El antiperonismo, como suele decirse, nació de manera simultánea con el peronismo. Pruebas de ese proceso abundan. Basta con repasar el transcurso de la campaña electoral desarrollada durante el verano de 1945-1946.
Los principales referentes de la opositora Unión Democrática tuvieron en ese breve espacio temporal la oportunidad de dedicar un amplio abanico de descalificaciones al movimiento político-social que se venía construyendo en el anterior bienio.
Un rol decisivo en esa faena le correspondió al dirigente de la Unión Cívica Radical Enrique Mosca, a la sazón, candidato a vicepresidente de la Nación en la fórmula que encabezaba su correligionario José Tamborini.
En nombre de la libertad y de la necesidad urgente de sortear el riesgo de consolidación del “peligro fascista”, en cada uno de sus discursos de campaña sometió al escarnio al candidato oficialista, su proyecto y sus métodos, juzgados como meros intentos manipuladores de masas incultas.
A las lapidarias definiciones sobre el coronel candidato y sus adherentes, el antiperonismo de la época primigenia añadió los reparos de otra fuente altamente calificada. Nada menos que el gobierno de Estados Unidos de América.
Por esos días –segunda semana de enero de 1946– se difundió en Washington un documento atribuido a los militares argentinos que gobernaban el país y que arropaban al candidato laborista.
Ese texto fue presentado como suscripto por el grupo de oficiales GOU un día antes de la asonada del 4 de junio de 1943. Pero de inmediato la embajada argentina en Estados Unidos sostuvo que se trataba de “burdos y torpes conceptos” que buscaban exponer un “pseudo objetivo de política internacional de corte imperialista (de parte de la Argentina) que nunca ha existido”.
La delegación diplomática transcribió en su respuestas algunos párrafos de ese documento apócrifo, según el cual:
- “Para realizar el primer paso que nos llevará a una Argentina grande y poderosa debemos adueñarnos del poder. Jamás el civil comprenderá la grandeza de nuestro ideal. Habrá pues que eliminarlo del gobierno y darle la única misión que le corresponde: trabajo y obediencia.”
- “Conquistado el poder nuestra misión será ser fuertes y más fuertes que todos los otros países reunidos. Habrá que armarse, armarse siempre venciendo dificultades, luchando contra las circunstancias interiores y exteriores. La lucha de Hitler en la paz y en la guerra nos servirá de guía.”
- “Tenemos ya al Paraguay, a Bolivia y Chile. Con la Argentina, Paraguay, Bolivia y Chile nos sería fácil presionar al Uruguay. Luego las cinco naciones reunidas atraerán al Brasil fácilmente debido a su forma de gobierno y los grandes grupos de alemanes entrando al Brasil. El continente americano será nuestro.”
- “Nuestra teoría será un hecho sin precedente realizado por el genio político y el heroísmo del ejército argentino.”
Desmentidos esos crasos infundios y volviendo a la campaña electoral –y a los esfuerzos de Mosca por construir un enemigo despreciable–, el 22 de enero de 1946 en Santiago del Estero, el candidato de la UD aludió a ciertos incidentes registrados en días previos.
Lanzó su furia discursiva, entonces, contra “esas hordas vandálicas que, como en Añatuya de esta provincia, atacan la propiedad privada y destrozan y queman la enseña de la patria, en un impulso de instintiva salvajada”.
Dos días más tarde, en Jujuy, planteó la necesidad de señalar “con el dedo acusador de las ilevantables condenaciones, a los malos hijos de esta Nación promisoria que, sin escrúpulos ni sonrojos, están al servicio de las maléficas intenciones”.
Al candidato le resultaba inaceptable que “los habitantes sensatos de la Nación caigan en la ingenuidad peligrosa de creer ese fárrago de promesas paradisíacas” que hacen sus enemigos.
