El centro incandescente de Mi muerte (Lisa Tuttle, Muñeca Infinita) es una pintura firmada por una artista del siglo XX olvidada por la historia oficial del arte, conocida apenas por haber sido musa y modelo de un pintor célebre, y cuyo título, homólogo al de la novela, introduce desde el vamos la sospecha de una trama de correspondencias a la vez que pone en marcha la consiguiente perspicacia interpretativa.
La artista es Helen Ralston, figura que pronto se torna una obsesión para la narradora, quien, suspendida entre la inercia y el silencio creativo, pasea su viudez entre las paredes de una casa de campo aislada en la costa oeste de Escocia, hasta que una convocatoria de su agente en Edimburgo la obliga a reanudar el contacto con el mundo editorial y con la expectativa de un nuevo libro. Sin tener del todo claro el impulso que la mueve, ni los alcances de la decisión, ella misma propone escribir la biografía de la ignota Ralston.
Contra todo pronóstico, Ralston no está muerta, sino anciana y sorprendentemente accesible; y como si fuera poco, conserva una memoria lúcida de su época y de unos logros que la historia del arte decidió pasar por alto. A partir de ese improbable encuentro, el relato se desdobla en dos líneas: por un lado, la investigación biográfica, con entrevistas, diálogos y reconstrucciones de episodios de la vida de Ralston y su relación con su célebre esposo, el pintor W. E. Logan; por otro, una creciente y desasosegante serie de paralelismos entre la vida de la narradora y la de su biografiada.
Aquello que había sido aceptado como una biografía más o menos convencional deriva entonces hacia un territorio ambiguo, hecho de coincidencias, resonancias y similitudes que se encadenan hasta volver incierto el foco mismo del relato y obligar al lector a preguntarse, de manera cada vez más insistente, cuál de las dos historias –y desde qué punto de vista– es la que en verdad se está contando.
La biografía –era de esperar– empieza a contaminar a quien la escribe. Hasta qué punto escribir la vida de otro no implica siempre una forma desplazada de autobiografía, o incluso una proyección retrospectiva de los propios fracasos y deseos es una pregunta que la novela se cuida de formular de manera explícita o conclusiva, prefiriendo dejarla en suspenso, como una tensión que horada el vínculo entre la narradora y su objeto de estudio y que, en lugar de resolverse en una revelación, se filtra en los pliegues del relato, volviendo poroso el límite entre la identificación y experiencia vivida.
Mi muerte, no hace falta aclararlo, es una novela atmosférica, como suele decir la crítica anglosajona. No hay aquí elementos sobrenaturales explícitos ni clímax definidos; lo inquietante surge del modo en que la identidad, la memoria y la escritura se van superponiendo sin llegar a coincidir.

