Valentina Bassi tiene un gran potencial creativo, además de ser una luchadora por los derechos en el área de discapacidad. Se formó en el Teatro Municipal de Trelew, cuando vino a Buenos Aires fue alumna de Raúl Serrano y tomó clases en talleres del Centro Cultural Ricardo Rojas. En El caso María Soledad, que toma la historia del asesinato de la joven catamarqueña, cobró relevancia a nivel nacional y como actriz en cine, con lo que dio el primer paso de una vasta trayectoria en los pasillos de la cinematografía, que siempre está dejando huellas en festivales de todo el mundo.
Actualmente se encuentra en la difusión del documental Presente continuo, donde visibiliza su vida junto a su hijo con autismo, Lisandro, en un trabajo codirigido con Ulises Rosell. También transita como actriz en la serie Un león en el bosque, que aborda temas como la inclusión social, en contextos dañados por las políticas que priorizan los intereses de unos pocos en detrimento de un pueblo agotado y, en cierta forma, temeroso a la hora de defender sus derechos,
Y en este presente continuo y despejado de pretéritos, sale a la luz esa otra vertiente de Valentina: su rol de madre y la necesidad de luchar por los derechos irremplazables de cada una de las personas que viven en la invisibilización por su diferencia. Recoger el testimonio de Valentina Bassi es una manera de acariciar la vida con la tesonería de los viejos militantes que alguna vez dejaron testimonio entre los recuerdos de la justicia social y los amargos desencuentros entre el pueblo y el olvido.
Porque en estos pagos donde la derecha camina arrastrando la dignidad hacia lugares sombríos, en que nadie puede levantar la bandera de la victoria, Valentina Bassi supo poner a tiempo preciso la lucha que hoy es urgente. Sin importar las consecuencias de sus acciones porque, como escribió Gabriel García Márquez en párrafo final de Cien años de soledad, “las estirpes condenadas a vivir cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre esta tierra”.
–¿Cómo fue tu infancia? ¿Tenés algún recuerdo vinculado con la idea de ser actriz?
–En mi infancia no tenía contacto con lo actoral, sí iba al taller de pintura y a clases de música, o sea, había algo del arte que me interesaba, pero no sabía bien por dónde. A partir de los nueve años, más o menos, arranqué con eso. Pero recién a los 17 entré en el taller de teatro municipal de Trelew, porque iban todos mis amigos, es la verdad. Todos iban y no podían creer que yo no fuera, entonces cuando cumplí 17 fui y me encantó. Y a partir de entonces seguí hasta hoy. No frené más. Mi primer maestro fue Luis Molina, que era el profesor del taller municipal de Trelew, con quien después armamos un grupo y él era el coordinador, que se llamó Grupo Ampolla, donde empezamos a hacer obras de teatro y giras por Chubut. Íbamos a Trevelin, Esquel, Comodoro, Sarmiento. Y también a pueblos un poco más chiquitos de Chubut. Fue una experiencia maravillosa estar en el Grupo Ampolla, porque conocí lo más lindo del teatro, que es hacer teatro y cambiar de escenarios, de públicos, hacer giras. Todo eso que a esa edad era una aventura: subirse a la combi con la escenografía, armar y desarmar el escenario. Me enamoré absolutamente del teatro. Y cuando cumplí 18 y terminé la secundaria, me fui a Buenos Aires a estudiar con Raúl Serrano.
–¿Cuál fue el paso para llegar a Capital? ¿Qué expectativas tenías?
–Cuando me vine a Buenos Aires a estudiar mi idea era formarme como actriz, conocer otros profesores, otros maestros y después volver a Trelew con el Grupo Ampolla, y dar clases de actuación. Me gusta mucho el sur, me gusta mucho el mar, me gusta mucho Playa Unión. Fui muy feliz en el sur, pero a su vez me gustaba mucho el teatro. Y estaba enamorada del movimiento cultural de Buenos Aires, me volvía loca. Y bueno, estudié con Raúl Serrano, que es una gran escuela de teatro. Mi profe de Trelew me recomendó, porque yo no conocía a nadie acá. Me dijo: “Arrancá con él que va a estar bueno”. Eso hice, y fue genial ese comienzo. Después, me metía en todos los centros culturales, en todos lo talleres, para hacer todo lo que pudiera. Estaba muy ávida de toda la movida cultural. Pero mi vida cambió un poco de rumbo cuando me salió la película del caso de María Soledad. Fueron a varias escuelas de teatro a buscar actores, la directora de casting era Eugenia Levin. Cuando quedé para hacer de María Soledad, empezó mi trabajo acá en Buenos Aires. Primero en cine, después en tele y luego en teatro. Entonces acá me quedé.
–¿Cuándo aparece la maternidad y cómo dialoga con tu faceta tan prolífica de proyectos artísticos?
