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Caras y Caretas

           

Los carnavales de un país sin alegrías 

Isabel Perón

En febrero de 1976, entre la inestabilidad económica y la violencia política, el gobierno de Isabel parecía inviable. El golpe se olía en el aire y el establishment lo daba por hecho.

Una vez más, la sociedad argentina veía la imagen de su presidenta, María Estela Martínez de Perón, por cadena nacional de radio y televisión. Aquella noche del 18 de febrero de 1976 la angustia no se disipaba ante las palabras de la jefa de Estado, que aseguraba que continuaría en su cargo “hasta la finalización del término fijado por la ley”. La fundamentación no era tranquilizadora: “Así lo impone una responsabilidad histórica ineludible y el deber de evitar la dispersión de fuerzas populares que, de no ser así, buscarían la defensa de sus conquistas y esperanzas en la izquierda marxista”. Además, Isabel anticipaba: “No me interesa la reelección y en tal sentido no aceptaré candidatura alguna en el próximo período constitucional”. Y concluía: “A mí solo me interesa la felicidad del pueblo argentino y su mejor futuro dentro de la ley y sus tradiciones cristianas”.  

Pocos días después, las elecciones generales quedaron ratificadas para el 12 de diciembre. No pasó ni una semana del anuncio oficial y el gobernador de La Rioja, Carlos Menem, blanqueaba su aspiración presidencial durante un acto armado por la CGT de la provincia. “Aquí quedó al desnudo la sinceridad, el cariño y el amor de los riojanos cuando tenemos que hablar de los hombres que alguna vez nos jugamos por la causa del pueblo y de la patria”, agradecía Menem, y pronosticaba: “Esta especie de lanzamiento va a traer muchas dificultades, porque hay grandes intereses que se juegan desde las sociedades y organizaciones de privilegio. Sé que un soldado de la causa popular no ha de caer bien a esos sectores”. Pero su ambición de llegar a la Casa Rosada debió esperar más de una década, acompañada de un profundo cambio ideológico. 

Días antes de aquel acto, Menem negaba que el país estuviera padeciendo una “crisis” o un “estado de emergencia”. Intentaba explicarlo así: “Estamos pasando por un momento malo, difícil, pero que no es desesperante. Lo que sucede es que se pretende hacer un enfoque generalizado del país desde la Capital Federal”. 

En otro análisis errado, negaba la posibilidad de un quiebre institucional, porque “las Fuerzas Armadas están para defender la soberanía del país y controlar, en todo caso, este proceso”. “Conozco a mis hermanos de las Fuerzas Armadas y sé que ellos no se van a prestar a ser instrumento de la ambición de nadie”, confiaba en una entrevista emitida por Canal 7. Y minimizaba la situación: “También se hablaba de golpe cuando empezó a rumorearse el retorno del general Perón, cuando en el chárter estábamos por aterrizar en Ezeiza, cuando fuimos a elecciones, durante la campaña electoral y cuando se ganaron las elecciones”. 

Del rumor al hecho 

Hablar de “golpe”, “renuncia”, “licencia”, “acefalía”, “juicio político”, “vacío de poder” se había vuelto una costumbre desde el año anterior en la prensa escrita, pero no era habitual que esos conceptos salieran de la radio y la televisión oficiales. El lunes 9 de febrero, durante la emisión de Tiempo Nuevo, el programa político de Canal 11 conducido por Bernardo Neustadt, el diputado nacional Luis Sobrino Aranda, integrante del Grupo de Trabajo –una escisión del bloque del Frejuli–, se expresaba en favor del alejamiento de Isabel: “Pedí el renunciamiento partiendo de la base de que existe en todo el mundo la experiencia de este tipo de acción, llámese en su momento De Gaulle, Churchill, San Martín”. Para Sobrino Aranda, “no está todo resuelto, pero evidentemente ya se produciría un cambio de 180 grados” con la salida de la Presidenta. “Estamos jugando contrarreloj”, advertía. 

A raíz de estas declaraciones, el Gobierno levantó el programa y provocó un nuevo episodio de censura, que se sumaba a la reciente clausura del diario La Opinión

Días después, en el marco de un encuentro de la OIT en Ginebra, el secretario general de la CGT, Casildo Herreras, aseguraba que “cualquier intento golpista está destinado al fracaso” y confiaba en que “el pueblo trabajador” apoyaba “decididamente” a Isabel. 

Por su parte, el presidente provisional del Senado, Ítalo Luder, que mantuvo varios encuentros con la viuda del fundador del justicialismo para intentar encauzar el descalabro, consideraba que la situación era “delicada, pero no tanto como para poner en peligro el orden institucional”. “Las Fuerzas Armadas siempre se han pronunciado en favor de ese orden y corresponde a los políticos y a las instituciones hallas las soluciones adecuadas”, evaluaba. Refugiarse en la estrategia del líder fallecido se convertía en una esperanza: “Siempre el término crisis se utiliza cuando hay algunos problemas. Es obvio que el país sufrió una crisis económica, que tiene problemas de orden político, enfrentamientos sectoriales. Yo entiendo que debemos recrear el clima que gestó el general Perón de concordia nacional como su prioridad número uno”. 