Por eso pedía que la masa obrera “no se deje arrebatar por encendidos e ilusorios entusiasmos; que no se entregue como instrumento obsecuente a la burda ambición de los que están explotando su credulidad y enardeciendo sus apetencias”.
La clase trabajadora, zumbaba Mosca, “no puede convertirse en materia de engaño y de esclavitud para los falsos apóstoles de las insinceras reivindicaciones sociales”.
Salvajismo
Con énfasis similar al día siguiente, 25 de enero, en Tucumán, el dirigente radical insistió: “Se ha creado un clima de terroríficas tonalidades en donde la insolencia, el ataque armado y el salvajismo inconsciente –sometido a método y consigna– nos están mostrando en este viaje de prédica cívica que las hordas desaforadas están puestas al servicio de los enemigos de la democracia y de los secuaces del nazifascismo”.
Estos últimos, alertó, “ansían usurpar el poder público con las armas innobles y desleales del crimen, del asalto vandálico y de la arbitrariedad”.
A juicio del aspirante a vicepresidente, la sociedad argentina estaba “asqueada de tanta bajeza torpe y regresiva”. Por lo cual, ratificó, “proseguiremos esta empresa argentinista que estamos cumpliendo en defensa de la salud espiritual del país”.
En todo caso, afirmó el dirigente de la UCR, quien decidiera elegir al denostado coronel renegaría “de su altivez y de la riqueza que importa el valor humano limpio de todo vasallaje y refractario a toda idolatría”.
Sin mayores eufemismos, Mosca se adelantó entre sus correligionarios al caracterizar al probable elector del candidato laborista como “una pobre expresión zoológica que integra la columna viviente sin fortuna y sin gloria”.
“Porque el alto sentido de la existencia –dijo– presupone la posesión de ideas propias, de solvencia moral y de emancipación en el espíritu, para no comulgar con los dogmas tiránicos y con la impúdica obsecuencia que denigra al individuo y que inferioriza a la especie.”
El rechazo a los sectores populares caracterizados, valga la reiteración, como “una pobre expresión zoológica” careciente de ideas propias y de solvencia moral, se reforzaba con un claro repudio a la “impúdica obsecuencia” de esa masa movilizada.
Mosca fue así el precursor de aquella famosa frase sobre el “aluvión zoológico”, acuñada tiempo después por el también radical Ernesto Sammartino.
La gira de los candidatos de la UD en aquel férvido verano prosiguió por las provincias del norte del país. Llegado a La Rioja el 26 de enero de 1946, el compañero de fórmula de Tamborini se empeñó en imaginar las características virtuosas de los trabajadores genuinos, aquellos que no apoyaban al coronel. Virtudes de las que, por supuesto, carecían los obreros peronistas.
“La familia proletaria argentina tiene suficiente mentalidad y sobrado entendimiento como para pensar que únicamente son estables y efectivas las conquistas logradas por la fuerza de la ley y por el proceso de la maduración natural y armónica”, advertía el dirigente de la UCR.
Añadía luego: “La masa laboral bien sabe que ya ha logrado un marcado y positivo cúmulo de redenciones sociales, sin violentar la paz interior, sin ofender los principios de la cordura y sin necesidad de apelar a los ídolos de barro y a próceres providenciales”.
Otros conceptos de Mosca, que incluyeron una triste invitación anticipada a practicar “desapariciones” de oponentes políticos, fueron los siguientes:
- “Debo levantar la voz aislada de protesta contra los profesionales de la mentira y de la corrupción moral.”
- “Contra esos pregoneros del odio que intentan engañar la buena fe de la familia argentina hablando de una democracia que no conocen ni cultivan.”
- “Se ha llegado a un clima terrorífico en que el ataque a mano armada con un salvajismo inconcebible nos está demostrando en este viaje que todos los servicios están puestos al servicio de los enemigos de la democracia.”
- “El terror es el recurso de los impotentes que no saben que por encima de toda la valentía injustificada ha de imponerse finalmente la moral cívica.”
