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Caras y Caretas

           

Vuelo de Mosca

La campaña presidencial de 1946 tuvo discursos encendidos y la UCR, pilar de la Unión Democrática, acuñó entonces gran parte de los argumentos “gorilas”.

La porteña plaza Congreso rebosaba de entusiasmo cívico y decenas de miles de manifestantes soportaban la calurosa jornada de aquel 8 de diciembre de 1945, a la espera del discurso que iba a pronunciar el candidato a vicepresidente de la Nación, Enrique Mosca, en el inicio de la histórica campaña electoral.  

El dirigente de la UCR acompañaría en la fórmula electoral a su correligionario, el médico y veterano dirigente político José Pascual Tamborini. Encargados ambos por la Unión Democrática de dejar atrás años de votaciones fraudulentas y desmontar un esquema de gobierno ilegítimo, que la heterogénea agrupación consideraba “fascista” y “demagógico”. 

Enrique Mosca.

Mosca inició su cometido con una potencia retórica sobresaliente y arrestos de literato, confiado en que pronto tendría el honor de plasmar en hechos los ideales de las figuras emblemáticas de su partido: Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen.    

Una multitud colmaba el espacio porteño constituido por las tres plazas unidas, Lorea, Mariano Moreno y del Congreso. Esta última, la que unifica el nombre del conjunto y alberga el imponente monumento de los Dos Congresos, construido con piedra proveniente de la ciudad francesa de Nancy e inaugurado en 1914. 

En ese simbólico escenario Mosca definió el carácter de la puja política que se avecinaba. La UD se iba a enfrentar, dijo el dirigente santafesino, con “la inconciencia, la esclavitud, la burla, la subversión de los valores humanos y el derrumbe de todas las conquistas de la libertad y del derecho”.  

Frente a tan riesgosas características atribuidas a su oponente, el joven y ascendente coronel, se encontraban los dispuestos a votar por “la salvación de la soberanía pública, la resurrección de la dignidad ultrajada, la tumba eterna de las ambiciones enfermizas”, prosiguió en medio de vítores. 

Proclamó entonces, sin dudarlo, “el triunfo del pensamiento sobre la furia de la delincuencia y sobre la afrentosa insolencia de la ignorancia y la perversidad”. 

Esa era la esperanza de aquella muchedumbre entusiasta que se encaminaba a la batalla de fecha fijada: el 24 de febrero de 1946. 

Prolegómenos 

Previamente, entre 1944 y 1945, la oposición al gobierno militar, repartida entre radicales, demócratas y jefes de los partidos socialista y comunista, fue acuñando definiciones lapidarias para denostar primero al coronel “nazi” y a su proyecto, y coartar luego su intento de legitimarse en las urnas.  

Se fue forjando así una perdurable matriz de agravios antiperonistas que persistieron en la memoria de importantes franjas de la sociedad durante un larguísimo período. 

Más adelante se agregarían desde múltiples frentes las variadas expresiones de rechazo a la fogosa compañera sentimental y política del líder, y a otros altos dirigentes del nuevo movimiento.  

Pero en aquel recodo de la historia nacional, la mayor contundencia en las críticas al advenedizo uniformado fue exhibida por quienes comandaban la Unión Cívica Radical. 

En rigor, los cuestionamientos al régimen que conducía como presidente de facto el general Edelmiro J. Farrell se desplegaron desde el mismo golpe de junio de 1943.  

Desde allí fueron crecientes en intensidad y colorido, y se desplegaron con intensidad cada vez mayor después del fin de la Segunda Guerra Mundial, con la victoria de las fuerzas aliadas sobre Alemania y Japón.  

Muchos interpretaron que el nuevo contexto internacional exigía la expulsión de la Casa Rosada de un gobierno ilegítimo, que se había mostrado afín al Eje fascista y se mantuvo neutral hasta muy poco antes del fin de la conflagración. 

Esos vientos mundiales y la confirmación del liderazgo de Estados Unidos reavivaron las expectativas de dirigentes locales, que ansiaban recuperar el manejo de los mecanismos institucionales avasallados desde 1930, cuando el golpe del general José Félix Uriburu desplazó al entonces presidente Yrigoyen. 

Tres lustros después de aquella asonada militar, un hito en el reclamo de gran parte de la civilidad fue la realización de la Marcha de la Constitución y la Libertad en septiembre de 1945, motorizada por quienes ya tenían avanzada la creación de la Unión Democrática como alternativa electoral para el comicio próximo. 

Los tiempos se aceleraron luego del fallido intento de encarcelar al entonces vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra y titular de la Secretaría de Trabajo y Previsión.  

La masiva réplica popular protagonizada por decenas de miles de trabajadores que se movilizaron a Plaza de Mayo logró rescatar al líder de la prisión en que se encontraba, víctima de intrigas palaciegas, y empoderarlo para profundizar el rumbo hacia una nueva etapa en la vida nacional.  

El presidente Farrell formalizó días después el llamado a elecciones. Estaba por comenzar la campaña que iba a enfrentar a los democráticos unidos de un lado, y del otro el novel Partido Laborista, sostén del peronismo aún embrionario. 