La UCR, el principal partido de oposición, aportaba sus voces condenatorias hacia la gestión peronista. “No sé si el gobierno está buscando el golpe, pero sí sé que está haciendo todo lo posible para que se lo den”, decía el máximo dirigente radical, Ricardo Balbín, en declaraciones radiales. Consideraba que era “un gobierno sin rumbo”, que se encontraba inmerso en “una confusión bastante intensificada”, “dando manotazos como los ahogados”. 

Días después, en una reunión con legisladores radicales y autoridades partidarias, Balbín abrigaba cierta esperanza –“existen todavía algunas instancias que debemos agotar”–, aunque los parlamentarios ya evaluaban que “un golpe de Estado sería irreversible como decisión de los mandos”. 

Para el senador Fernando de la Rúa, “el alejamiento de la Presidente, por renuncia, declaración de inhabilidad o juicio político, se ha convertido en un imperativo nacional” y consideraba que “el Gobierno está muerto”. “O esa renuncia se produce o el Congreso debe llenar el vacío dándole al país una autoridad política recompuesta”, analizaba De la Rúa, y ampliaba: “Es claro que no basta con reemplazar una persona, por grave y principal que sea su responsabilidad. Todos los sectores tendrán que asumir una actitud patriótica ante la emergencia nacional”. 

Hasta el expresidente Arturo Illia se manifestaba por el alejamiento de Isabel: “Esa opinión ya no es solamente mía, sino de gran parte de la población argentina, de nuestro propio partido y de otros sectores que creen que debe haber una rectificación total”. 

Las caras y las caretas 

Con el final del mes llegaba el carnaval a un país a punto de quebrarse. El club San Lorenzo de Almagro ofrecía la actuación de un grupo heterogéneo de artistas con la animación de Silvio Soldán: Roberto Goyeneche, las orquestas de Héctor Varela y Eddie Pequenino, Diego Verdaguer, Cacho Castaña, El Reloj, Rodolfo Zapata, Valeria Lynch, Los del Suquía, Luis Aguilé, Jorge Porcel, Alfredo Barbieri y Don Pelele. 

Tigre fue otra de las tantas entidades deportivas que programó “8 grandes bailes de carnaval” para el 28 y 29 febrero y 1, 2, 6, 7, 13 y 14 de marzo, en este caso, con la participación de Fernando de Madariaga, Dyango, Silvestre, Los Plateros, Los Náufragos, Pomada, Banana, Trocha Angosta, Safari y José Marrone, entre otros. Y al igual que en San Lorenzo se subían al escenario Verdaguer, Porcel, Barbieri y Don Pelele. 

Una de las publicaciones de historietas más populares de la época, Locuras de Isidoro –sus primeros 93 números pueden consultarse en el Archivo Histórico de Revistas Argentinas (Ahira), un proyecto del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA–, dedicaba su edición de febrero a los tradicionales festejos. Isidoro Cañones y Cachorra Bazuka organizaban “El Gran Carnaval de Isidoro”, con bailes en el Jockey Club, el Club de Armas, el Náutico de Olivos y el Hípico Argentino, para competir con el Tano Nozzi, que los había planeado en clubes populares. 

Con un afiche diseñado por el pintor Vicente Forte, Isidoro anunciaba un seleccionado de famosos: Palito Ortega, Sandro, Sabú, Donald, Alberto Castillo, Goyeneche, Raúl Lavié, Banana, Ringo Bonavena, Susana Giménez, las hermanas Rojo y las Pons, Nélida Lobato, Thelma Tixou, Isabel Sarli, Libertad Leblanc y “las chicas del Maipo, Nacional, Sans Souci, Astros y Cómico”. Los animadores, Víctor Sueiro, Andrés Percivale y Orlando Marconi. 

El sábado de carnaval Isabel viajó a la residencia presidencial de Chapadmalal para pasar los días feriados. Atrás quedaba febrero, con el recambio de los ministros de Economía y Trabajo (Emilio Mondelli por Antonio Cafiero y Miguel Unamuno por Carlos Ruckauf), las huelgas continuas, el lock out de la Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias (Apege), la sombra de la causa López Rega/Triple A, las numerosas reuniones políticas, un par de devaluaciones, el pedido de un préstamo al FMI (“¡No nos creen más!”, dijo Mondelli), las subas en los precios y en el dólar, los asesinatos y las desapariciones cotidianas, los discursos autoritarios crecientes… 

Los de 1976 fueron los últimos carnavales festejados por muchos años. La dictadura eliminó los feriados e impuso prohibiciones y restricciones a la celebración popular. Hubo que esperar hasta 2011 para que esas fechas volvieran a pintarse de rojo en los calendarios.  

Escrito por
Germán Ferrari
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