX, El túnel, Abaddón el exterminador o los ensayos Hombres y engranajes, La resistencia, El escritor y sus fantasmas o Antes del fin. Y donde Sabato recibía, leía y atesoraba la correspondencia de sus lectores, algunas de ellas agradeciéndole haberlos acompañado con sus ensayos y literatura durante sus crisis existenciales. Como también las cartas con las notificaciones sobre galardones, como el más importante de la lengua castellana, el Miguel de Cervantes en 1984, la Gran Cruz al Mérito Civil en España en 1978, el Comendador de la Orden de la Legión de Honor de Francia en 1987 o el más importante de las artes en Israel, el Premio Jerusalén en 1989.
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Del mismo modo, el espacio donde habrá meditado las críticas que recibió por algunas de sus posturas políticas, como su inicial desprecio por Perón y el peronismo, matizado unos años más tarde al exhibir su sensibilidad social por las clases obreras, o bien por su almuerzo con Jorge Videla en los inicios del Proceso.
Tras ello, y luego de atravesar un pasillo que, al igual que los otros espacios, se encuentra rodeado de fotografías y objetos del escritor, se llega al sitio donde desarrolló su última etapa, cuando, habiendo abandonado definitivamente la ciencia dura –fue el octavo doctor en física de la Argentina– y en gran medida su obra literaria, debido también a la dificultad con su visión, se recluyó en las artes plásticas. Entre sus paletas, pinceles y atriles es posible ver algunos de sus mejores cuadros, que sí exhiben sus fantasmas, propios y ajenos.
Permanece bajo reserva, eso sí, el cuarto que lo albergó hasta sus últimos días y donde Sabato manifestó los deseos que su hijo y nietos cumplieron en esos mismos lugares tras su muerte. Uno de ellos, que esta casa se convirtiera en un museo para la comunidad, algo que, tras las refacciones comandadas por su nieta arquitecta Luciana, todos ellos pusieron en marcha, guiando además las visitas. El otro, que lejos de lugares céntricos, políticos o elitistas, fuese velado cerca de sus vecinos, en el club Defensores de Santos Lugares, que se encuentra justo enfrente, el cual alberga hoy día el Centro Cultural Ernesto Sabato, al lado del inmenso mural con el rostro del escritor, pintado por Martín Ron.