- “La bajeza que se acrecienta cada día nos muestra la necesidad de una lucha firme para hacer desaparecer para siempre a los sicarios del totalitarismo.”

Comparsas
Al día siguiente, 27 de enero, en Córdoba, Mosca repetía la descripción patológica de los adherentes a su enemigo. Caracterizaba luego a los seguidores de la UD como “hombres altivos y honrados de esta tierra, que no venden su conciencia por la miserable limosna de un mendrugo ni se entregan a las comparsas ridículas y bufonas del servilismo, del vasallaje y de la orfandad mental”.
Lanzado en su verborragia, el santafesino reforzaba su crítica a la masa encolumnada en las filas del flamante Partido Laborista. Llegó a asegurar entonces que “bastardean la fe de Cristo” y “contradicen su verbo de concordia, desatando las fuerzas del odio, las furias de la anarquía y las hordas del crimen que son un estigma para la cultura y para la civilización (…) La religión es potencia rectora del espíritu, pero nunca bandera de especulaciones subalternas bajo cuya sombra se escudan los amorales y perversos”.
Quedaban aún muchos epítetos por proferir para injuriar a quienes se animaran a votar a su adversario. Mosca no tenía intención de guardarse ninguno.
En Rosario, el 28 de enero de 1946 aludió en un acto público a los incidentes producidos en el marco de su gira electoral: “Los asaltos vandálicos, las provocaciones de las turbas asalariadas y las explosiones salvajes de las hordas analfabetas y alcoholizadas no lesionan la magnitud del triunfo porque no puede disminuir la llamarada de la hoguera el resoplido inarmónico de la alimaña embrutecida”.
“Comparsas regimentadas, que en el colmo de su inconciencia criminal amparaban sus provocaciones escudadas en los cuerpos de las mujeres y los niños, ofrecían el espectáculo regresivo más vergonzoso de la historia”, sintetizó.
Por fortuna, sostuvo, “nada de ello logró amenguar las manifestaciones apoteósicas que en todos los centros civilizados brindaron los partidos integrantes de la Unión Democrática, los estudiantes, las mujeres, los obreros libres y la masa independiente que sabe sumar sus inquietudes a las nobles causas del bien general”.
Mosca proseguía: “En todas partes hemos advertido legiones de desengañados que no consienten en seguir siendo instrumento de quienes pretenden apropiarse del mando mediante los expedientes del engaño, de la trampa y de la subversión social”.
Aseguraba luego que “se desmorona la idolatría”, lo cual marcaba “el inevitable final de todas las batallas mercenarias que no cuentan con la fuerza medular de la intención honrada ni tienen el aliciente de un sagrado ideal”.
“La luz encandila a los tiranos y para el mandón absolutista y logrero la ignorancia es campo fecundo para la germinación de sus absurdas concepciones ideológicas y clima propicio para erigir en el pedestre atributo de una alpargata en símbolo representativo de la felicidad espiritual”, remarcó el radical.
“El tirano y el falso profeta –agregó– necesitan la sombra fatídica de la ignorancia y la vileza del vasallaje para mantenerse en el trono de sus falsas preeminencias y de su despiadado predominio”.
Perversidad
Jugando de local en la provincia que había gobernado hasta 1924, Mosca juzgó oportuno ese 2 de febrero de 1946 “apostrofar a los feligreses de la tiranía que con furia instintiva pretenden arrebatarnos el usufructo de la libertad”.
Agregó entonces: “Triste y mezquino homenaje para nuestra evolución y para la labor constructiva y formativa del aula argentina, fuera creer que en nuestro suelo fecundo y promisorio haya seres desviados e inconscientes que pretendan arrastrar la Nación hacia el abismo nefasto de su descrédito y de su descomposición social”.
Los acólitos de la Unión Democrática oyeron un día después, en Concepción del Uruguay, la advertencia del candidato sobre el riesgo del naciente peronismo.
