El pintor Juan Pablo Castel conoce y se enamora de María Iribarne casi a primera vista, un día de 1946 en el Salón de Primavera, donde se exhibe su tela “Maternidad”. Lo que lo conmueve de la muchacha, hasta llevarlo a la obsesión amorosa, es que María se detiene en un detalle de su pintura en el que nadie había reparado: arriba a la izquierda, a través de una ventanita, una mujer mira el mar como esperando algo, quizás algún llamado apagado y distante. Con esa escena de su lienzo, Castel intentaba sugerir una soledad ansiosa y absoluta que es la propia, un vacío existencial que el artista espera que sea llenado por María, la joven que comprendió su pintura. Al poco tiempo, María Iribarne comienza una relación amorosa con Castel, aunque está casada con Allende, un hombre ciego al que no piensa abandonar. El desenlace de la historia de El túnel (1948) es bien conocido: un femicidio. Es la crónica de una muerte anunciada desde el comienzo de la novela y, también, uno de los inicios más célebres de la literatura argentina: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”.
Pintura, ceguera, soledad y el horror del crimen. En su primera novela, Ernesto Sabato no solo expone los tópicos que atravesarán el resto de su narrativa de ficción, sino también ciertas claves de sus primeros pasos como artista y un presagio de los últimos tramos de su existencia. En efecto, en 1979, cuando a quien escribió el “Informe sobre ciegos” le diagnosticaron una enfermedad ocular que, con el paso del tiempo, le haría perder la vista hasta casi impedirle leer y escribir, Sabato retornó a la que había sido su primera pasión y vocación: el mundo de las artes plásticas.
INFANCIA Y REFUGIO
Porque la pintura fue también el primer refugio de Sabato. Refugio de una infancia en Rojas, marcada por la figura de un padre severo y por pesadillas, alucinaciones y episodios de sonambulismo, de los que solo era rescatado por la ternura de su madre. En Antes del fin, Sabato relata que sus primeros recuerdos vinculados a la pintura se remontan a la escuela primaria, donde era el dibujante de la clase y se encargaba de ilustrar las fechas históricas en el pizarrón con tizas de colores. Sin embargo, también narra que su afición se interrumpió tras un episodio traumático de la adolescencia: cuando estaba a punto de retratar un árbol, varios compañeros lo atacaron y le destruyeron hojas y pinceles. Entonces se volcó primero a la física y luego a la literatura.
Cuando, a medida que avanza la ceguera, Sabato regresa a la pintura, sus cuadros parecen imbuidos tanto de su mundo literario como de su formación científica. Sin embargo, construyen un universo propio. La producción pictórica de Sabato es acotada: obras al óleo sobre lienzo, realizadas con técnicas tradicionales. Los motivos son también clásicos: retratos, autorretratos, naturalezas muertas y paisajes. En su obra plástica pueden reconocerse dos momentos bien diferenciados: uno, denominado “sobrenaturalista” por el propio autor, emparentado con el neoexpresionismo europeo y estadounidense, en el que se inscriben sus paisajes oscuros, con rostros, noches y personajes sonámbulos que deambulan por arquitecturas absurdas, con evocaciones al Buenos Aires de Sobre héroes y tumbas; y otro en el que predominan las naturalezas muertas.
VISIÓN Y CEGUERA
En sus cuadros “sobrenaturalistas” aparece una idea de mundo alucinado, salvaje e inexplorado, con un tono onírico que roza lo pesadillesco. Hay reminiscencias del inconsciente surrealista y claras influencias de El grito, de Edvard Munch, y de La tempestad, de Oskar Kokoschka. Su pintura se inscribe en lo nocturno, lo subjetivo, lo fantasmagórico y lo trágico, en sintonía con un gnosticismo que también atraviesa el “Informe sobre ciegos” y otras zonas de su literatura. Entre estas imágenes se destacan los retratos de escritores que influyeron en su obra: Baudelaire, Poe, Sartre, Nietzsche; su impactante Última visión de Virginia Woolf, su Kafka transformado en El señor K. con pájaros o Reunión o conversación de ciegos, donde aparecen máscaras hieráticas, acosadas y acosadoras, cercanas al imaginario del terror. Como en su literatura, los personajes pictóricos de Sabato se presentan trágicos, desesperados y atormentados.
Ese tono dramático se intensifica en sus paisajes –o en aquello que parece serlo–, que remiten más a estados internos que a representaciones de la naturaleza. Más allá de la presencia de cielos o casas, predominan rostros angustiados por el silencio o por un grito de resonancia muncheana, caras tensas o aterradas por aquello que han visto: el vacío de la existencia, los horrores del mundo o incluso la experiencia del propio Sabato al frente de la Conadep, investigando crímenes, torturas y desapariciones durante la dictadura. Los cielos suelen ser oscuros y convulsos; las paredes, opacas y gastadas. El negro actúa como una fuerza corrosiva. La oscuridad no es solo un destino final, sino una condición de la existencia misma, donde la ceguera aparece como un estado constitutivo del ser humano.
En “Conversación”, Sabato explicó que las formas son apenas un medio para expresar lo esencial: el mundo interior. Refiriéndose a Vincent van Gogh, escribió: “Con el pretexto de un árbol, de una botella de vino o de un candelabro sobre una silla, lo que está pintando es toda su soledad, toda su angustia, todo un modo de sentir la existencia”. Algo similar podría decirse de Castel. Asimismo, señala que el criminal más abyecto en Fiódor Dostoyevski es, en muchos sentidos, el propio autor. El crimen vuelve así como núcleo.
En su Autorretrato, Sabato se representa enfrentando al espectador detrás de gruesos lentes. Todo anticipa la ceguera: la mirada perdida, los ojos como puntos oscuros en una materia espesa, la luz verdosa que lo envuelve. Predominan los tonos verdes y ocres.
Finalmente, incluso en sus naturalezas muertas, la luz resulta esquiva. Una pera, una banana, un jarrón o unas flores emergen sobre fondos dominados por el negro. También allí hay una huella expresionista: la intuición de que toda belleza es frágil, de que toda armonía está amenazada y puede devenir, en cualquier momento, en pesadilla.
Sabato sostuvo que la pintura –a la que eligió como última forma de expresión– era más sincera y saludable que la literatura, porque el inconsciente se manifiesta en imágenes mudas y multívocas. Por eso, los pintores –que no en vano suelen vivir más que los escritores– pueden plasmar ese material con menor mediación intelectual. Al perder la vista y entregarse a la pintura, Sabato creyó encontrar una forma de clarividencia: la de Tiresias, la de los conspiradores del “Informe sobre ciegos”, la del “pobre Allende”, que acaso es el único que comprende y ama a María Iribarne, la de un Edipo que se arranca los ojos para ver la verdad. Una visión que ya no depende de la mirada, sino de aquello que se revela en la oscuridad.