Sorpresas 

Fue entonces cuando comenzó a cristalizarse un rico imaginario de repulsión (con no pocas expresiones de clasismo y racismo) ante el sorpresivo movimiento social que parecía consolidarse tras la inédita jornada del 17 de octubre.  

Por esos días se instaló un extenso repertorio de representaciones, la mayor parte de ellas degradantes y oprobiosas, sobre los peronistas como identidad colectiva.  

En la confianza de su pronto acceso al poder, los candidatos de la UD no escatimaron esfuerzos para denigrar a sus oponentes. Lo cual comprendió una larga lista de infundios y descalificaciones hacia sus principales dirigentes. 

Algunos análisis consideran que tales expresiones eran, en parte, justificadas, toda vez que lo novedoso en la disputa por el poder ponía al borde de la frustración los deseos de reparación de amplios sectores, luego de la larga y traumática experiencia de prácticas antidemocráticas, represivas y de pérdida de soberanía, ante el sometimiento económico y financiero al imperio inglés. 

Lo cierto es que la abrupta emergencia del inesperado actor popular despertó reacciones y avivó prejuicios de tipo sociocultural. Particularmente en segmentos intelectuales y universitarios, en las capas medias y altas de la población. 

Contra esa opción, identificada sin más como “fascista”, el partido opositor de mayor influencia y cantidad de seguidores levantó alertas sustentadas en conceptos doctrinarios, y abundó en expresiones de rechazo a procedimientos gubernamentales ciertamente autoritarios.  

La Unión Cívica Radical, pilar central de la Unión Democrática, acuñó en ese período gran parte de los argumentos luego conocidos como “gorilas”. 

El peronismo naciente fue asimilado, entre otras descalificaciones, a “una patología que debía combatirse”, constata el investigador Juan Facundo Álvarez Amestoy en su trabajo “Hacia el aluvión zoológico: los radicales en la UD y la creación de un imaginario patológico sobre las masas peronistas 1945-1946” (presentado en el Cuarto Congreso de Estudios sobre el Peronismo, 1943-2014). 

El variopinto frente opositor necesitaba como prenda de unidad un relato concluyente frente al enemigo común. Hay que recordar que se había conformado con partidos que tenían una historia previa de competencia por espacios de poder, divergencias ideológicas y hasta enfrentamientos abiertos, todo lo cual debía ser superado en la nueva coyuntura.  

Mercenarios 

En ese sentido, la estrategia de la UD consistía en desacreditar por todas las vías posibles al militar que se postulaba como sucesor del gobierno golpista. Se trataba, entonces, de generar la desconfianza y aun el temor de la población ante el supuesto peligro emergente. 

El radical Mosca inició las escaramuzas con su flamígero discurso de diciembre del 45. Allí acusó por el delito de lesa argentinidad “a todos los hombres enfermos de indiferencia o atacados de claudicación moral”. 

Y, en una muestra clara de desprecio explícito hacia quienes seguían a Perón, el candidato definió: “No pueden ser legión los que venden su dignidad para complacer el goce efímero y subalterno de su hambre física y de su vanidad engañosa por una postura de figurón o por cuatro dineros (…) No pueden ser legión los mercenarios de la idea”. 

El discurso –recopilado junto a otras disertaciones en el libro Unión, democracia y libertad, de 1946– fue ampliamente difundido, ya que ocupó páginas de los principales diarios de la época. 

Continuaba el dirigente radical: “No pueden ser legión los huérfanos de razonamiento, y los afectados de miopía mental que –sin noción de la altivez y del decoro– se entregan a las comparsas de la desvergüenza y el ridículo, bajo el comando de los profesionales del servilismo que así solazan el ánimo deforme de sus histriónicos patrones”.  

Unos y otros, agregó, “ya tienen suficiente desventura con ser células negativas en el organismo social”. 

Enrique de las Mercedes Mosca Colombo había nacido el jueves 15 de julio de 1880 y con casi 40 años fue electo en representación de la Unión Cívica Radical Unificada, el 1° de febrero de 1920, como gobernador de su provincia natal, Santa Fe, por un período cuatrienal.  

Antes había sido diputado de la Nación y ocupó su banca entre 1917 y 1920, para luego volver a la Cámara baja en 1928-1930. Diez años después, en 1940, fue nuevamente candidato a gobernador de Santa Fe, provincia en la que dirigió el diario La Argentina

La decisión de Mosca de secundar a Tamborini como candidato a vicepresidente de la Nación tuvo como antecedente su acompañamiento a Marcelo T. de Alvear, como segundo de la fórmula presentada por la UCR en 1938. 

Acto de la Unión Democrática en las escalinatas del Congreso, el 8 de diciembre de 1945.

Turbas 

En aquella pieza oratoria pronunciada por Mosca frente al parlamento nacional no faltó la reiterada acusación de fascismo, dirigida hacia el coronel adversario. 