“Se incendian las bajas apetencias, se inflaman las explosiones del odio, se endiosan los arrebatos de la perversidad instintiva y se festejan con júbilo siniestro las bufonadas de las hordas ensoberbecidas, que se sienten próceres porque se les ha agitado la vanidad ambiciosa y se les ha otorgado una aureola de triste y empobrecida heroicidad.”
El 5 de febrero Mosca confió en que el entonces territorio del Chaco fuera “la tumba postrera de esta otra barbarie que enloquecida de ambiciones y enferma de inconsciencia ha invadido los caminos del orden para enlodar nuestra fama de pueblo civilizado y revivir las escenas bochornosas y denigrantes de una hora trágica de la historia que ha llenado de espanto, de ludibrio y de vergüenza los anales de la moral humana, por obra del escarnio, de la vileza y de la perversidad”.
El mismo día, en Corrientes, advirtió: “No es posible que se sorprenda la buena fe de los menos aprensivos, tan inclinados a creer en los cuentos de hadas y en las delicias de un reparto de bienes terrenales pródigo y apetitoso (…) Digamos basta a esa siembra de doctrinas denigrantes y absurdas que están envenenando el sentimiento de una parte de la clase proletaria que no advierte el engaño y no entiende que se está poniendo en peligro su dignidad”.
Ya retornado a la Capital Federal, 9 de febrero de 1946, durante el gran acto realizado por la Unión Democrática en la Avenida 9 de Julio, el candidato vicepresidencial volvió a censurar “la inconciencia de las turbas asalariadas” y a “los proscriptos de la cordura, del decoro y del honor”. Anticipaba a la vez que “la unión de todos constituiría la fuerza pujante y arrolladora que batiría a la dictadura y a las legiones siervas del nazifascismo”.
Luz
La tarea que le cabría a la Unión Democrática tras el imaginado triunfo electoral, decía Mosca, consistiría en “multiplicar los afanes para sanear la administración pública, extirpar anomalías burocráticas, reeducar esa porción de la ciudadanía engañada por el juego de falsos mirajes e intoxicada por una prédica tendenciosa y absurda que le ha anulado la cordura y le ha enardecido la hostilidad”.
Según el plan del líder radical, “para lograr la felicidad de la familia proletaria es preciso y perentorio desarrollar una faena de alto contenido moral y de sabia doctrina humanitaria y equitativa”.
Añadió: “Sin sacrificar el ideal de mejoramiento de vida en las clases laboriosas, es menester desarrollar paralelamente una labor de superación espiritual del hombre que trabaja y del hogar que tutela”.
El problema, sostenía Mosca, “es de educación y de cultura, y el goce del derecho tendrá el sabor a gloria si quien lo percibe tiene luz en el cerebro, fuerzas razonativas en la conciencia y sensibilidad generosa en el corazón (…) ha de ser seria y ardua tarea la de atemperar los espíritus después de una época en que se agitaron los enconos, se incendiaron las bajas apetencias y se prestó incentivo a la descomedida y tenebrosa unión entre el capital y el trabajo”.
El dirigente radical estaba convencido de que la Nación, afortunadamente, contaba “con grandes reservas morales y con acopio de inquietudes diáfanas como para poder salir airosa de esta encrucijada que le tendiera la irreflexión y la fatalidad”.
Pero las cosas no salieron como esperaba, y al fracasar en su intento de ser electo vicepresidente continuó dedicándose a los negocios particulares.
Como antecedente en este terreno y en su carácter de abogado, entre 1928 y 1931 Mosca había representado a la firma inglesa The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited, que operó en la Argentina entre 1906 y 1931.
Conocida popularmente como La Forestal, la firma explotó, como eje de sus negocios, casi dos millones de hectáreas de los bosques de quebracho que se alzaban en el Chaco Austral, según consigna el investigador Adrián Zarrilli.
Irreflexivos
El candidato a vice, de momento, seguía en campaña y el 14 de febrero en la ciudad bonaerense de Azul opinaba sobre lo que, a su juicio, eran las vías aptas para el progreso económico y social del país.
