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Caras y Caretas

           

La década ganada

Acaso el kirchnerismo haya sido la mejor interpretación de los ideales de justicia social, soberanía política e independencia económica que constituyen la base de la doctrina peronista, tal como la concibió el propio Perón hace ochenta años.

El 25 de mayo de 2003 se inició una etapa única en la historia del siglo XXI: un gobierno peronista iba lograr una hegemonía política de doce años consecutivos compuesto por tres gobiernos administrados por la misma élite política. Ese fenómeno se conoce como el “kirchnerismo” y su influencia fue tan profunda que un cuarto gobierno, el de 2019- 2023, fue considerado parte del mismo esquema político. Si se considera que el gobierno del peronismo fundacional duró nueve años (1946- 1955) sumado a los tres años de 1973 a 1976 pero con 18 años de proscripción, que el mene- mismo duró diez (1989-1999), el kirchnerismo –la interpretación más efectiva del peronismo en el siglo XXI– se convierte de esa manera en el proceso político nacional y popular más ex- tenso del último siglo.

Todo comenzó el 25 de mayo de 2003, cuando Néstor Kirchner sorprendió a los argentinos con un discurso claro y taxativo sobre su pensamiento ideológico. La Argentina se había deshecho tras la crisis del año 2001, producto del derrumbe de uno de los tantos ensayos neoliberales que concluyen en crisis de deuda externa, receso económico y empobrecimiento récord al interior de la sociedad. Tras un breve interregno en que el gobierno de Eduardo Duhalde salió de la convertibilidad y redirigió la economía hacia el sistema productivo, el gobierno de Kirchner no solo profundizó el desarrollo de la economía, sino que además comenzó a redistribuir la riqueza sin desatender la prolijidad fiscal.

ARGENTINA RÉCORD

Superávit fiscal, crecimiento a “tasas chinas” (un promedio de 9 por ciento anual), reordenamiento de la economía hacia el mercado interno, política de estatizaciones –como las de Aerolíneas Argentinas, Correo Argentino, Astillero Río Santiago y la creación de Enarsa y de Agua y Saneamientos Argentinos–, políticas de pleno empleo y aumento del salario mínimo vital y móvil fueron las principales marcas de un gobierno que pasó del 22 por ciento de los votos en las elecciones de 2003 a casi el 46 por ciento en apenas cuatro años. Pero el milagro no solo fue económico: una nueva política de derechos humanos cerró la brecha de injusticias que habían dejado abierta las leyes de Punto Final y Obediencia Debida del gobierno alfonsinista y los indultos de la era menemista, que habían dejado impunes a los responsables de las atrocidades cometidas durante la última dictadura militar.

Pero sin duda el corazón del modelo kirchnerista fue el desendeudamiento del Estado frente a los organismos de crédito internacionales y los tenedores de deuda privados. En 2005 se realizó un primer canje de la deuda de los bonos que habían caído en default en 2001, y el gobierno logró negociar el 75 por ciento de quita de deuda, el mayor porcentaje de quita en la historia económica internacional, por un equivalente a 62.500 millones de dólares de valor nominal. Finalmente, el 3 de enero de 2006, la Argentina dejó de tener deudas con el Fondo Monetario Internacional (FMI) al concretar un pago anticipado de 9.530 millones de dólares.

En el plano internacional, Kirchner también dejó atrás el modelo de alineamiento automático con Estados Unidos del menemismo, el célebre “No al ALCA”, en la cumbre de presidentes americanos que se realizó en Mar del Plata en 2005, y reorientó las relaciones con el continente sudamericano fortaleciendo las construcciones supranacionales, como la Unasur.

NO FUE MAGIA

El primer gobierno kirchnerista sentó las bases que permitieron profundizar el modelo económico durante las experiencias lideradas por Cristina Fernández de Kirchner. Y esa profundización fue en dirección de las mejoras concretas de las condiciones de vida de la mayoría de los argentinos; es decir, del aumento de políticas redistributivas de la riqueza que se creaba. Entre 2007 y 2015, el desempleo llegó a estar por debajo de un dígito y el salario mínimo en dólares fue el más alto en América latina, tras alcanzar los 742 dólares. En estos años se duplicó la clase media, que pasó de nueve millones de personas a 18 millones, lo que redujo, obviamente, la pobreza y generó que la Argentina fuera considerada el país más igualitario de la región.

La creación del aumento formal fue acompañada por la implementación de la Asignación Universal por Hijo, que sacó de la pobreza a casi dos millones de personas y logró un aumento del 27 por ciento de chicos escolarizados a nivel nacional.

Un hito de los períodos de Cristina Fernández de Kirchner fue la renacionalización de YPF en 2011, ya que permitió políticas de recuperación energéticas que aún hoy benefician a todos los argentinos, como el hallazgo del yacimiento de Vaca Muerta, que convirtió al país en el segundo reservorio mundial de shale gas y el cuarto de shale oil.

Y por supuesto no pueden faltar en este recorrido a vuelo de pájaro de la experiencia más transformadora en la distribución de la riqueza la desmonopolización económica –en favor de la creación de miles de pymes– y la democratización de la sociedad, las leyes de Matrimonio Igualitario, de Identidad Sexual y la trascendental discusión por la Ley de Medios que enfrentó al gobierno con las principales empresas periodísticas del país. A esa batería de medidas es necesario sumar la fallida ley de Reforma Judicial que podría haber cambiado las condiciones de administración de justicia, que hoy está cartelizada y responde a los grupos políticos y empresariales dominantes, que son los que utilizan los tribunales para disciplinar a las agrupaciones políticas opositoras y, entre otras cosas, proscribir y castigar a dirigentes opositores, como la misma Cristina Fernández de Kirchner. Sin duda, los ochenta años de peronismo encontraron en la etapa kirchnerista la mejor interpretación del siglo XXI de aquel ideario que a mediados de la década de 1940 su fundador diseñó para un país soberano, justo e in- dependiente. Un país diametralmente opuesto al que la sociedad eligió en los últimos años. Las consecuencias, la distancia entre aquel país de principios de siglo y este de hoy, están a la vista.

Escrito por
Hernán Brienza
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