“Empañan nuestra fama y enlodan nuestra grandeza –dijo– los que nacidos en esta patria, por una aberración del destino se empecinan en transplantar a nuestro suelo los crímenes racistas de abominable factura nazi, que descubren la deformación mental de sus ejecutores y que niegan la siembra fecunda de la civilización.” 

Mosca era, sin duda, quien encontraba el mejor camino para encender el fervor de los simpatizantes de la UD. Aunque para ello recurriera a una retórica que se llevaba por delante a millones de trabajadores y rozaba el insulto a gente de pueblo hasta hacía poco tiempo desconocida en sus más elementales necesidades.  

“Solo la obra del desequilibrio psíquico o un resabio de animalidad primitiva puede envalentonar a esas turbas enceguecidas”, llegó a resumir el frustrado vicepresidente. 

Por su parte, el candidato oficialista asentaba su fortaleza, durante aquella encarnizada disputa preelectoral, no solo en la fuerza y claridad de sus discursos y en el capital político acumulado con la aprobación popular a sus medidas de mejores condiciones laborales y sociales para los trabajadores y sectores vulnerables.  

También tenía en sus manos herramientas poderosas para ratificar el rumbo iniciado de audaz redistribución de ingresos y ampliar por esa vía sus chances de triunfo.  

Sería ingenuo evaluar, en este terreno, como un rasgo de mera sensibilidad social la firma del decreto ley 33.302, a fines de diciembre de 1945. Casi como un regalo de Navidad, dos meses después del masivo respaldo popular que lo había rescatado de la prisión, la norma estableció la obligación de todos los empleadores de aplicar a sus empleados y obreros, junto al salario vital mínimo y a los salarios básicos, el sueldo anual complementario (aguinaldo).   

Según fundamentó la medida, la intervención del Estado en la regulación de las remuneraciones no solo es un derecho de los poderes públicos, sino que es un deber contemplado en la Constitución, cuyo Preámbulo establece como uno de sus propósitos fundamentales el de “promover el bienestar general”. 

La revulsiva disposición (para los empleadores), reclamada desde hacía más de cuarenta años por organizaciones obreras, tomó como base el proyecto elaborado por la Confederación General de Empleados de Comercio.  

Se la presentó como una contribución a la armonía de la masa laboral con los patronos, al evitar conflictos que “se repetirán con mayor frecuencia, lo que crearía un clima inconveniente para el mejor desarrollo de la industria y comercio de nuestro país”. 

La industria y el comercio, sin embargo, junto con la producción, todas ellas expresiones empresariales unidas en una junta ejecutiva, decidieron su rechazo en una reunión realizada en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.  

Allí dispusieron el cierre total de los comercios a partir del lunes 14 de enero en todos los negocios del país durante tres días. 

La declaración pública emitida por la parte patronal proponía “una solución ecuánime, buscando resolver las dificultades por el entendimiento directo con sus empleados y obreros y los sindicatos libremente constituidos”.  

Por supuesto, dijeron, no era “una cuestión de dinero” sino que defendían, en cambio, “principios esenciales como la libertad de trabajo y de asociación sin tolerar, por cierto, que al amparo de un clima anárquico se persiga una política de intimidación que descarte el raciocinio para reemplazarlo por la fuerza”. 

Patrones y obreros, continuaba la declaración, “deben evitar las acciones violentas como medios de obtener determinadas medidas de gobierno, porque existen las vías legales para defender los derechos que se juzgan conculcados”. 

El texto pedía suspender por noventa días el decreto 33.902 “para analizarlo a la luz de las consecuencias que se han desatado”, tales como “el clima de inseguridad a raíz de múltiples excesos que han venido generalizándose en el curso de la semana”, con una nutrida lista de fábricas y negocios ocupados por su personal. 

Días antes del cierre de comercios, pero dos semanas después de conocerse el decreto, al hablar por Radio Splendid el 6 de enero de 1946 Mosca amplió su ya extensa cadena de escarnios y vilipendios: “Como una afrenta al civismo, hordas inconscientes y ebrias de matonismo han invadido las calles de la metrópoli, sembrando el espanto, infundiendo el terror, ultrajando la tranquilidad y ejecutando atropellos y desmanes que ofenden la moral y enardecen la condenación y el repudio colectivo”. 

El candidato aludió luego a la situación que se vivía en el centro del país y criticó las acciones violentas atribuidas a partidarios del oficialismo: “Bandas desaforadas e irresponsables aparecen en el escenario de la lucha para revivir las funestas hazañas de épocas mazorqueras”. 

Sostuvo luego el candidato: “Cuesta trabajo creer que a esta altura de la evolución ética del mundo (…) aparezcan estos brotes del salvajismo y de la barbarie (…) Y lo más execrable es que hombres y funcionarios que se titulan salvadores del destino de la patria, fomenten y amparen con indecorosa malevolencia esos desbordes de la medianía y esas explosiones trágicas de la perversidad”. 

Según entendía Mosca, y así se lo transmitía a sus partidarios, “no pueden hablar de orden los que fomentan el odio y los que alientan la inquina y los asaltos del malón… Los que desencadenaron la furia de las turbas manejables y terroríficas”. 

Escrito por
Daniel Víctor Sosa
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