La sociedad, manifestó allí, “no puede creer en quienes inflaman los odios de las clases irreflexivas volviéndolas contra los que han dado impulso efectivo al progreso exponiendo sus patrimonios y sumando sus bien intencionadas iniciativas”.
No puede esa misma sociedad, agregaba Mosca, “creer en vaticinios de progreso formulados por quienes han retrotraído la cultura de la Nación a los planes desdorosos del asalto vandálico, de la comparsa carnavalesca, del analfabetismo escandaloso, del relajamiento de todas las disciplinas y de la anarquía instigada con vistas al terrorismo y a la intimidación”.
Según advertía el dirigente radical, la elección en ciernes constituía “una pugna entre las legiones de la justicia y el orden, y las que amenazan sepultar la patria en el fangal de sus fatídicas aberraciones”.
Por lo tanto, sentenciaba, “se defiende la integridad constitucional del país o se reniega del diploma honroso de la argentinidad”.
Finalmente, en Avellaneda el 21 de febrero, y ya sobre el final de la campaña electoral, Mosca dedicó otro largo tramo de su discurso al lugar en que percibía que se ubicaba gran parte de la clase trabajadora.
“La máxima pena que contrista nuestro espíritu –se lamentó– está en observar cómo parte de la familia obrera se ha dejado influenciar por esa falsa ventura que se le ofrece para halagar su aspiración y copar sus ensueños de legítimas mejoras económicas.”
Prosiguió el candidato: “Como argentinos nos dolemos de esa ficción despiadada que subalterniza al hombre que trabaja porque le hace entrever un fraguado mundo de fantasía, maniatando su libre voluntad e inflamándole la inquina y el odio”.
Para Mosca, “el hombre que trabaja (…) ha de alcanzar ese bienestar y esa felicidad por los caminos del decoro, de la altivez y de la legalidad”. Tampoco puede “caer en la ingenuidad peligrosa de vender su libertad espiritual por la pobre paga de un aumento en su jornal que es un aumento ficticio porque no le ha sido concedido en virtud de una solución científica y razonada”.
Igualmente, ese trabajador ejemplar “no debe aceptar limosnas que ofenden su hombría y dádivas que ultrajan su dignidad”.
En ese sentido, razonaba Mosca, “muy escasa y mezquina es su ambición si se reduce a pregonar su idolatría hacia el mito que lo conturba o hacia el personaje providencial que lo reduce a la condición de lacayo”.
“Muy poco enaltecedora es su gloria –alertó– si ella se satisface con mostrar su incultura, su fiereza instintiva y su fanatismo subalterno en comparsas bullangueras e indecentes que mueven a lástima, que niegan nuestra cultura y que nos muestran ante las naciones del mundo como un pueblo primitivo, reacio a las corrientes civilizadoras y propicio a las explosiones de la bajeza moral.”
Según Mosca, el trabajador auténtico de nuestra tierra “no nació para títere ni siente vocación hacia la payasada. Guarda respeto hacia la propiedad ajena y profesa una veneración generosa para la inalterable bandera de la nacionalidad”.
En la imaginación del candidato, ese trabajador ansiaba un constante mejoramiento espiritual y material, pero lo buscaba “por el camino sereno y altivo de la demanda mesurada y del fundado razonamiento”.
“Para ese trabajador cuerdo, digno e idóneo, los gobiernos de la pura democracia tendrán siempre lista la legislación justiciera y tendida afectuosamente la mano cordial”, tranquilizó.
Pocos días después la mayoría de la clase obrera y de la población eligieron otro camino y encumbraron al líder que estaba inaugurando una nueva etapa histórica.
Esta vez, asentada en criterios de justicia social, para reparación de los sectores más vulnerables, independencia económica como vía de progreso y soberanía política, proclamada de palabra y plasmada en los hechos.