–Cuando tuve a Lisandro, como él tiene una discapacidad, tuve que dedicarme bastante tiempo. En sus primeros años de infancia tuvimos (con su papá) que llevarlo a terapia y ese tipo de cosas. Y bajé un poco los decibeles de laburo, pero nunca dejé de trabajar. Primero, porque es mi sustento. Vivo de esto. Puedo dar clases, puedo actuar y hasta ahí llegué. No sé hacer otra cosa. Estoy todo el día conectada con el teatro y con la actuación. No podía dejar de trabajar, además de que no quería, porque es una forma que necesito para después lidiar con las cuestiones de la vida; tener ese espacio de ficción y de juego, de mentira y de lo lúdico. De arte, de liberación, que te da el arte. Entonces empecé a hacer más teatro, para poder llevar de día a Lis a las terapias e ir a las reuniones, porque durante mucho tiempo requirió mucho acompañamiento. Ahora no tanto, aunque la demanda siempre es mayor, pero en la infancia era mucho más. Siempre tuve suerte de haber seguido trabajando de lo que me gusta, que es actuar.
–Hay un gran tabú sobre el tema. ¿A qué atribuís la invisibilización de la problemática de la discapacidad?
–La invisibilización de la problemática de la discapacidad es una política que lleva a cabo sobre todo este gobierno. Siempre hubo que luchar por los derechos de las personas con discapacidad, pero con este gobierno se acrecentó todo mucho, porque claramente entre sus políticas está invisibilizarnos. El desfinanciamiento atroz al sector de discapacidad está diciendo “no nos interesa que existas”. Es mucho más cruel que cualquier otro gobierno el sentir eso. El presidente y el Ejecutivo en general están diciendo eso. Por lo tanto, van a desfinanciar todo, no van a cumplir las leyes, no les importa desobedecer el Legislativo, el Poder Judicial, porque las personas con discapacidad no les importan. Eso es retroceder años y años de derechos ya consagrados en tratados internacionales con jerarquía constitucional. Nosotros estamos unidos a la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad y no se cumple ni el primer ítem, que establece que toda persona con discapacidad tiene derecho a hacer una vida digna. Hay que insistir y seguir luchando por los derechos de nuestros hijos.

–¿Cómo te modificó el hecho de ser una actriz reconocida, militar por la defensa de las personas con discapacidad y estar ahora identificada con esa lucha?
–No me pregunto ese tipo de cosas. Las cosas suceden y uno las enfrenta. Sucedió que tuve un hijo con discapacidad, no lo esperaba, y se enfrentó, y se afronta, y de paso muchísimas veces uno encuentra en la dificultad momentos maravillosos y únicos. Que te hacen aprender, que te hacen crecer, que te hacen disfrutar de otra manera. Es así la vida. Es un poco lo que te pasa y lo que hacés con lo que te pasa. Y sucedió el año pasado que, junto con otras actrices, nos fuimos transformando en las voces de muchísimas personas con discapacidad que no tienen voz, que no pueden ir a manifestaciones porque no pueden levantarse, porque no se pueden mover, porque están conectadas al respirador. Uno siente la responsabilidad de estar ahí, de ir en nombre de las personas que no pueden estar para defender los derechos de todos. Y ya está. Sucede, se enfrenta, se afronta y es lo que es. No me pregunto si perjudica mi carrera, si voy a tener más o menos trabajo. Son las cosas que pasan en la vida. Porque es así, en la vida pasan cosas y uno acciona.
–¿Cuál es el paso que tiene que dar esta sociedad, más allá del gobierno de turno, respecto de esta problemática?
–Es que la sociedad va a hacer un cambio cuando haya políticas públicas activas, depende absolutamente de las políticas públicas que estén programadas para que la sociedad entienda, incluya, sea empática. Si las personas con discapacidad están siempre encerradas, no se las ve. Es lo que pasaba antes, en los 70 y en los 80, no se los veía. Estaban encerrados en sus casas o en manicomios. Y es difícil que la sociedad entienda que hay personas que son diferentes. Ahora, si un niño con discapacidad va a una escuela común, con un acompañante, y los pibes empiezan a ver que hay chicos diferentes, que no pueden caminar o que hablan de una forma diferente o que no pueden hablar o ver, empiezan a tener un contacto más natural con la discapacidad. Y esos niños, cuandos sean adultos van a ser más empáticos naturalmente, porque lo vivieron de niños. Los pibitos son lo más, viven con naturalidad cosas que a nosotros nos espantan. Eso yo lo vi. Lisan fue a una escuela común durante mucho tiempo y era hermoso lo que sucedía con los chicos. Un poco de curiosidad y nada, “Lisandro es así”, y no se hacía otra pregunta. Me enseñaron un montón los chicos. Una vez en un cumpleaños un chico me preguntó: “¿Por qué Lisan no habla?” Y pasó corriendo otro compañero y le dijo: “Porque es así”. Y yo le dije “gracias”, porque estaba preparada para hablarle de su diagnóstico y no, “es así, es diferente, se comunica diferente, y ya está”. Eso es lo que creo. Ahora, las políticas públicas no incluyen a las personas con discapacidad en las escuelas, en las plazas, en los ámbitos públicos, la gente no los ve. Y si no los ves, no empatizás, tenés miedo de lo que no conocés. Por eso creo que está íntimamente relacionado con las políticas públicas de un gobierno que la sociedad sea tolerante, empática, que disfrute de la diferencia de todos nosotros. También que ayude. Eso forma parte de la política pública. Y nace en la educación de los más chicos.
